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Miércoles 17 Septiembre 2008

No cabe duda de que en los últimos años el fenómeno Barcelona se ha extendido por la literatura de nuestro país y que, como desearía Mediapro a raíz de “Vicky Cristina Barcelona” (2008), podría convertirse en uno de los escenarios más reclamados por las producciones y coproducciones internacionales. Sin embargo, lo más criticado del nuevo Woody Allen es ese manierismo que sustituye la mirada única de un director por la de cualquier ciudadano que pretende reconocer aquello que vio en su visita o aquellos enclaves imprescindibles en un recorrido de manual ilustrado a los que acudirá cuando se anime un fin de semana y el cine otorgue nuevos dividendos al turismo. Es difícil, en todo caso, que una vez contratado el escenario con vistas a una proyección mundial y bajo un nombre rutilante la cámara no le otorgue el protagonismo solicitado por las partes interesadas. Para qué rodar en unas callejuelas minoritarias que podrían ser de aquí o de Viena si podemos hacer que Scarlett Johansson salte de La Pedrera al Tibidabo, en su fácil papel de extranjera. Ni siquiera estoy segura de que el objetivo principal se haya conseguido, pues la Johansson y otros asuntos morbosos colaterales se han cobrado todo el crédito y los titulares frente al fondo barcelonés.

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Pero para resarcir y completar las estampas de Allen disponemos de otros títulos que, en mayor o menor medida de escenas, han recurrido a la ciudad condal para ubicar sus historias. Comenzando por nuestro cine patrio, como “El embrujo de Shanghai” (2002), con una Barcelona de época tamizada por la memoria de Juan Marsé, o “Todo sobre mi madre” (1999), donde Almodóvar emigra junto a Manuela (Cecilia Roth) desde Madrid y se distinguen enclaves tan paradigmáticos como la Sagrada Familia o el Monumento a Colón frente a otros menos reconocibles, como el Hospital del Mar o la Plaza del Duque de Medinaceli. Atrás en el tiempo se encuentran películas más desapercibidas como “La calle sin sol” (1948), basada en una obra del dramaturgo Miguel Mihura, la histórica “La ciudad quemada” (1976), de Antoni Ribas, “Si te dicen que caí” (1989), de Vicente Aranda, la teleserie “La forja de un rebelde” y “La ciudad de los prodigios” (1999), ambas de Mario Camus, junto a la ingente cantidad de materiales documentales que registran la historia de Cataluña y los acontecimientos de posguerra, y que ofrecen las imágenes más fieles y retrospectivas de todo el conjunto, si bien de nulo interés para las ventas visuales que hoy quieren hacerse de la ciudad. Leer más >>

Martes 24 Junio 2008

Hace poco hablábamos de la ausencia casi absoluta de celebraciones por el  50 aniversario de “Vértigo” (1958), la obra maestra de Alfred Hitchcock. Otro aniversario del director inglés, los 45 años de “Los pájaros” (1963) —tras un vergonzoso homenaje fotográfico de Latina Magazine y otro más digno de Vanity Fair—, no lo ha pasado por alto la marca de juguetes Mattel, que pretende conmemorarlo con una edición especial de Barbie caracterizada a lo Tippi Hedren, a la venta el próximo otoño. Supongo que con “Vértigo” han preferido no hacerlo, no sea que los articulables caigan en manos de un pervertido de la talla de James Stewart en la película… Para la protagonista de “Los pájaros”, en lugar de las cursis mascotas de las que se hace acompañar la muñeca rubia, esta vez tiene prendidos tres pajarracos negros que acosarán a nuestra Tippi particular por los siglos de los siglos en la estantería o vitrina de turno —aunque le falte una expresión más terrorífica y su mirada vítrea parezca sacada de su partenaire en la película, Rod Taylor—.

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No es la primera vez que Mattel aprovecha motivos cinematográficos para rascar el bolsillo de los coleccionistas —¿serán cinéfilos-deuvededistas agotados, o barbierianos clásico-compulsivos?—. En su catálogo ya han incluido Barbies y Kenes conmemorativos de “Grease” (1978) —les falta John Travolta, aunque ya es bastante muñeco en la vida real—, “Mary Poppins” (1964), “Alicia en el país de las maravillas” (1951) —si bien parece Alicia pecaminosa en otro territorio menos inocente—, o la famosa teleserie estadounidense “I love Lucy” (1951). La broma cuesta entre 40 y 180 dólares, frío dinero a cambio de que la muñeca más superficial del mundo inmortalice los aspectos más fetichistas de clásicos de culto.

En la imagen: Detalle de la Barbie-Tippie Hedren conmemorativa del 45 aniversario de “Los pájaros” - Copyright © 2008 Mattel. Todos los derechos reservados.

