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Viernes 20 Junio 2008

Como cada año, el American Film Institute, cuyos trabajadores deben de ser los más afortunados del mundo porque sólo parecen dedicarse a recoger votos sin que en el recuento salgan vencedores y vencidos; dicha institución, decía, acaba de sacar a la luz su enémisa lista. En esta ocasión pretenden clasificar lo mejor del cine comercial estadounidense del siglo XX en diez apartados, olvidándose de importantes géneros como el musical y dando importancia a otros menores, aunque bien queridos en su país, como el cine de tribunales, si es que una etiqueta así puede llegar a sonar bien. Las elegidas, tan tópicas como insorteables en cualquier clasificación que se precie, ofrecen poco margen de debate, ya que los listados del AFI se repiten anualmente con escasas variaciones. En el cine de animación encabeza “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), y la siguen otras nueve películas de la factoría Disney y Pixar, con la sola mención de “Shrek” (2001), de la Dreamworks.

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En comedia romántica, despunta una opción clásica, “Luces de la ciudad” (1931), seguida por los títulos más significativos de Cukor, Wyler, CapraMeg Ryan y “Harold y Maud” (1971), una cinta que fue repudiada en su estreno por los mismos críticos que ahora la aplauden. En cuanto al western, la primera es, cómo no, “Centauros del desierto” (1956), junto a lo más destacado de Hawks, Peckinpah, Eastwood o George Stevens, aunque entre ellas se cuele… ¡“La ingenua explosiva” (1965)!, una de esas comedias de saloon al servicio de Jane Fonda. En deportes, un género que sólo saben cultivar los norteamericanos, prima “Toro salvaje” (1980) antes de variadas cintas de boxeo, ciclismo, equitación, billar, fútbol, béisbol y baloncesto. Porque es inglesa, de otro modo no se entiende que “Carros de fuego” (1981), a pesar de que se trata de una infumable película, no esté entre las favoritas de los especialistas. Leer más >>

Domingo 23 Marzo 2008

Puede sonar algo simplista, o reduccionista, pero al autor aquel —cuyo nombre, perdonen ustedes, no consigo recordar— que afirmó que toda obra narrativa, sea en el soporte que sea, tiene como tema central la vida, la muerte o el amor, no debía albergar serias dudas acerca de la certeza (rotunda, poco cuestionable) de su aserto. Al hilo de la misma, les propongo un juego, practicable con cualquier film —dado que de cine hablamos, creo que hasta el cinéfilo más conspicuo encontraría grandes dificultades para argüir algún título que no lo permitiera—. Y llegados a este punto, sólo nos resta formular las reglas: hay que determinar qué papel ocupa cada tema en cada película, con qué grado de intensidad impregna su trama y, en base a ello, hasta qué punto puede llegar a convertirse la película en cuestión, en paradigma acerca de la naturaleza y esencia de tal elemento. Juguemos.

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“Breve encuentro”, de David Lean. Solución sencilla: el amor juega un papel central y casi exclusivo; impregna toda la trama de manera absoluta; y, ciertamente, pocas películas se pueden encontrar que definan con más propiedad y contundencia la exacta naturaleza de ese sentimiento en su estado más químicamente puro. Su capacidad devastadora, ese potencial demoledor que aniquila cualquier intento de ponerle coto en su afán colonizador de cuerpo y mente; ese poder de derribar cualquier intento de explicación racional (por qué, por qué a mí, por qué a él…) que lo aclare o justifique; ese mecanismo de inoculación insidiosa, imperceptible, que hace que sólo cuando se está totalmente atrapado en sus redes, uno sea consciente de que lo está… Todo eso está magistralmente retratado por Lean en la composición del personaje de Laura Jesson (a cargo de una magnífica Celia Johnson), la viva estampa del sufrimiento agonístico, arrasado por el virus cupídico, y sin herramienta ni bagaje alguno para revertir una situación que la mortifica a base de una combinación fatal de impotencia y sentimiento de culpa.

