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Miércoles 17 Septiembre 2008

No cabe duda de que en los últimos años el fenómeno Barcelona se ha extendido por la literatura de nuestro país y que, como desearía Mediapro a raíz de “Vicky Cristina Barcelona” (2008), podría convertirse en uno de los escenarios más reclamados por las producciones y coproducciones internacionales. Sin embargo, lo más criticado del nuevo Woody Allen es ese manierismo que sustituye la mirada única de un director por la de cualquier ciudadano que pretende reconocer aquello que vio en su visita o aquellos enclaves imprescindibles en un recorrido de manual ilustrado a los que acudirá cuando se anime un fin de semana y el cine otorgue nuevos dividendos al turismo. Es difícil, en todo caso, que una vez contratado el escenario con vistas a una proyección mundial y bajo un nombre rutilante la cámara no le otorgue el protagonismo solicitado por las partes interesadas. Para qué rodar en unas callejuelas minoritarias que podrían ser de aquí o de Viena si podemos hacer que Scarlett Johansson salte de La Pedrera al Tibidabo, en su fácil papel de extranjera. Ni siquiera estoy segura de que el objetivo principal se haya conseguido, pues la Johansson y otros asuntos morbosos colaterales se han cobrado todo el crédito y los titulares frente al fondo barcelonés.

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Pero para resarcir y completar las estampas de Allen disponemos de otros títulos que, en mayor o menor medida de escenas, han recurrido a la ciudad condal para ubicar sus historias. Comenzando por nuestro cine patrio, como “El embrujo de Shanghai” (2002), con una Barcelona de época tamizada por la memoria de Juan Marsé, o “Todo sobre mi madre” (1999), donde Almodóvar emigra junto a Manuela (Cecilia Roth) desde Madrid y se distinguen enclaves tan paradigmáticos como la Sagrada Familia o el Monumento a Colón frente a otros menos reconocibles, como el Hospital del Mar o la Plaza del Duque de Medinaceli. Atrás en el tiempo se encuentran películas más desapercibidas como “La calle sin sol” (1948), basada en una obra del dramaturgo Miguel Mihura, la histórica “La ciudad quemada” (1976), de Antoni Ribas, “Si te dicen que caí” (1989), de Vicente Aranda, la teleserie “La forja de un rebelde” y “La ciudad de los prodigios” (1999), ambas de Mario Camus, junto a la ingente cantidad de materiales documentales que registran la historia de Cataluña y los acontecimientos de posguerra, y que ofrecen las imágenes más fieles y retrospectivas de todo el conjunto, si bien de nulo interés para las ventas visuales que hoy quieren hacerse de la ciudad. Leer más >>

Domingo 8 Junio 2008

John Hurt alecciona al candoroso Elijah Wood acerca del clásico axioma que vincula el aleteo de una mariposa con el nacimiento de un huracán en el otro lado del mundo. Discurso agresivo que forma parte del primer tramo de “Los crímenes de Oxford” (2007), esa película anti-matemáticas, como “La habitación de Fermat” (2007), que la próxima semana disfruta de un lanzamiento de lujo en dvd. La anécdota de apertura no es insustancial, ni para la susodicha historia ni para trazar el perfil del director, Álex de la Iglesia, más conocido por sus profesores en la Universidad de Deusto, en Bilbao, como Alejandro de la Iglesia Mendoza. No sería el primero, pero desde luego puso de moda y alzó a categoría respetable al estudiante que hace vida en la cafetería y acumula ideas creativas entre partida de mus y charla cinéfaga. Un viento rotando en círculo, como el de un friki incomprendido por la gran masa de la intelectualidad universitaria, y que acumula dentro su adoración por los cómics, la serie B y la estética sangrienta, juguetona e indolora, al estilo de las producciones que aprovechaban los restos del staff hollywoodiense. Hoy a su vez material desechable para mundos viejunos.