Viernes 13 Junio 2008

El 12 de septiembre de 2001 el equipo de M. Night Shyamalan debía rodar una de las escenas cruciales de “Señales” (2002), el esperado regreso del director tras sus dos exitazos anteriores. Una prueba ardua, las dos, la de sobrevivir a las expectativas y a un nivel de autoexigencia bien marcado, y el no menor problema de encajar la película en un país, de repente, asolado por la paranoia. Dado que la concepción y el rodaje de la película precedieron a los atentados, no pueden lanzarse relaciones causales entre ambos acontecimientos como sí se hizo con la superproducción, también de tema extraterrestre, de Spielberg, el ídolo de Shyamalan, “La guerra de los mundos” (2004). Por una vez, parecía que el maestro podía haberse inspirado en el alumno aventajado: dos familias sin figura materna que deben huir y esconderse –en ambas, además, hay una pelea en fuera de campo– a causa de una invasión alienígena de la que nunca se explican razones claras. Y con una resolución de igual base científica, lo cual dejó bastante descolocados a quienes, de nuevo, esperaban el súmmum de las sorpresas finales.

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Hasta que volví a revisarla, me incluía en esa categoría de los damnificados por la decepción, por una película que se me antojaba capricho de género de un realizador con empacho de cinefilia. Sin embargo, he de reconocer que, ya olvidada la presión mediática del momento –resulta curioso que en nuestro país tuviese una fría acogida crítica y que en Estados Unidos sea la más valorada de Shyamalan–, “Señales” constituye un ejemplar ejercicio narrativo, en lo visual y sonoro, desde luego el más referencial de todos, y por ello el menos original en el enfoque. En la memoria del cineasta debían de circular decenas de títulos durante la redacción del guión y el diseño de los storyboards, empezando por la filmografía de Spielberg: “Poltergeist” (1982) –la televisión como un personaje más–, “E.T., el extraterrestre” (1982) y los campos de maíz que recorren Elliott (Henry Thomas) en ésta y Graham Hess (Mel Gibson) en “Señales” con una linterna por la noche, o “Encuentros en la tercera fase” (1977) y su atmósfera silenciosa, de espera ambigua para quienes no saben si los visitantes son pacíficos o agresivos. Leer más >>

Miércoles 11 Junio 2008

«Hay 35 páginas y 124 ilustraciones en un cómic corriente. Un sólo número puede costar entre 1 y 140.000 dólares. Cada día se venden en Estados Unidos 172.000 cómics. Más de 62.780.000 cada año. El coleccionista medio tiene 3.312 cómics e invertirá aproximadamente un año de su vida en leerlos.» A veces la estadística sirve para algo: para sustentar una película que analiza el fenómeno de los superhéroes norteamericanos desde una perspectiva que sustituye el espectáculo por el verdadero significado de estos modernos iconos culturales. Dicho párrafo introduce a “El protegido” (2000), la decisión de M. Night Shyamalan de no rehacer lo andado, a pesar de que continuasen exigiéndole la sorpresa revelatoria que, en este caso, constituye uno de los mejores ejemplos del director al no apostar por el giro argumental, sino por las dolorosas verdades. Y lo que tiene más mérito, plantearlo antes del 11-S, la fecha que después puso a tiro la crítica situacionista en relación a las películas de Shyamalan. Antes ya era político, porque serlo es tener en cuenta la doble moral de su país de acogida, aquélla que no cambió tras los atentados de las Torres Gemelas.

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La idea para “El protegido” nace un par de años atrás, durante el rodaje de “El sexto sentido” (1999), o bien debería decir muchos años atrás, cuando Shyamalan era un pequeño y ávido lector de historietas. Al igual que Elijah Price (Samuel L. Jackson), personaje afectado por la rara pero real enfermedad osteogénesis imperfecta, que hace que sus huesos se rompan fácilmente, y que halla en las páginas de los cómics un mundo de respuestas, también el cineasta quiso plantearse el motivo de la atracción por los prototipos del superhéroe y el villano, las causas de su invención/existencia entre hombres corrientes. El guión de la película constituye la primera parte de otras dos que fueron deshechadas por Shyamalan, de ahí la pregunta recurrente de muchos periodistas acerca de si podría completar una trilogía. No parece ésa su intención, ni sería coherente con el espíritu opuesto a las grandes sagas de héroes DC –y Action Comics, homenajeados de forma explícita– o Marvel en la gran pantalla. Aunque ahora está de moda profundizar, sobre todo en clave humorística, en los superhéroes que descubren o recuperan sus poderes, la película se ahorra las tradicionales lucha contra el mal y pelea contra el malo. Leer más >>

Sábado 24 Mayo 2008

Y mientras Spielberg está con su equipo de celebración por el éxito que empieza a cosechar “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (2008), George Lucas regresa al rancho Skywalker para maquinar con la caja registradora que tiene por mente. ¿Que este año cumple 25 primaveras “El retorno del Jedi” (1983)? Pues, estará pensando, que lo celebren los frikis y ahorren un poco de la fiesta para la entrada que les cueste el nuevo sacacuartos de Lucasfilm, “Star Wars: The clone wars” (2008), cuya –supuesta– primera entrega se sitúa hace mucho, mucho tiempo, entre las acciones del episodio II y III de la saga –ya saben, entre los clones y los sith–. ¿Por qué no está Lucas tan contento del cumpleaños de su retoño y se dedica a nuevas, ejem, creaciones?

