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sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
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Domingo 9 Diciembre 2007

…y devorar todo lo demás. Una de las propuestas más interesantes de 1999 vino de mano de una mujer. Antonia Bird sorprendió con una fábula de antropofagia en plena guerra entre Estados Unidos y Méjico, un relato tan inquietante como divertido convertido hoy en una pequeña joya de culto para los aficionados, dentro y fuera del fantástico, protagonizada por un puñado de cobardes y antihéroes que se las tenían que ver con un caníbal de primera al que seguimos echando de menos: Robert Carlyle. El capitán John Boyd (Guy Pearce) ve premiada su espantada en pleno conflicto con un destino mucho más tranquilo, una estación de paso de los pioneros que caminan hacia el oeste americano en busca de oro. Allí se integra en un destacamento que no tiene desperdicio, capitaneado por el coronel Hart (Jeffrey Jones) y compuesto por un alcohólico, un retraído religioso, un soldado enloquecido, un adicto y un par de indígenas. Conforman una familia peculiar, divertida y entrañable, sabedora de las circunstancias que les han llevado allí y, en el fondo, encantados con semejante destino.

Hasta que un día aparece en escena un vagabundo, Colqhoun (Carlyle), que les narra una historia terrible: su caravana se vio aislada y los integrantes acabaron devorándose unos a otros. Confiesa que huyó, aterrado, ante la brutalidad de sus compañeros. Pero en realidad, él es el devorador. A partir del momento en el que este personaje aparece en escena, cada fotograma de “Ravenous” se convierte en un hipnótico poliedro que atrapa indefectiblemente al espectador. El elenco, maravillosamente dirigido por Bird, se muestra soberbio a lo largo de todo el metraje, que a pesar de incomodar frecuentemente al observador transcurre en un suspiro, envuelto en una chirriante y en ocasiones exasperante banda sonora de Michael Nyman. Humor negro y terror se conjugan de forma espontánea y perfectamente hilada, con secuencias en las que resulta imposible reprimir la carcajada, unidas a otras —a veces en cuestión de segundos— que sobrecogen u obligan a comprimir el gesto ante la visceralidad de lo que acontece.

Carlyle borda su doble papel, disfrutando enormemente como es posible que no lo haya hecho con otro director, con la salvedad de Danny Boyle; a su lado, la otra pata del proyecto es el poco prolifico y siempre turbado Guy Pearce, en un trabajo que se gana nuestras simpatías al conseguir reflejar con honestidad una cobardía que es fruto de una situación tan absurda como insostenible. Jeffrey Jones está esplendoroso como el líder de la destartalada manada, portador de la vara de mando en un reino en el que no hay órdenes que dar; David Arquette, Jeremy Davies y Neal McDonough conforman un batallón que no aportaría en exceso en un combate real, mientras que, a pesar de lo pequeño de su papel, el veterano John Spencer se lleva, literalmente, un buen sabor de boca. Nadie juzga a nadie, ni se pone en tela de juicio la actitud de cada cuál. Y Bird logra que una historia triste, desasosegante y puntiaguda quede en el recuerdo como una experiencia divertida, grata y, sorprendentemente, apetitosa.

En las imágenes: Fotogramas y cartel de “Ravenous” - Copyright © 1999 Twentieth Century Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Domingo 4 Noviembre 2007

Estamos ante un título fundamental del cine americano de los años 70. Una obra austera y magnífica, de las que se añoran cada vez más y que ganan con el paso del tiempo por la vigencia de los temas que presentan, en este caso las tristes y desoladoras realidades de una sociedad cada vez más degradada. Al Pacino y el llorado John Cazale, que venían de triunfar en la saga de los Corleone, continuaron en esta “Tarde de perros” ofreciendo interpretaciones portentosas. El primero nervioso, conteniendo la violencia y luchando por escoger la sobriedad como vía de escape a una situación desastrosa; el segundo, frágil y tembloroso, pero temible por la imprevisión de su talante emocional.

Tomando como punto de partida un extravagante atraco real a una sucursal bancaria, el guión de Frank Pierson realiza un retrato demoledor de la ferocidad de los medios de comunicación ─mucho mayor ahora, dos décadas después─, de las diferencias sociales y de clase, y de la peligrosa arbitrariedad de los juicios hechos por parte de una amorfa, anónima y volátil masa urbana descontenta y reaccionaria. Y lo hace sin renunciar a la comicidad, con un humor cáustico que permite colocar a Sonny en situaciones cotidianas llevadas al extremo, reflejadas sobre todo en las apariciones de su esposa y su madre. Por otra parte, la hipocresía de la gente de a pie se descubre a medida que evolucionan los acontecimientos: al principio, es considerado un héroe, un icono de la lucha obrera y de la rebeldía de la juventud; cuando se descubre su orientación sexual, clave en su motivación, las opiniones se dividen, y la comunidad gay, muda hasta ese instante, emerge con fuerza para apoyarle sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Y todo ello presentado con gran intensidad por Sidney Lumet, en una dirección firme que no tiembla en ningún momento.

Una comedia escandalosa, sí, pero también un drama profundo con un análisis de personajes y un estudio de caracteres de nota. Más allá de Pacino y Cazale, el reparto de secundarios participa de esta tragicomedia con brillantez, desde el estresado Charles Durning ─en principio, frustrado e incomprendido director del circo que le rodea─ hasta el estirado James Broderick, que no cede en ningún momento en una actuación cínicamente sobria. Sin olvidar una mención especial para Chris Sarandon en una aparición tan breve como soberana, seguramente la mejor de su carrera, pese a ser su primera participación en un largometraje. Decía John Tavolta en el prólogo de “Operación Swordfish” (2001), en recuerdo a este título, que hoy Hollywood sólo hace basura, que ya no se hacen películas como antes. No le falta razón, pero es que los tiempos han cambiado, y de qué manera. El circo mediático que presenta “Tarde de perros” fue en su día un caso peculiar; hoy, es el pan nuestro de cada día.

En las imágenes: John Cazale, ladrón de gatillo ligero, y un estresado Al Pacino en “Tarde de perros” - Copyright © 1975 Artists Entertainment Complex. Todos los derechos reservados.