No, no es que el director neoyorquino se haya atrevido a hacer un remake de la obra de Wim Wenders, aunque algunos sectores casi echen de menos al Woody Allen que homenajeaba a Ingmar Bergman en “Interiores” (1978) o “Septiembre” (1987), o a Fellini en “Recuerdos” (1980), en comparación con la nueva mirada turística que pasea por Europa, tendencia que viene a confirmar “Vicky Cristina Barcelona”, cinta presentada en la última edición del festival de Cannes y que ahora se estrena en España. Tras completar su periplo continental junto a la familia, el mochuelo siempre regresa al nido —más aún si lo espantan los tiroteos del lugar al que emigra— y el próximo proyecto del cineasta, “Whatever works”, tendrá por escenario a Nueva York, cuna del querido guionista cuando aún era de Brooklyn y no llevaba sus gafas de pasta negra, y cuando empezó a lucirlas para hacer suyo todo Manhattan.

Asentado su reino en bancos, planetarios y pistas de tenis en títulos tan representativos como la propia “Manhattan” (1979) o “Annie Hall” (1977), Allen podría regresar a la Gran Manzana cuando se le viniese en real gana, pero mientras la mansión se orea el gran hacendado aprovecha para irse de visita por otras fincas. Y antes de recalar en la ciudad condal, el pequeño Allen Konigsberg ya se había escapado de casa, comenzado por “Toma el dinero y corre” (1969), su segunda película como director, que rodó en San Francisco. Para “Bananas” (1971) se emplearon localizaciones en Puerto Rico para recrear el viaje del protagonista a Latinoamérica en busca de una revolución en la que alistarse para impresionar a su chica. Y la lista no se acorta: California en “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo… pero temía preguntar” (1972), visitó una Nueva York futurible en “El dormilón” (1973) con las apariencias de parajes y parques de California y Colorado, como Lakewood o Carmel Valley, y para ubicar la trama de “La última noche de Boris Grushenko” (1975) viajó a Budapest y París. Leer más >>