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Son muchas las películas que, siguiendo esta senda, y deudoras de los referentes emocionales de “Breve encuentro”, han intentado reproducir sus mismos esquemas afectivos (algunas, excelentes, como esa “Los puentes de Madison” que tan magníficamente glosaba tiempo atrás mi compañera Almudena Muñoz Pérez en este mismo blog); pero no es fácil que ninguna de ellas nos provoque el nudo en la garganta con que el film de Lean nos ahoga y atenaza. Ahí radica su “fuerza tranquila”, ahí, precisamente.

En las imágenes: Celia Johnson y Trevor Howard en “Breve encuentro” - Copyright © 1945 Cineguild. Todos los derechos reservados.

Martes 18 Marzo 2008

Se ha empleado hasta la saciedad el fácil juego de palabras que certifica a “Desayuno con diamantes” (1961) como una de las joyas del séptimo arte. Después del subidón de glucosa contenido en esas palabras, ¿de verdad se mantiene el fulgor que en su día mitificó a Audrey Hepburn? Tal vez el elevado precio que alguien pagó en la subasta de Christie’s por el vestido negro que inaugura los créditos afirmó el equívoco entre valor mitómano y valor cinematográfico. No hay duda de que las comedias románticas posteriores han heredado tantos rasgos de esta película que, revisitada hoy, puede provocar una sensación de vacío y déjà vu argumental. La pobre chica que conoce al pobre chico y… ya saben. El paso del tiempo ha subrayado asimismo algunas censuras con la novela original de Truman Capote, que hoy se antojan pudorosas omisiones: la desinhibición sexual de Holly Golightly, que incluso menciona el lesbianismo, su lenguaje soez y obsceno, la dejadez física a la que se arrastra –algo imposible en manos de los diseñadores Edith Head y Hubert de Givenchy–, y un final radicalmente opuesto al rodado.

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Todo a mayor gloria de la imagen pura y adorable que siempre desprendería Audrey, aunque Capote había pensado para el papel en Marilyn Monroe –¿similitudes con “La tentación vive arriba” (1955), aunque en esta película sea abajo?– y reconoció como fuente de inspiración a Carole Grace, esposa de… Walter Matthau. Curiosidades aparte, el resultado es el que es a causa del encanto de su protagonista, de la pluma de George Axelrod, guionista especializado en fábulas urbanas –“Bus stop” (1956), la propia “La tentación vive arriba” y, más adelante, “Encuentro en París” (1964), también con Hepburn–, y el director Blake Edwards, que tan bien arreglaba un roto como un descosido. ¿Dónde descansaba la mirada del responsable de comedias descacharrantes y ácidas críticas sociales durante el rodaje de “Desayuno con diamantes”? Se reconoce un ritmo ágil que aprovecha los vacíos verbales del guión para insertar detalles de humor silencioso –siempre que la banda sonora de Henry Mancini se aparta de los acordes del empalagoso “Moonriver”–, como esa fiesta en unos escasos metros cuadrados donde hay problemas con tocados capilares, cigarrillos, boquillas interminables, muebles multiuso y psicodélicos personajes –el vestuario de los sesenta empieza a hacer efecto, lo cual también perjudica a otras películas de Audrey Hepburn, como “Dos en la carretera” (1967)–.

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Muchos puntos en común entre dicha escena y “El guateque” (1968), quizá la obra maestra de Edwards, relación que estrecha aún más el denominado “momento guitarra”. Elevada a categoría de fotograma fetiche en este caso, de total efecto soporífero en “El guateque”, la pausa de chica con instrumento musical –que responde a una de las teorías del director acerca del equilibrio dramático– supone en “Desayuno con diamantes” el testimonio de la auténtica voz de la actriz, que hubo de ser doblada en el musical “My fair lady” (1964). Aún así, esta detención no colabora con la trama, pero no resulta tan grave como la redundancia de los coros parapapapa en la tarde de juerga que se corren Holly y Paul (George Peppard), antes de caer en los brazos del otro. Es esa primera mitad de película la que se beneficia de un tono ligero que no pretende ocultar la morbosa y subversiva trastienda de la historia, recuperado en breves trazos en la segunda parte, que se encarrila de forma irreversible hacia el manejo más blando de Edwards.