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¿No se le ha ocurrido una colección de peluches ewook para los más pequeños –ciertamente los únicos que toleran a estos bichejos peludos–? ¿O pactar con Victoria’s Secret una réplica comercial del biquini-esclava de la princesa Leia –dado que ya los hay para perros, no se lo pierdan–? La obsesión de los fans –masculinos– por esta prenda ya fue parodiada en un episodio de “Friends”, aunque nunca me he explicado qué tiene de sexy ver a la pobre Carrie Fisher postrada con esas pintas contra el baboso Jabba. Bueno, sí me lo imagino, pero… ¡qué retorcido! En cualquier caso, qué mejor manera de conmemorar este verano la última-tercera-loquesea película de “La guerra de las galaxias” que con playas rebosantes de biquinis dorados.

En la imagen: Carrie Fisher caracterizada con el biquini de Leia en una imagen promocional de “El retorno del Jedi” - Copyright © 1983 Lucasfilm. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Mayo 2008

Como se ha podido comprobar a lo largo de esta serie dedicada al inmortal Indiana Jones, el personaje debe su vida al medio cinematográfico. Sin embargo, algunos de mis muy buenos recuerdos –y supongo que de otros muchos espectadores también– no han sido provocados por la trilogía original… Aunque George Lucas también tenga que ver en ello. LucasArts venía desarrollando videojuegos como una subrama de LucasFilm, no siempre de temática fílmica –algunos sí, por ejemplo “Labyrinth”, basado en la película homónima al servicio de David Bowie–, como la divertidísima saga de Monkey Island. Toda esta introducción, que mejor sabrían comentarla en sus apartados técnicos mis compañeros de blog, se debe a una aventura gráfica que hizo las delicias de los fans: “Indiana Jones and the Fate of Atlantis” (1992). Aquellos primitivos, cúbicos y deliciosos gráficos, con sus sonidos metálicos y sus diálogos mudos, abrían en una triple perspectiva el universo de Spielberg. El juego respetaba el espíritu de las películas con una trama rica y de continuos saltos espaciales, y que proponía tres posibles desarrollos y finales para la aventura –según las decisiones tomadas a lo largo de las pantallas–.

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Indy debía enfrentarse a los nazis una vez más en la búsqueda por la archifamosa ciudad sumergida, visitando submarinos, sesiones de espiritismo, islas griegas, mercadillos árabes, Islandia, Montecarlo… ¡hasta las Azores!, y manejando objetos antiguos, como un libro perdido de Platón o el orichalcum, un extraño metal clave para acceder a la Atlántida. Lo acompañaba Sophia Hapgood, una mujer de armas tomar muy parecida a Marion Ravenwood, útil ayuda en algunas situaciones y una simple estatua cuando Indiana debía arreglárselas por sí mismo. Con sentido del humor y respeto por los rasgos de personalidad del protagonista, “Fate of Atlantis” fue la primera película jugable de la saga, de mayor calidad argumental que el videojuego “La última cruzada”, lanzado en 1989. Tanto, que durante la larga gestación de la cuarta entrega se llegó a especular sobre la posible adaptación del libreto del videojuego a la pantalla. Problemas: en realidad el juego procedía de una historia original que nunca se rodó, y la edad de Harrison Ford impedía ambientar una historia durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Y por qué no va a interesar la Atlántida a los soviéticos? A quienes no interesa es a los propios Spielberg y Lucas, pues la fama de la historia actuaría como limitación y muchos espectadores esperarían extrañas criaturas submarinas, según el imaginario colectivo –véase “Atlantis: El imperio perdido” (2001), que además fue un fracaso Disney, detalle que pudo potenciar el efecto disuasorio–.

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A pesar del enorme éxito que supuso esta ejemplar muestra, Indiana Jones no volvió a destacar en el mundo del videojuego hasta “Indiana Jones y la tumba del emperador” (2003), cuya trama también mezclaba nazis y motivos esotéricos: un ídolo de Sri Lanka, Kouru Watu, que Indy rescata al más puro estilo “En busca del arca perdida” (1981), y la perla El Corazón del Dragón, enterrada junto al primer emperador chino. Una versión que incluye más acción que los juegos previos, al estilo Tomb Raider, y que pierde un poco el carácter investigador de las pesquisas que fomentaban las viejas plataformas. Recientemente, al igual que ya hicieran con Star Wars, LucasArts ha lanzado la versión Lego jugable de las aventuras originales, y que convierten en muñequitos articulados –ya no amarillos– a Sean Connery, Karen Allen o Jonathan Ke Quan. Mantienen los argumentos de la trilogía y su única novedad es la que propicia la metodología Lego, quizá un poco infantil para jugadores más avanzados. Tres opciones muy distintas para cada manera de querer sumergirse en primera persona en el mundo de Indiana Jones, por si las pantallas tradicionales no son suficientes o la historia de “El reino de la calavera de cristal” (2008) no satisface del todo.