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Rancio parecía también el panorama cinematográfico español, sumido en peleas políticas y recuperaciones históricas que alimentaron las razones por las que ahora muchos jóvenes rechazan el cine patrio. Por allí pululaba Almodóvar, trastocando el significado de lo castizo, término que interesaría a de la Iglesia desde una óptica especial, extranjera. Algo que nadie debe confundir con otros realizadores que, por beber de universos ajenos, han terminado también por firmar películas ajenas, flotantes en un limbo sin personalidad. No hace falta pronunciar sus nombres, pues están en boca de todos. Unos créditos añejos y malgastados, de rótulos monumentalistas, introducen a “Mirindas asesinas” (1991), el primer y único corto que rueda el director junto a su coguionista habitual, Jorge Guerricaechevarría. Lo corriente de un bar, de un par de copas y de unos anodinos clientes se transforma en una matanza de elevadas dosis paródicas, razón de su éxito en un país nada acostumbrado a reírse de sí mismo. Álex de la Iglesia huye de los extremos, aunque pudiese parecer lo contrario, no gusta del acartonamiento formal ni de la humillación como remedio, abre la auténtica tercera vía en una industria que ofrece al público productos grises, en los que nadie quiere verse reflejado. Leer más >>

Viernes 11 Abril 2008

“Viridiana” (1961) podría ser una respuesta virulenta al costumbrismo de “Plácido” (1961) –si es que la crítica solapada a la crítica no se anula a sí misma–. Luis Buñuel afirmaba que los pobres debían albergar maldad a la fuerza, puesto que su miseria les mueve a codiciar y violar lo ajeno. La contundencia que un Berlanga puede ofrecer al alejar la cámara de los gritos angustiados de la clase baja se opone a la proximidad dolorosa y nauseabunda de la panda de mendigos que Buñuel reúne en una casa de campo. La lectura social, siempre tan extendida, pierde importancia entre la imprecisión de las categorías a las que se amoldan los personajes: la ex-novicia Viridiana (Silvia Pinal) redime una falsa culpa para acabar manchándose de ella, el señorito Jorge (Francisco Rabal) airea maneras y costumbres de burgués tosco y arribista, y los pobres comen y duermen bajo techo de ambos –con caras conocidas como María Isbert–, sin conocer ni reconocer el beneplácito de la gratitud o la urgencia de reforma moral.

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En el campo, mientras los nuevos emprendedores urbanos llegan con sus piquetas y proyectos eléctricos, el hombre y mujer arquetipos afianzan su puesto tradicional, su lenguaje, sus modales, sus ropas, su absoluto desprecio por lo sentimental frente a la supervivencia del impulso básico. La mirada desengañada de Buñuel sobre la de Berlanga, humor pícaro sobre humor amargo, fetichistas de pro y efecto –Don Jaime (Fernando Rey), al probarse uno de los zapatos de su esposa muerta, como imagen refleja del director de “El verdugo” (1963), confeso amante del tacón de aguja–. La visión se vuelve, pues, más cinematográfica y bromista que social o religiosa, única clave para las interpretaciones situacionistas de la película, su más llamativo pero no único rasgo –calificada de blasfema, tropezón del sistema censor, a costa de la jugarreta de Buñuel consistente en vestir de novia a una monja y dejar que su tío semi-abuse de ella, además de la estampa paródica de “La última cena” de Da Vinci, más interesante que todos los Dan Brown o Javier Sierra juntos–.

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Como ocurre en la filmografía al completo del cineasta de Calanda, “Viridiana” tiene más de juego inexplicable y de residuos surrealistas –un ovillo ardiendo en la chimenea, una res bautizada con leche, una mano mordida, una abeja a punto de ahogarse–, algunos tan famosos y provocadores como las ubres de la vaca o el crucifijo-navaja que provocó las más airadas protestas de los seculares, a pesar de que el objeto era real y adquirido en Albacete, para más señas –no lo usen para partir carne en tiempo de Cuaresma, si pasan por allí y deciden comprarlo como souvenir cinéfilo–. Prueba más de que los cimientos de Buñuel transforman la realidad en ensueño imposible, divertido y sombrío. El rechazo visceral en su estreno no podía ser más lógico, a pesar de la hipocresía de quienes tampoco querían escuchar la voz de “Plácido” ni reconocerse en las obsesiones y gustos retorcidos de “Viridiana” –la misma falsedad que aún hoy colea y ha provocado, por ejemplo, la desaprobación por cierta escena del episodio piloto de “Californication”–. No entendían la falta de seriedad de la propuesta, la broma de colgar al rico con una cuerda de comba infantil. Por desgracia, todos sus herederos se pusieron a hablar en serio y ahora ya nadie juega.