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Aunque la caída de Holly no se muestre con tanta contundencia y la música anticipe las expectativas, la famosa escena final bajo la lluvia posee una magia irresistible que vence la estupidez del cuento –hasta Oliver Stone la citó en una obra tan diferente como “Nacido el 4 de julio” (1989)–. De tanto frotar el diamante en bruto de Capote, Edwards obtuvo el brillo deseado por la industria y por esos miles de ciudadanos anónimos, como el gato de Holly, que vivían y soñaban al estilo de los perdedores neoyorquinos. De tanto contemplar la reliquia tras el cristal, cualquiera acaba pasando por alto sus grietas, su descomposición, sus colores diluidos. ¿Podría “Desayuno con diamantes” exponerse en las vitrinas de Tiffany’s, tal y como hubiese aplaudido su protagonista? En esta encrucijada de –mal llamadas– alta y baja cultura, la respuesta es sí: joyas con certificado oficial –los 800.000 dólares que se pagaron por el vestido de Audrey son una buena cifra– que pueden consumirse entre el café y el croissant de cualquier Starbucks.

En las imágenes: Fotografía promocional y fotogramas de “Desayuno con diamantes” - Copyright © 1961 Jurow-Sheperd y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Marzo 2008

Dos películas totalmente distintas, en género, temática y ritmo (aunque con tremendas coincidencias en el dibujo argumental y de personajes protagónicos: parejas en fuga, en las que la componente femenina evoluciona desde un rechazo frontal hacia su partenaire hasta una atracción… en fin, no desvelemos finales innecesariamente), que, por otro lado, no fueron, en ninguno de los dos casos, la opera prima de sus dos celebérrimos directores (Frank Capra y Alfred Hitchcock). Y dos películas que, estrenadas comercialmente en años consecutivos —1934 y 1935— obtuvieron los parabienes de público y crítica, unos niveles de éxito impresionantes. Pero, aún así, cabe apreciar en ambas una condición más seminal que concluyente, más de apunte y esbozo de futuros logros que de confirmación de talentos en su cúspide creativa.

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“Sucedió una noche” viene a resultar una especie de “ensayo general con todo”, la espita de apertura, de aquello que se vino a denominar la screwball comedy. Pero su tono, comparado con el de que las que serían posteriores obras cumbre de esa línea genérica, es mucho más mesurado, más comedido, menos disparatado, y su ritmo de despliegue (de gags, de situaciones, de giros argumentales), mucho más suave y tranquilo. En cualquier caso, resulta una auténtica delicia asistir al duelo interpretativo (y afectivo) que desarrollan Clark Gable y Claudette Colbert, y degustar una verdadera lección de construcción de texto cómico, con un cuidado rayano en el mimo hacia cada línea de guión. Pero Capra, como bien sabemos, haría sus obras cumbre (“¡Qué bello es vivir!”, “Arsénico por compasión”) algunos años después.

