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Si algún día se encerrasen en una mansión los ocho mayores sabios de la comedia, dos de ellos provendrían de “Bola de fuego” (1941), la prolongación olvidada de la screwball comedy que había inaugurado “La fiera de mi niña” (1938) con una fuerza irrepetible, como novata y a la vez icono referencial. Después del laborioso esqueleto que componía a esta cinta, Howard Hawks disponía de la habilidad suficiente como para perpetrar otro sano atentado contra los esquemas de la lógica, en este caso “Blancanieves y los siete enanitos”, pero el ácido humor como guionista de Billy Wilder no terminaría de casar con los siempre bondadosos tonos del director. Esto se tradujo en un ritmo inconstante que perjudicaba a la intrepidez visual que debería haber lucido la película.

El prototipo de partida es el mismo que el de posteriores screwball de Hawks –“Me siento rejuvenecer” (1952), “Su juego favorito” (1964)–, el protagonista ingenuo y cerrado a su mundo de razón empírica, siempre vinculado a una profesión solitaria, que choca con una mujer en nada ingenua y que tampoco pretende parecerlo. Acercándose más a la femme fatale de Lauren Bacall que a la traviesa aristócrata de Katharine Hepburn, el personaje de Barbara Stanwyck es el que necesita reformarse positivamente, en una estrategia más convencional que la ruptura absoluta del orden argumental y emocional que proponía “La fiera de mi niña” en el derrumbe final del dinosaurio.

El arco de desarrollo de Gary Cooper, aunque arranca una de las mejores químicas de la gran pantalla junto a Stanwyck, resulta demasiado sacrosanto y el gran cambio final se produce por una dolorosa revelación que acentúa aún más su angélico carácter y no por una cadena de descacharrantes acontecimientos. Es, de principio a fin, el tipo que se emborracharía con un vaso de leche, pero sin haber probado el auténtico licor que hizo perder la cabeza a Cary Grant o Rock Hudson. Se propicia el enlace de la princesa destronada y el cuadriculado príncipe frente al acoso de una bruja con dos caras: la de la ley y la del corrupto gangsterismo –un pretexto que Wilder repitió en “Con faldas y a lo loco” (1959)–; una historia que no distaba mucho de ser una traslación urbana y poco picante de la obvia moral Disney, aún así trufada de una elegancia cómica que escasearía con el discurrir de las décadas.

En las imágenes: Fotogramas de “Bola de fuego” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.

Hay 3 comentarios. Deja el tuyo »


A mí la screwball comedy, compa Almudena, nunca me terminó de entusiasmar (se ve que entre ella y yo no termina de haber mucha química…), pero estando la Stanwyck por medio, qué quieres que te diga, aunque sea un anuncio de refrescos… Así que habrá procurar echarle un ojo.

Saludos.

Comentario #1 por Manuel Márquez
Escrito el 09.11.07 a las 18:48

Pues no te preocupes, Manuel, conozco muchos más casos de gente que adora el cine pero que no soporta la screwball. Esto es como los helados, a cada uno le tiran sabores distintos XD Eso sí, si la Stanwyck te gusta tanto como a mí casi todas sus películas son imprescindibles, y en ésta no tiene nada que envidiar a otras damas más agraciadas por la belleza o los premios.

Comentario #2 por Almudena Muñoz Pérez
Escrito el 12.11.07 a las 15:03

Benny Goodman, llenando el cine de swing

Veréis, la cosa es así de simple: detesto el jazz; me encanta el swing. Nunca he entendido cómo un estilo de música tan enérgico, vibrante y divertido puede estar emparentado con otro que sólo me produce sopor. Es como cuando conoces a los padres…

Trackbacks #3 por labutaca.net » Enlaces
Escrito el 23.11.07 a las 7:42



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