En las imágenes: Fotogramas de “Viridiana” - Copyright © 1961 Films 59, Gustavo Alatriste y Unión Industrial Cinematográfica (UNINCI). Todos los derechos reservados.

Miércoles 26 Marzo 2008

No te hipoteques a lo loco. Ten en cuenta que un sueño materializado en un inmueble o sobre cuatro ruedas puede derrumbarse o salir disparado y atropellar a alguien. No tientes a la policía –y mantén el debido respeto ante el tricornio–. No juegues con venenos. Nunca digas de esta profesión no viviré. De lo que se come se cría, y de quienes te acompañen a –y tras– el banquete se desprenderán tus buenas o malas costumbres. Sienta a un pobre en tu mesa cuando lo mejor de la sociedad esté mirando. Planifica los momentazos de tu vida –léase boda, vacaciones playeras o fiestas navideñas– como te plazca, ellos se encargarán de que no los olvides nunca –y no por los motivos previstos–. Escucha al maestro, créete sus patrañas en forma de espiral mientras tu imaginación lo permita. No tires piedras a tu propio tejado. No sustituyas el amor por una muñeca hinchable. Procura llegar a los andenes antes de que el tren se haya marchado. Ríete del niño Vicente, cántale a la luna lunera, recuerda el olor marino de un viejo delantal de señora.

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Vístete de bandera y alza el brazo para retar a los que nunca, por fortuna, tocarás. Vigila esta naturaleza desbocada, que los bosques se animen por luces tan inofensivas como un fuego adolescente. No te pongas delante de un par de cuernos, ni empuñes la escopeta si no vas a avisar antes, pim, pam, pum, y te dispones a cazar señoritos. Guarda tu memoria como el mayor de los tesoros, y olvida las palabras, los negocios y los rápidos ofrecimientos ajenos. Vive como si hoy, mañana o pasado mañana esto se fuera al garete. Así de rápido, de inexplicable. Porque los consejos que Rafael Azcona volcó en sus guiones se esfumarán del mismo modo, aunque no fuesen consejos estrictos, sino cachetes cálidos, de los que dejan un hormigueo en la zona afectada. No lo conocí, sólo puedo hablar desde sus películas, las que continúan hormigueándome a pesar de la triste noticia de ayer, aunque ahora el picor se haya quedado huérfano. Sus líneas continuarán intercambiando malévolas risas, adquiriendo entidad de refranero, apagándose el nombre del autor y, con él, la esperanza vestida de negro.

En la imagen: Detalle de un fotograma de “La lengua de las mariposas” - Copyright © Canal+ España, Los Producciones del Escorpion, Sociedad General de Televisión S.A. (Sogetel), Televisión Española (TVE) y Televisión de Galicia (TVG) S.A. Todos los derechos reservados.

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Viernes 15 Febrero 2008

Ahora que estamos en pleno auge de títulos metafóricos y directamente alusivos a la esencia del cine, o a las mil interpretaciones que se pueden sustraer de ella, podríamos recuperar la imagen del pozo como forma de acercamiento cinematográfico. Ver una película equivale a una implicación siempre de matices morbosos y abusivos, la defensa de un derecho no escrito a conocer historias ajenas. Asomarse al círculo de piedra con una sensación de vértigo mayor o menor, según sea la profundidad de la hendidura y del material rodado; cuanto más eficiente y mejor construido, más clara la existencia de un reflejo en el fondo, deformado o cristalino. Un poeta de las miradas como Víctor Erice sabe que el cine, visto en la sala en relación abajo-arriba, supone en cada uno bajar la vista hacia indescifrables abismos. Y lo mejor es la inconsciencia del espectador sobre la manera en que observa atrapado, incluso después de la proyección, pues existen películas de las que resulta fácil salir y otras en las que una imagen lo constriñe por horas, días o décadas, aun sin percatarse de la oquedad de paredes lisas en la que permanece. Nunca es tarde ni demasiado pronto para lanzarse al primer pozo, como lo hace Ana (Ana Torrent), la pequeña curiosa de la vida –que contempla a modo de fotogramas imaginativos– en “El espíritu de la colmena” (1973).