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Por el contrario, “39 escalones” es una intriga criminal en estado químicamente puro, más allá de las chispas eróticas que puedan saltar de esa relacion “esposada” entre Robert Donat y Madeleine Carroll o de los destellos cómicos que se pueden atisbar en buena parte de sus secuencias —más dados por el tono sardónico de su protagonista masculino que por las situaciones que su trama ofrece—. Y aunque se trata de un film magnífico en lo relativo a estructura y desarrollo dramático, se aprecia claramente que el mago Hitchcock, que todavía no había cruzado el charco, aún tenía su chistera bastante poco provista de esa infinidad de trucos con los que nos iría deleitando a lo largo de su carrera (y que, por ejemplo, en la legendaria “Con la muerte en los talones” —película con la que ésta se emparenta plenamente por su coincidencia argumental— alcanzaría una de sus cumbres: truculencia y golpes de efecto para dar y regalar…). Dos grandes films, en suma, de dos grandes cineastas, dos de los más grandes de la historia del cine, pero que aún alcanzarían una talla mucho más alta de la que con éstos nos ofrecieron: la de dos de los talentos más impresionantes jamás plasmados en celuloide.

En las imágenes: Clark Gable y Claudette Colbert en “Sucedió una noche” © 1934 Sony Pictures Home Entertainment. Todos los derechos reservados. Robert Donat y Madeleine Carroll en “39 escalones” © 1935 Divisa Home Video. Todos los derechos reservados.

Sábado 16 Febrero 2008

Su último estreno confirma la tendencia de una de esas promesas jóvenes, amparadas por un cineasta reconocido –Robert Altman, a quien ha homenajeado con descaro y de cuya película póstuma, “El último show (A prairie home companion)” (2006) se dice que rodó algunas escenas– y que en breve trayectoria consigue el reconocimiento que otros persiguen durante décadas. No demasiado prolífico –compagina sus fastuosas producciones cinematográficas con pequeños cortos experimentales–, Paul Thomas Anderson es el ejemplo de cineasta esnob que puede presumir de libertad creativa y productiva al tiempo que se ampara en los mayores estudios y las más brillantes estrellas. Los resultados, chocantes historias íntimas que parecen bucear tanto en la naturaleza de los personajes como en la imagen prediseñada de los actores que los encarnan.

Desde su primer corto y acercamiento a la industria, “The Dirk Diggler story” (1988), ha demostrado un interés inaudito en una década de escasa incorrección política –los noventa– por los asuntos más escabrosos del mismo medio que le da de comer: la vida pecaminosa, insensible o poco envidiable de seres venidos a menos, fracasados o idiotizados a causa del fasto audiovisual. Si en esa carta de presentación ya abordaba la industria pornográfica, tema absoluto en la divertida y maestra “Boogie Nights” (1997), su segundo corto, “Cigarettes and coffee” (1993) –no confundir con el título intercambiado de Jim Jarmusch–, sirve de preludio al cruce de extraños en la icónica “Magnolia” (1999). Antes de ambas, una cinta a caballo entre Scorsese y Mike Figgis, “Sydney” (1996), donde ya aparecían astros tan poco propios de un cine intangible como Samuel L. JacksonGwyneth Paltrow, y posteriores fetiches que, por fortuna, no han renunciado a las producciones difíciles, como Philip Seymour Hoffman.

Gracias a la disponibilidad de mayores medios, Anderson amplía y completa su visión de Dirk Diggler en el susodicho biopic de una estrella del porno, que en su escabrosidad no escondía tanto afán polemizador como los primeros anti-destellos del cuarto oscuro que significó “Magnolia”, coloso de una calidad quizá demasiado evidente, pero que lo encumbró en la Berlinale y en el prestigioso sello de las nominaciones al Oscar®. Luego vendría otro Paul –Haggis– a apropiarse de esa gloria sólo rozada con la imitativa en varios aspectos y en todos ellos facilona y sonrojante “Crash” (2004). Su siguiente estreno, “Punch-Drunk love” (2002), fue una preciosa mirada colorista al mundo de los perdedores. La palma de oro en Cannes no ayudó a evitar el total desapercibimiento entre parte de crítica y público, quizá por el regusto amargo de un romance peculiar –Adam Sandler y Emily Watson–, en el que cada ñoñería romántica se interrumpe por la entrada abrupta de otro género cinematográfico –de nuevo Hoffman en papel de matón–, mientras el clímax feliz se atrasa y se atrasa…