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En las imágenes: Detalle de la carátula e imagen del videojuego “Indiana Jones and the Fate of Atlantis” - Copyright © 1992 LucasArts. Todos los derechos reservados. Imagen promocional de “LEGO Indiana Jones: The original adventures” - Copyright © 2008 LucasArts. Todos los derechos reservados.

Martes 20 Mayo 2008

Uno de los mayores interrogantes que se levantaron ante el cuarto proyecto de Indiana Jones fue el concerniente a su chica. No hay sacrificio sin motivación, ni ésta sin amor, ergo Indy requiere de una comparsa femenina para que la aventura tenga lugar. El misterio se disolvió rápidamente y ya sabemos que todo río vuelve a su cauce y que en “El reino de la calavera de cristal” (2008) el arqueólogo vuelve a quejarse de viejas heridas que sólo pueden curar los besos de Marion Ravenwood. Nombre de princesa soldado, de doncella capaz de cortarse las trenzas y destrozar su balcón a patadas si Spielberg así lo pide y si su estoico enamorado continúa manteniéndose escéptico ante la idea de ponerse tierno. La más aguerrida compañera que hasta ahora tuvo Indiana fue ideada para “En busca del arca perdida” (1981) como una recreación directa de las antiguas heroínas que, sin perder un ápice de femineidad, empleaban sus armas naturales con una consciencia que derrotaba a los hombres. Especialmente si éstos son los malos, o si no recuerden la forma en que Marion se vestía de gala y emborrachaba a Belloq (Paul Freeman) para intentar una astuta huida. Karen Allen la interpretó con el suficiente equilibrio entre el grito desvalido y el bocinazo de enojo, y parece que el tiempo no ha pasado para ella en lo referente a la jovialidad de sus poses, que dejan entrever las primeras imágenes promocionales.

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Lo curioso es que la candidata que sonó con más fuerza durante los preparativos de la primera parte de la saga fue Sean Young, que incluso dio la réplica a numerosos aspirantes al papel de Indiana durante las lecturas de los castings. No hubo suerte para ella, pero su escaso garbo, entendido como oportuna y robótica gelidez, le regaló el papel de replicante junto a Harrison Ford –con quien también terminaba huyendo, pero de manera muy distinta– en “Blade Runner” (1982). Marion fue y vuelve a ser Allen, la menos rompedora en términos estrictos de la muchachada Indy, la que perdería en un concurso de alaridos y curvas frente a las otras integrantes del grupo. Pero la que se ha ganado el privilegio de una segunda participación y quién sabe si un plan de futuro. En cierto modo, Marion es el amor ideal de Indy: demasiado parecidos como para llevarse bien y, a la vez, como para rechazar los envites fortuitos que les ofrecen sus aventuras. Sabemos que antes de ella no hubo gran cosa y que su romance con Willie Scott (Kate Capshaw), a la que conoció en “El templo maldito” (1984), concluyó al conquistar Spielberg a la chica fuera de pantalla. Primera rubia de ojos azules para Indiana, una preciosa pin-up que hace su entrada estelar luciendo el mismo nivel de palmito que de estupidez, perpetuando el tópico que tan bien funciona en la comedia.

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Si en la actualidad todavía hay quejas por parte de alguna feminista –pues en su momento hubo–, que se revise algunas escenas. Durante esta etapa de expediciones más exóticas que religiosas, lo más probable es que a Indy le pudiese el espíritu febril, de ahí la relación brusca que mantiene con Willie. Aparecen las primeras referencias sexuales explícitas y los tórtolos intercambian tantos bofetones como besos. Al contrario de lo que sucede con Marion, la atracción del protagonista por Willie es de puros opuestos –en la secuencia de apertura queda claro cuando ambos gatean por el suelo, él en busca del antídoto al veneno que se ha tomado y ella del diamante que satisfaga sus flechazos materialistas–. El personaje es simpático y adorable en su extremismo, pero… ¿se merece nuestro Indiana concluir sus días junto a una mujer de pitiminí que lo llama, en referencia a su atuendo, domador de leones? ¡Por favor! A raíz de estas pistas, empezamos a comprender el despecho que Marion siente durante “En busca del arca perdida” hacia un Indy más joven y licencioso. ¿Será su reacción la misma veinte años después? Derrocados sus romances con Willie y Marion, en “La última cruzada” (1989) se cruza en su periplo, nunca mejor dicho, otra rubia despampanante, la doctora austriaca Elsa Schneider (Alison Doody).