 

Acostumbrada a mirar las cosas desde abajo, no le asusta el gigantismo de Frankenstein en la cinta homónima de James Whale que proyectan en el cine de barrio de su pueblo. En una época de monstruos desapercibidos que gobiernan la posguerra española, Ana encuentra en Frankenstein una criatura a la que comprender, balbuceos amorfos que podrían ayudarla a entender el educado silencio en que vive su padre (Fernando Fernán Gomez), con que la reprende su hermana Isabel (Isabel Tellería), en el cual se esconden todos los seres buenos asustados por los lobos. Una simple y ritual sesión de cine se convierte en la llave a una relectura de lo cotidiano, y la diminuta, inocente y primeriza Ana se asoma sin miedo al pozo en su afán por hallar al Monstruo, al espíritu guardián de todas las abejas que la colmena franquista aplastó una a una. La fantasía y la realidad empezaron a entremezclarse en aquella sala oscura, después en los encuadres de Erice y, por último, en la identificación del espectador con Ana, símbolo de un amor y confianza en el cine que siempre se estará reflejando sobre todas las imágenes hexagonales y vacuas de este mundo.

En la imagen: Fotograma de “El espíritu de la colmena” - Copyright © Elías Querejeta Producciones Cinematográficas S.L. Todos los derechos reservados.

Lunes 21 Enero 2008

Producto berlanguiano químicamente puro: bajo una superficie engañosa, compuesta de un tráfago un tanto caótico de personajes —que entran y salen de escena de manera que, en ocasiones, puede parecer desordenada— y una sucesión ininterrumpida de gags en los que un poso de amargura no permite arrancar algo más allá de una sonrisilla nerviosa, corre por el celuloide de un filme como Plácido” la dosis de veneno suficiente como para inmovilizar a una manada de elefantes.

La denuncia de una moral nacional-catolicista que divide al país entre pobres y ricos (sin que por ello podamos apreciar que los unos son mejores que los otros, o viceversa: la miseria ética lo invade todo) y el retrato descarnado de una España que, fielmente representada por ese pueblo imaginario que bien puede ser cualquiera de los de nuestra geografía, aún dista mucho de haberse elevado a un mínimo nivel de dignidad material, desde las ruinas dejadas por la conflagración incívica de finales de los años 30, son los ejes vertebradores de este vitriólico producto en el que la ternura que tiñe a algunos de sus personajes no sirve más que para desazonarnos aún algo más de lo que estamos habituados a soportar. Y desde tales ejes vertebradores, al igual que al despliegue de una historia trenzada con precisión de orfebre, minucioso y detallista —aun en apariencia tan abigarrada y tendente al disparate—, también asistimos a un ejercicio actoral de primerísimo orden, a cargo de una batería de intérpretes que, sabiamente dirigidos por el maestro Berlanga, nos hacen entender, de manera clara, por qué en nuestro país, la cantera cómica siempre ha sido feraz, inagotable.

Desde su protagonista, Cassen, un genial Casto Sendra, que, proveniente del mundo del humor vodevilesco, demostraba su capacidad para enhebrar un personaje de engañosa sencillez con un aplomo magistral, hasta una interminable nómina de secundarios, encabezados por el sin par José Luis López Vázquez, que hacen de “Plácido” una experiencia de auténtico gourmet para todo aquel que entienda que el cine, más allá de cuestiones técnicas y narrativas, es, fundamentalmente y además de éstas, un asunto de artistas, especialistas del noble oficio de la encarnación impostada. Los que hacen de este filme berlanguiano, junto a sus creadores, una obra que, aún a día de hoy, casi cuarenta años después de su estreno, sigue siendo una auténtica lección de cine. Y un ejercicio de diversión asegurada. También. ¿Hay quién dé más…?