La recompensa es tan ilusoria –y benévola con la pareja– como las formas abstractas de los créditos. De esta película extraería material extra para un corto, “Blossoms and Blood” (2003), en mitad de la preparación de otro título sangriento, su última “There will be blood” (2007). El descenso a las cloacas temáticas de Paul Thomas Anderson se acelera con la misma rapidez que asciende su reconocimiento internacional. ¿Demasiado continuo, demasiado pronto? Sea un auténtico yacimiento petrolífero o una engañosa filtración, por lo menos parece reservar talento y enigmas suficientes para seguir adelante. Llamar a los gemelos Sunday Paul y Thomas –son Paul y Eli– habría confirmado la doble personalidad oscura del director, que sólo nos ha revelado a medias, en vista de una sorpresa aún inconcebible o un definitivo fracaso al estilo Michael Cimino. Lo que está claro es que él prefiere la puerta del infierno.

En las imágenes: Fragmento del cartel de “Magnolia” - Copyright © 1999 Ghoulardi Film Company, New Line Cinema y The Magnolia Project. Todos los derechos reservados. Y Paul Thomas Anderson en el Festival de Toronto - Copyright © 2002 WireImage. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Boogie Nights” - Copyright © 1997 Ghoulardi Film Company, Lawrence Gordon Productions y New Line Cinema. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “Punch-Drunk love” - Copyright © 2002 Revolution Studios, New Line Cinema y Ghoulardi Film Company. Todos los derechos reservados.

Miércoles 13 Febrero 2008

Ahora que se acerca la temible fecha de los enamorados, y como si necesitase aún más propaganda de la que recibe, un conocido portal publica la lista de las diez películas propias de San Valentín más sobrevaloradas. Abre el espectro, cómo no, “Pretty Woman” (1990), la cinta que siempre sube las audiencias en sus pases televisivos y que modernizó el mito de Cenicienta trocando zapatos de cristal por botas de prostituta y el tradicional baile por unos lloros en la ópera. La siguen otras aún más empalagosas –al menos la anterior practica una leve conciencia de comedieta inevitable en la media sonrisa de Richard Gere y la amplísima de Julia Roberts–: “Tal como éramos” (1973), o Barbra Streisand intentando conquistar a Robert Redford con cambios de peinado; “Algo para recordar” (1993), en la que por revisitar el clásico de Leo McCarey cualquiera terminaba acordándose hasta de la madre del apuntador; “Tienes un e-mail” (1998), o nuevo intento de homenajear referente de oro –“El bazar de las sorpresas” (1940)–.

“Ghost” (1990), la más fantasma de todas; “Love Story” (1970), o cómo algunas películas deberían aprender a decir lo siento; “Mientras dormías” (1995), pues no podía faltar Sandra Bullock en la lista de los ñoño-adictos; “Mi gran boda griega” (2002), ese sleeper que cosechó un enorme éxito, pero que no hizo gracia a casi nadie; “Cuatro bodas y un funeral” (1994), un subidón de nivel en la retahíla, aunque Andie MacDowell diciendo tonterías bajo la lluvia también traía tela; y “Dirty Dancing” (1987), punto muerto para un baile bien apretado y cansino desde el comienzo. Desde esta misma recopilación se hacen eco de las grandes historias de amor que desaparecen ante la llegada del santo, a lo “El sueño eterno” (1946) o “Historias de Filadelfia” (1940), películas más maduras aunque igual de poco fidedignas en su retrato de este noble sentimiento. Y es que con “El apartamento” (1960) El Corte Inglés no vendería ni un triste corazoncito.