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Una cabellera demasiado Veronica Lake como para augurar nada bueno, a pesar de las miradas de cachorro que sabe lanzar al enamoradizo héroe. Su relación termina, literalmente, en punto muerto, quizá para aliviar la incomodidad que George Lucas sentía hacia el hecho de que Indiana y su padre (Sean Connery) se hubiesen acostado con la misma mujer. Sin embargo, hay que admitir que Elsa parecía la mujer perfecta para Indiana. Experta en conocimientos arqueológicos e históricos, siente las mismas pasiones que el protagonista, sin temor a implicarse en aventuras que destrocen su sofisticada ropa o pongan en peligro su peinado –para más inri, la actriz no demostró durante el rodaje ningún recelo hacia las ratas reales con que se trabajó en la escena de la biblioteca, al contrario del pánico de Capshaw hacia los bichos y de Allen por las serpientes–. A estos rasgos intelectuales se suma un cuerpo animal que no pasa inadvertido a ojos de Indy, que vuelve a recurrir a la estrategia del enfado-reconciliación para conquistar a la chica. Marion y Willie en una. Pero la perfección es una estatua de piedra porosa que enseguida se derrumba sin que Indiana pueda detener la catástrofe. Ya he comentado más veces que el pobre es un patoso. Con las mujeres, por muchas bazas innatas que posea, también.

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Así que el aventurero continúa impartiendo clases en solitario, al margen de una posible existencia familiar y hogareña. ¿Qué chica habría comprometido su pellejo en cada escapada? ¿Por qué no Marion, tan pizpireta como una Evelyn O’Connell? Simplemente porque Spielberg y Lucas, pensando en la línea James Bond, consideraron más oportuna la variación femenina en el reparto. Detalle que da frescura a las entregas, por lo que en su nueva película no han prescindido en absoluto de nuevas actrices. Desmentida Natalie Portman como posible hija de Indy, finalmente tendremos otra villana: Irina Spalko (Cate Blanchett). La camaleónica actriz se tiñe de negro y aprovecha sus níveas facciones para dar vida a una agente soviética que nada tiene que ver con Doodey. Astutamente, Spielberg ha recurrido a la versión opuesta antes que a la recreación, cosa que pensamos muchos al oír el fichaje de la intérprete australiana. Más cercana a la Rosa Klebb de “Desde Rusia con amor” (1963), podría ser la primera mujer asexuada e impasible ante los encantos –vale, sí, ya está mayor, pero y qué– de Harrison Ford. Por eso la dulce Marion debía volver. Porque tal vez los directores las prefieran rubias, pero Indiana Jones se queda con la morena.

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En las imágenes: Comparativa de Karen Allen en los carteles de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y de “El reino de la calavera de cristal” - Copyright © 2008 Paramount Pictures y Lucasfilm. Todos los derechos reservados. Fotogramas de Kate Capshaw en “El templo maldito” - Copyright © 1984 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotogramas de Alison Doody en “La última cruzada” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 6 Mayo 2008

Si tuviéramos que desplazarnos hacia un momento previo al universo Star Wars, ¿qué coordenada temporal sería esa? ¿Hace mucho mucho mucho tiempo…? ¿Los monos de “2001: Una odisea del espacio” (1968) danzando alrededor de una Estrella de la Muerte ferruginosa? No: estamos en una zona selvática, corren los primeros años del nazismo en el poder alemán y un arqueólogo rastrea objetos de fines ocultistas mientras se saca unas perras impartiendo clases en la universidad. Estas exóticas asociaciones rondaban la mente de George Lucas al mismo tiempo que las de su posterior saga galáctica, pero la falta de apoyos para sacar adelante la historia del aventurero priorizó la producción y rodaje de “Una nueva esperanza” (1977). Así que Indiana Jones debió ser antes de Han Solo, pero, paradójicamente, sin esta millonaria operación de marketing espacial Steven Spielberg no habría dirigido nunca su particular Star Wars –es decir, una trilogía confirmada por una recuperación tardía que se asegura la nostalgia de los fans y el dinero de las arcas–.