En las imágenes: Fotogramas de “Plácido” - Copyright © 1961 Jet Films, S.A. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Noviembre 2007

Nunca me han gustado las necrológicas porque parecen recoger en un suspiro de último minuto los parabienes de alguien que acaba de irse. Hoy se abre un duelo artístico por Fernando Fernán-Gómez, hombre del cine que no necesita de presentación para los no iniciados ni de un recordatorio de sus méritos para los más cinéfilos. Conocido por su malhumor, su fuerte opinión, sus gritos a la prensa, sus ¡A la mierda! y ¡No lo sé!, este actor-director-guionista se había convertido ya en un monumento de sí mismo. Los matices que desprendía en cada papel revelaban una vuelta de tuerca en los prejuicios del público, un aura entrañable que yo prefiero recordar no en esas famosas frases, sino en “La lengua de las mariposas” (1999), “Todo sobre mi madre” (1999) o “En la ciudad sin límites” (2001).

 

Porque decía las cosas a su modo, pero defendía y cultivaba una integridad profesional admirable, y sin él no se entenderían joyas como “El espíritu de la colmena” (1973), ni habrían surgido caminos como el de “El viaje a ninguna parte” (1986). Hasta metiendo la pata — “Lázaro de Tormes” (2000), “El abuelo” (1998)… “Pierna creciente, falda menguante” (1970)– salía con la cabeza alta. Palabras huecas para lo que de verdad importa: una parcela de cine español que siempre será suya y que no se cierra, permanece con nosotros. Para mí, un milenario y gigantesco árbol que se veía enfermar sin remedio, hasta que hoy se ha caído, dejándonos una tierra sobre la que, mantengamos la esperanza, nacerán nuevos brotes.

En la imagen: Fernando Fernán-Gómez en su última aparición cinematográfica en “Mia Sarah” - Copyright © 2006 Castelao Productions, Formato Producciones y TVG. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

Martes 20 Noviembre 2007

La semana pasada se celebraba en la Academia de Cine un homenaje a Luis G. Berlanga, inaugurado con la popular cancioncilla de “¡Bienvenido, Míster Marshall!” (1953), cuyo 55 aniversario celebramos este año. No sé si era la mejor opción para loar a la película y parece un tanto irónico que se conmemorase tan espléndida obra con el himno de su propio desencanto. En cualquier caso, lo que no entraba en discusión era el motivo en sí: los aplausos contundentes a un cineasta que supo imprimir personalidad a los bozales de la posguerra y a la trémula cinematografía española. No pudo asistir, porque Míster Cagada está mayor y achacoso, pero su filmografía es suficiente testimonio del humor negro y el pesimismo que siempre le han dado un carácter ambivalente. Cuando hace tiempo tuve la oportunidad de escucharlo en persona, me pareció frágil y derrotista, pero armado por una lucidez despreocupada, tendente a la autocrítica, que hacían inevitables esas posturas ante la vida.

 

Y también ante su cine, cuyo visionado rehúye y en el que entremezcla anécdotas con medias verdades para construir al mito y al personaje antes que al director accesible. Sólo por “Plácido” (1961) –véanla estas navidades antes de “¡Qué bello es vivir!” (1946), no se les vayan a amargar las fiestas–, “El verdugo”, el susodicho Marshall, “La escopeta nacional” (1978), “Novio a la vista” (1954) o “Esa pareja feliz” (1953) se merece todos los abrazos que impediría su mal genio. Habría que agradecerles también a Rafael Azcona y al difunto Juan Antonio Bardem, artífices de unos guiones que nos colocaban la vida en plano secuencia y la sordidez e hipocresía en plano detalle. Un cine que se nos va, o ya se nos fue, pero que debemos retener como yo retuve el apretón de manos del señor Berlanga, quien me despidió con un guiño en el que brillaba la idea de que nada, ni él ni su cine, debe tomarse demasiado en serio.

En la imagen: Fotograma de “¡Bienvenido, Míster Marshall!” - Copyright © 1953 Unión Industrial Cinematográfica (UNINCI). Todos los derechos reservados.