En las imágenes: Fotograma de “Cuatro bodas y un funeral” - Copyright © 1994 Channel Four Films, PolyGram Filmed Entertainment y Working Title Films. Todos los derechos reservados. E imagen promocional de ”El sueño eterno” - Copyright © Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 5 Febrero 2008

En contadas ocasiones el cine se ha rendido al homenaje más evidente: el de las miles de miradas que cada día se posan sobre él, bajo forma de pantalla portátil o comercial, imagen fija o en movimiento. No se trata únicamente de voltear la cámara, como muchas películas han hecho, para reírse de los rostros hipnotizados o durmientes que descansan en las butacas o el sofá; esa retro-mirada debe explorar un reflejo abisal de imágenes empequeñecidas en unos iris que a su vez son los protagonistas de otros fotogramas mayores. De este sencillo modo las narraciones se extenderían al infinito, confundiéndose lo que en verdad vimos con lo que añadimos del cine, que no es sino la propia imaginación. Pues este referencial poema lo compuso Nikita Mikhalkov en una película pausada, aún así libre del candor decadente del cambio de siglo, portadora de un significativo título: “Ojos negros” (1987). De ellos, los de Tina (Marthe Keller), se enamora Romano (Marcello Mastroianni) en un balneario que reconstruye gracias a su memoria, envuelta en los filtros brillantes, cercanos al mal gusto de quien ama la opulencia, propios de una época y un episodio adornados.

Romano narra su historia, que conocemos por flashbacks, a un pasajero de barco lujoso también ruso, como la mujer del hechizo. El fondo de su relato ahonda en la mitología de los cruceros de finales del XIX- principios del XX, donde los camareros caracoleaban sobre las maderas con pulcritud, las matronas llevaban sombrilla y los hombres eran libres de abordar a jovencitas, la esposa a buen recaudo en la residencia estival correspondiente. La importancia de sus palabras se anula a sí misma dado el origen del cuento: ¿son los flashbacks recuerdos auténticos de Romano o se corresponden con las recreaciones de su interlocutor? ¿Se escuchan los ecos de un pasado real o el meridiano estéreo de un affaire cinematográfico? ¿Los ojos de Tina, en definitiva, parpadean en el instante de un encuentro real o se abren, infinitos, como la atención generosa de una espectadora que desea evadirse con una ficción, una película, calando cada rastro de luz hasta ahogarlo en el último fundido? ¿Por qué si no toda obra cinematográfica termina bajo ese lienzo opaco y fúnebre, como la despedida tácita de los colores? Romano contemplaba los ojos negros con toda la posibilidad y esperanza de una pantalla.

En las imágenes: El director Nikita Mikhalkov durante el rodaje de “Ojos negros” y fotograma de la misma película - Copyright © 1987 Excelsior Film-TV, Rai Uno Radiotelevisione Italiana, Adriana International Corporation y Sovinfilm. Todos los derechos reservados.

Sábado 15 Diciembre 2007

Joseph Leo Mankiewicz dominó la cámara, el guión y el diálogo. Tres hermanas virtuosas bailando en círculo y, en más de una ocasión, hacedoras de películas redondas que encarnan una perfección muy personal. Para este tramo final quisiera destacar mi preferencia dentro de la filmografía del director, y que a su vez sirva de ejemplo definitivo acerca de su arte cinematográfico. No me olvido del poema sobre el honor universal en el Oriente de “El americano tranquilo” (1958), ni de la astracanada musical de “Ellos y ellas” (1955), ni del infravalorado oropel de “Cleopatra” (1963), ni del resto de sus escasas producciones. Aún así, por encima de todas ellas, mi cariño incondicional se dirige a la pequeña y primigenia “El fantasma y la señora Muir” (1947), que aún pervive dando coletazos en cintas mayores –“Deseando amar” (2000)– o menores –“Ojalá fuera cierto” (2005)–. Sus aires de comedia casera y simpatías sobrenaturales –en la línea de “El espíritu burlón” (1945)– se disuelven en cuanto estallan los magníficos acordes de Bernard Herrmann contra las olas que rompen la convencionalidad de los créditos. Una explosión de naturaleza contenida que no volverá a repetirse, o al menos no de manera tan evidente.