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Por todos es sabido que a Lucas no le gusta dirigir –sí, en serio– y que las manos de su amigo Steven eran las mejores para depositar tan preciado proyecto. Sin embargo, son Lucas y Philip Kaufman quienes trazan al personaje que pasaría a la historia, más adelante perfeccionado con los apuntes de Spielberg y la escritura definitiva de Lawrence Kasdan, guionista también de “El imperio contraataca” (1980) y “El retorno del Jedi” (1983). ¿Acaso habrá alguien que necesite de una descripción física de Indiana Jones? Al igual que otros grandes personajes de la literatura, el teatro o el cine, una simple silueta sirve para presentarlo –aunque lo analizaré en el artículo correspondiente a “En busca del arca perdida” (1981), la atípica introducción del héroe se produce en una de las escenas con su sombra recortada en una pared, un símbolo que se ha recuperado para los tráilers de “El reino de la calavera de cristal” (2008), donde la misma sombra se superpone, esta vez, sobre la carrocería de un jeep–. La cazadora de cuero envejecido, la ropa de explorador, las botas, el látigo y el sombrero –modelo “fedora“, procedente de Australia–, encubren su personalidad apasionada y altruista, pizca arrogante, lo mismo que el desaliño producto de correrías y escondites inhóspitos.

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Éste es el verdadero Indiana, y no el doctor Henry Jones Jr. que, al estilo de un Clark Kent, debe ocultarse de vez en cuando bajo un traje de tweed, pajarita, gafas pasadas de moda y diplomática raya en el pelo. Lo curioso es que ni aún así pierda la admiración de las damas. Son las feromonas, que diría su compañero Marcus (Denholm Elliott) para bajarle los humos. Indiana es un arqueólogo, un estado norteamericano y el antiguo perro de George Lucas. Empeñado en recurrir a elementos familiares para bautizar a sus personajes, consiguió mantener el nombre pero no el apellido, que evolucionó de Smith a Jones. Pasaron a apellidarse del mismo modo sus padres, Anna –a la que nunca hemos conocido, fallecida antes de la época de la primera entrega– y Henry Sr. –encarnado por Sean Connery en “La última cruzada” (1989), donde se recupera la anécdota de un perro llamado Indiana–. Hasta ahora, lo fácil, la imaginación que vuela libre mientras no hay contratos ni plazos de por medio. Los retos surgieron al plasmar el concepto sobre carne y hueso. Lucas y Kaufman se habían remitido a las ilustraciones de las portadas pulp y de viejas novelas gráficas de aventuras para esbozar los primeros diseños que mantienen un parecido casi mimético con la versión definitiva.

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Por su parte, Spielberg aireó su fervor por el cine clásico estableciendo una comparativa entre Indiana y el Humprey Bogart de “El tesoro de Sierra Madre” (1948) –con quien podría decirse que comparte tanto aspecto como destino, amén de retorno este año para el primero y 60 aniversario para el segundo–. ¿Y qué doble de Bogie circulaba por el mundillo a finales de los setenta? Para Spielberg estaba claro: Harrison Ford. Pero Lucas, un poco harto de su careto tras “American Graffiti” (1973) y “La guerra de las galaxias”, puso cara de pena a fin de abrir un abanico más exhaustivo. Como siempre hacemos, a elucubrar un poquito con las descabelladas propuestas que hubiesen estropeado –o eso me parece, pero quién sabe– uno de los iconos sexuales de los ochenta. Nick Nolte, John Shea, Tim Matheson, Nick Mancuso, Peter Coyote o Tom Selleck, en especial este último, que abandonó el papel por cumplir su compromiso con la serie de televisión “Magnum P.I.” En contrapartida, Ford ya había cultivado buena experiencia en roles descarados que le ayudarían a facilitar la imagen del personaje de cara al público. Sería exagerado admitir que era –uy, es– el mejor actor para el papel, simplemente su bonhomía consiguió compenetrarse con los requisitos del protagonista y equiparar sin segundas posibilidades rostro de intérprete y héroe.

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Algo que no sucede con otros protagonistas de sagas, como James Bond o Jack Ryan. Sin embargo, Harrison Ford no ostenta el monopolio de Indy: tanto sus múltiples dobles –Vic Armstrong, Martin Grace, Terry Leonard– como su versión juvenil –River Phoenix en “La última cruzada”– aparecen en la trilogía. A los que hay que sumar sus imberbes álter ego en la teleserie “Las aventuras del joven Indiana Jones” –emitida en la década de los noventa, aunque en un principio Lucas se planteó que su historia fuese directamente a la televisión y no al cine–: Sean Patrick y Corey Carrier, y George Hall en su versión anciana en la misma serie. Aún así, en la mente de todos se encuentra en edad madura, el más querido, el que por memoria colectiva pertenece a todos –excepto a los Hombres G–. ¿Y quién es más padre biológico de Indy? Su fobia representativa, las serpientes, no es compartida por Harrison ni por Spielberg, sí por Lucas. ¿Hacen falta más coincidencias…?