 

Lucy Muir –la dulce Gene Tierney, con la que Mankiewicz ya había trabajado en su debut, “El castillo de Dragonwyck” (1946)– es una viuda que compra una casita de marineros junto a la costa para vivir en paz con su hija –diminuta Natalie Wood–. Condiciones de vida que debe lograr incluso aunque dentro de la cocina encuentre un fantasma, ex capitán de barco (Rex Harrison) decidido a quedarse en su antiguo hogar. Ni sustos de un género de intriga en paulatino crecimiento –Lucy recorre la casa a oscuras con una vela sin el potencial de scream queen que caracterizó a otras damas–, ni juegos de equívocos y escondites –a excepción de la visita de las amargadas familiares de la protagonista–. La película se aleja del tópico cinematográfico de los años cuarenta para acercarse a la tradición literaria y narrar una bella historia de aprendizaje que, como en la realidad, conlleva toda una vida pendiente de resultados espectaculares que nunca se consolidan. Lucy es un personaje tan real y carnal que podía permitir una compañía fantasmagórica, simplemente porque en el mundo no se admiten teorías fantasiosas y su existencia es la de una mujer y una madre cualquiera sin aspiraciones cinematográficas.

 

El humor del día a día se contrapone a los dolorosos escollos en los anhelos de la heroína, lo que va espesando los posos de la trama hacia una rendición tan natural como patética. Quizá porque las más hermosas historias de amor fueron las no escritas y las no experimentadas, la que Mankiewicz podía regalar a sus personajes después de otra injusta para ellos, maravillosa para nosotros, triste para todos. Tras una complicidad muda, reducto de carcajadas rotas por parte del capitán y de reproches silenciosos en el semblante de Lucy, llegan unas palabras que los salvan a los dos. Esta solución no podía desvincularse de sus connotaciones pesimistas: la incompatibilidad de la vida y la muerte, la tierra y el cielo, el cine y la realidad. Paradojas que Mankiewicz sorteó haciendo de los polos opuestos un solo componente, un tierno relato romántico libre de sobrecargas novelísticas y nostálgicas, un guión literario rodado tras el filtro de quien ve más allá de las bocas calladas y de diálogos profundos que no significan nada en comparación con el contenido oculto de los rostros, las tormentas y los paisajes violentos. El amor posible entre lo imposible, la declaración más sincera de un cineasta que supo hacer de la cruda realidad admirable cine, y de éste, su vida.

En las imágenes: Gene Tierney, Rex Harrison y Natalie Wood en “El fantasma y la señora Muir” - Copyright © 1947 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Diciembre 2007

O eso debió de zamparse por error una mañana soleada de primavera –potenciemos las condiciones sensibleras– en lugar del yogur sin azúcar que le habría inspirado antes de tiempo “La lista de Schindler” (1993). Recordando a Jean Arthur y “Sólo los ángeles tienen alas” (1939), me asaltaron las conexiones con este fiasco de la aviación de Spielberg, nada peregrinas cuando el director es un reconocido cinéfilo y homenajeador de cintas clásicas en las suyas propias. Por desgracia, el caso que plantea “Always (Para siempre)” (1989) pierde unas cotas enormes de eficiencia por el ejercicio nostálgico y viciado que propone un conjunto visual rancio y ya pasado de moda. O por qué si no causa más risa Holly Hunter con ese vestido ochentero horroroso, imposible de creérnoslo como causa de los silbidos de admiración de sus rudos compañeros, que la más aguda vocalización de Jean Arthur. 

 

Más que un homenaje a Howard Hawks le salió un telefilm blandito que apenas aprovechaba las posibilidades cómicas del piloto fantasma (Richard Dreyfuss) que ronda por su antiguo hogar, velando por el ánimo de su afligida novia. Una película fantasma, y no sólo a costa del argumento, sino de una Audrey Hepburn interpretando a un ángel como último papel en su carrera –gracias por el regalo, Steven, pero aun sin el cargo divino oficial Audrey ya había sido celestial en otras muchas ocasiones–. Y no bastó con lagrimear sobre la mítica actriz: ahí estaban la secuencia de apertura con un aterrizaje forzoso y las reticencias del personaje de Hunter ante el vuelo, repitiendo los clímax de la mítica cinta de Hawks. ¿Sirvió de algo más lo que fastuosamente se anunciaba para la eternidad? De todo empacho se aprende y Spielberg se acordó de la chica atrapada en la cabina del avión bajo el agua cuando quiso componer una secuencia similar en “A.I. Inteligencia artificial” (2001), eso sí, tras haberse tragado otro par de petit suisse.

En las imágenes: Holly Hunter, Richard Dreyfuss y Audrey Hepburn respectivamente en “Always (Para siempre)” - Copyright © 1989 Amblin Entertainment y U-Drive Productions. Todos los derechos reservados.

Lunes 3 Diciembre 2007

Cuando el cine creía haber sentenciado todo lo repudiable acerca de la Segunda Guerra Mundial, dos franceses se atrevieron a seguir explorando esas ruinas olvidadas en el extrarradio, en alguna ciudad del Chugoku. Hiroshima siempre ha sido un motivo cinematográfico más recurrido frente a su hermana en desgracia Nagasaki, un memorial de vergüenza que pocas veces, como consiguió Alain Resnais, se ha unido a la destrucción atómica del hombre. Más allá de las secuelas físicas y medioambientales, que la película refleja en el recorrido crudo y fotográfico a modo de arranque, desprovisto de cualquier mirada tímida al desembarazarse de lo sentimental y lo políticamente correcto, “Hiroshima mon amour” (1959) contiene la paradoja de su título: el honorable, pero efímero, intento por arrancar los mejores valores de un ambiente destruido.

 

A través de la platónica relación entre una mujer francesa (Emmanuelle Riva) y un hombre japonés (Eiji Okada), desconocidos de noche que acaban descubriendo demasiado de sí mismos durante el día, afloran amores del pasado dinamitados con la misma crueldad que las vidas sesgadas a causa de la bomba. No es un tratado histórico sobre dicha explosión, ni un discurso solidario acerca de los japoneses, sino el frágil murmullo de cualquier víctima que ha perdido la voz. ¿Es necesario el olvido para la esperanza? ¿O sólo la reformulación, el nuevo nombre, el eufemismo, del dolor? ¿Podría éste llamarse Hiroshima, o amor? Lo que la guionista, Marguerite Duras, encuentra en su relato moderno y salpicado de flashbacks son piezas de ruinas que servirán para nuevas construcciones.

 

Inevitablemente contagiadas por el polvo del pasado –la pareja separada en un acto público por la inercia de la marabunta humana, al igual que en “Te querré siempre” (1954), de Rossellini–, útiles para afrontar problemas eternos –el repudio de la comunidad hacia la joven protagonista rapándole la cabeza, como en “La hija de Ryan” (1970)–. En un medio social que neutraliza la dignidad individual, Duras y Resnais apoyan con sutileza la sinceridad de las pasiones inquebrantables sin aprovecharse de la conocida explicitud de la escritora — “El amante” (1992)–. El gesto de volcar la cerveza sobre el vaso vacío de ella en lugar de ofrecérsela tal cual, y un abrazo recortado por piedras destrozadas –otra vez un futuro referente para David Lean– ejemplifican ese erotismo que une a las personas en un entorno gris, hostil y quebradizo, como este testimonio optimista para días de olvido y tristeza.

En las imágenes: Fotogramas de “Hiroshima mon amour” - Copyright © 1959 Argos Films, Como Films, Daiei Studios y Pathé Entertainment. Todos los derechos reservados.