En las imágenes: En primer, tercer y cuarto lugar, fotografía de rodaje, ilustración y pruebas de Tim Matheson y Tom Selleck extraídas de “Indiana Jones: Cómo se hizo la trilogía” - Copyright © 2003 Lucasfilm Ltd. Todos los derechos reservados. En segundo lugar, sombras de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y el tráiler de “El reino de la calavera de cristal” - Copyright © 2008 Paramount Pictures, Lucasfilm, Amblin Entertainment y Santo Domingo Film & Music Video. Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Mayo 2008

Mayo arranca con todos los preparativos para recibir con los brazos abiertos a Indiana Jones –aunque sólo sea para consolarlo del tortazo que puede meterse tras tan ¿prescindible? regreso… Rezamos porque no sea así, el nuevo tráiler pinta bien y en breve repasaremos aquí sus aventuras previas para refrescar la memoria y curarnos de escepticismo–. Sea una de las jugadas maestras de George Lucas o no, el caso es que eso de vender una película sin que el éxito o batacazo de su estreno importe lo más mínimo ya viene de lejos. Si “La guerra de las galaxias” (1977) inauguró la repudiada vertiente de producciones-vende-muñecos –pero ya quisiéramos nadar en la pasta de Lucas, y emplearla en retocarse la papada, que ya toca…–, en cuanto una nueva oportunidad se presentase el magnate, éste no iba a dejarla de lado. Y porque la rodó antes, que si no ahora algún coleccionista tendría en sus estanterías los coches de “American Graffiti” (1973). Yo me pido el camioneto de Harrison Ford.

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Podría decirse que Spielberg ostenta la paternidad suprema de Indy, pero su amigo Lucas le tendió una mano presta en esto del merchandising –como comentaba hace poco mi compañera Tònia, la clave para hacer picar a los fans–. Por eso, antes de reeditar dvd’s, fabricar Lego® –que también articularon a la saga “Star Wars”– y demás objetos con logos reconocibles de “El reino de la calavera de cristal” (2008), deberían recuperarse los juguetes que han acompañado a la trilogía. En empireonline ofrecen una galería bastante curiosa de los productos que hicieron dinero con “En busca del arca perdida” (1981), “El templo maldito” (1984) y “La última cruzada” (1989), desde los típicos muñecos articulados –no se pierdan el Ken-Indy, ideal para hacérselas pasar canutas a Barbie, a lo Kate Capshaw– hasta juegos de mesa, pinballs, peluches y… ¡un Mr. Potato! Tendrían que inventar unos Reyes Magos sólo para cinéfilos. Al igual que Cary Grant, me siento rejuvenecer. A calentar motores como Shia LaBeouf imitando a Marlon Brando en “Salvaje” (1953).

En la imagen: Muestras del merchandising de Indiana Jones - Copyright © 2008 Empireonline. Todos los derechos reservados.

Martes 29 Abril 2008

Qué bonito: un balcón ornado de guirnaldas en medio de un jardincillo silencioso, donde el sol vespertino arranca brillos de unas ventanas ojivales, todo tan colorido a costa del technicolor que resulta imposible distinguir si es un plató real o un mal sueño. Hasta que de un lado y otro hacen su entrada el galán y la dama, y ahora sí que es tarea ardua fijarse en sus diálogos y creerse sus besuqueos… Pero, ¿en la Edad Media ya se fabricaban pelucas? Por supuesto, un accesorio usual de épocas tan pretéritas como la faraónica, pero estos dos amantes no son Marco Antonio y Cleopatra y una productora ha invertido sumas considerables en el departamento de peluquería para que parezcan unos bien parecidos nobles del medioevo. Lo de creíbles dejémoslo aparte, porque vaya tela –y pelo– que se traían los figurinistas a la hora de recrear esa aristocracia de Playmobil. Si Ricardo Corazón de León levantara la cabeza… –la de Sean Connery, faltaba más–. No voy a negarle encanto a las viejas películas medievales, en gran parte responsables de una aficción por la aventura sembrada durante generaciones y que hacían cercanos, posibles y palpables esos castillos sin rastro de musgo y humedades, poblados de tan bellos cortesanos que, claro, los muros no necesitaban de ornamento alguno.

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Y lo que el estudio se ahorraba en atrezo lo gastaba en peluqueros más inspirados en sir Walter Scott e ilustraciones de pintores románticos que en tratados históricos. Porque, lo digo desde ya, a veces los peinados anulan todo el efecto mágico de trasladarse mediante imágenes a otro tiempo. A cambio, unas risas. Una reacción parecida, entre la compasión y la vergüenza ajena, me sigue provocando Robert Wagner cada vez que en algún medio o página impresa me asalta un fotograma de “El príncipe Valiente” (1954). Fiel al diseño de las viñetas de Foster, el director Henry Hathaway permitió que el más horrible corte de pelo jamás inventado –por Estados Unidos lo llaman page boy hair cut– ondease sobre la cabeza del protagonista durante toda la película. Cierto es que no había alternativa sin traicionar la esencia del cómic originario, pero o el equipo tenía muy mal gusto o sabía aguantar la risa con asombrosa profesionalidad. El pobre Wagner perdió toda la virilidad en el camerino de peluquería, aunque se dejase fotografiar más orgulloso que Sansón con su melena.

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Tal vez estaba más pendiente de su compañera de reparto, Janet Leigh, tocada con un recogido trenzado que no le va a la zaga en cursilería. Barbie Princesa Cautiva, con moños postizos intercambiables. Las estampas promocionales de la pareja sólo pueden definirse con una palabra: antilujuria. No está recogida por la RAE, pero no saben lo explícita y útil que puede llegar a ser. Y como la dama tropieza siempre dos veces con el mismo vestido, Leigh volvió a dar el susto con “Coraza negra”, de Rudolph Maté, estrenada también en 1954. De su partenaire y marido Tony Curtis mejor ahorro la descripción para no alimentar pesadillas nocturnas. Bien es sabido que, por suerte para ella, su carrera fue al alza –austera en “Los vikingos” (1958), antes de los recortes de pelo que centrasen la atención en su “busto de acero”–, pero lo sorprendente es que Wagner se recuperase del trauma, aunque no tanto como para pulir la aureola de cotizado gigoló que estropeó su peluca entre príncipe de Beckelar y sketch de Muchachada. Mala suerte, porque otros habían lucido antes la melenita sin tanto escándalo, como Errol Flynn en “Robin de los bosques” (1938), y también después, como Luc Simon en “Lancelot du Lac” (1974).

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Ambos, a pesar de ese estilismo de maniquí, parecían dar vida al trazo infantil y utópico de los tapices, al contrario de nuevas películas que optan por el barro, la piedra amorfa y la pelambrera, como el “Robin Hood, príncipe de los ladrones” (1991) de Kevin Costner, quien para facilitar las cosas se dejó el mismo peinado que en “Bailando con lobos” (1990) –quizá a algunos convenza menos aún la modernidad y juventud en los rostros de la serie “Robin Hood” de la BBC–. En cuanto a las nuevas versiones de Lanzarote, del Richard Gere de “El primer caballero” (1995) hagamos como con Curtis, mutis por el foro. Y hablando de ladrones y caballeros, parece que no todos se han cuidado de brindarles presumidas damiselas. Desde las alegres trenzas de la Marian de Olivia de Havilland, una inexplicable tendencia ha coronado con eléctricos rizos a casi todas sus sucesoras: Mary Elizabeth Mastrantonio junto a Costner o Amy Yasbeck en “Las locas, locas aventuras de Robin Hood” (1993), doncellas que cada vez cuidan menos de su estilista aunque sus enamorados no lo noten.

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A la reina Ginebra le ocurre tres cuartos de los mismo, incumpliendo la máxima de que la mujer del césar no sólo ha de serlo, sino parecerlo. Más rizos locos para Cherie Lunghi en “Excalibur” (1981) frente al recato de Vanessa Redgrave en “Camelot” (1967) o Ava Gardner en “Los caballeros del rey Arturo” (1953) –donde hacían más gracia los ricitos de Mel Ferrer–. Pero es que Richard Thorpe, director de esta última cinta, era un experto en salones aterciopelados, torneos sin sangre y princesas perfectas. Sólo él pudo plantear el dilema de escoger entre Elizabeth Taylor y Joan Fontaine en “Ivanhoe” (1952), aunque las cabelleras de las dos señoritas compitiesen en artificiosidad con la perilla y las cejas puntiagudas de Robert Taylor. Para qué engañarnos: la realidad no siempre interesa dentro de la pantalla, menos en un contexto que, incluso aristocrático, sólo conocía la palangana y el cepillo de cedras duras. Además, ¿quién dijo que ir echo unos zorros y Edad Media no fuesen compatibles? “Robin Hood” (1973) permanece en la memoria junto a los demás clásicos mencionados y, lo mejor, sin que Disney soltase un duro para peluqueros.

En las imágenes: Fotogramas de “Camelot” - Copyright  © 1967 Warner Brothers/Seven Arts. Todos los derechos reservados. “El príncipe Valiente” - Copyright © 1954 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. “Coraza negra” - Copyright © 1954 Universal International Pictures (UI). Todos los derechos reservados. “Robin de los bosques” - Copyright © 1938 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Lancelot du Lac” - Copyright © 1974 Compagnie Française de Distribution Cinématographique (CFDC), Gerico Sound, Laser Films, Mara Films y Office de Radiodiffusion Télévision Française (ORTF). Todos los derechos reservados. “El primer caballero” - Copyright © 1995 Columbia Pictures Corporation y First Knight Productions. Todos los derechos reservados. “Robin Hood, príncipe de los ladrones” - Copyright © 1991 Morgan Creek Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Las locas, locas aventuras de Robin Hood” - Copyright © 1993 Brooksfilms y Société des Etablissements L. Gaumont. Todos los derechos reservados. “Ivanhoe” - Copyright © 1952 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.