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Jueves 8 Mayo 2008

Tras largas penurias sobre papel, al fin el personaje de Indiana Jones va a convertirse en lo que es: un arquetipo. O arquetipazo, si se me permite el chiste fácil, pues su simple imagen bastaría para definir el tono de la saga y reactivar el vínculo con los espectadores –y espectadoras, pero no lo digo por hacerme la políticamente correcta, sino porque en este caso mencionarlo conlleva especial relevancia–. Spielberg estaba finiquitando trabajos menos considerados por el sistema –dirigir “1941″ (1979), producir “Frenos rotos, coches locos” (1980) e incluso aparecer brevemente en “Granujas a todo ritmo” (1980)– y Lucas parecía muy ocupado preparando la continuación del inesperado –al menos para tipos como Brian De Palma– éxito Star Wars. A pesar de sus apretadas agendas, o quizá precisamente por ello, ambos encontraron ganas y tiempo para lanzar las aventuras de Indy al celuloide, con el respaldo de la Paramount y una aparente libertad creativa. Fue el propio Spielberg quien propuso que “En busca del arca perdida” (1981) arrancase con el encadenado del logotipo de la antigua major y una montaña real encontrada en la localización donde se grabó el prólogo.

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Pero antes de ese momento, de ese minúsculo juego de transparencias y del visionado cronológico de las escenas, precedió un ingente esfuerzo de equipos y montones de dólares, según la tendencia de las modernas superproducciones que Spielberg había inaugurado con “Tiburón” (1975). Ya tenían al héroe, ¿cuál debería ser el reto apropiado? Bien es sabido que éste es el punto más conflictivo de sus aventuras, pues durante los años de preparación del retorno de Indiana Jones se especuló largo y tendido sobre el objeto arqueológico en liza, el MacGuffin: el porqué de las peleas, las persecuciones, los reencuentros y las pruebas. Podría ser que a Philip Kaufman se le ocurriese la idea del Arca de la Alianza por ciencia infusa, pero resulta muy sospechoso que un arqueólogo real, Vendyl Jones, ya fuese tomado por loco en los círculos científicos de los ochenta por perseguir en el desierto de Judea el arca que encierra los diez mandamientos –«la radio para hablar con Dios», como se la define en uno de los diálogos–. Huelga decir que este hombre aún no la ha encontrado, pero sigue en su empeño.

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Indiana, más joven y apuesto, siempre favorecido por una lógica aplastante, la hallaría no en Israel, sino en Egipto, la primera ambientación para nuestro querido personaje –aunque el rodaje se efectuó en Túnez, donde Lucas ya había ubicado algunos pasajes de “Una nueva esperanza” (1977), con la que esta cinta mantiene una unión robótica… El jeroglífico con R2-D2 y C3PO–. Un hombre con látigo enfrentándose a secuaces de Adolf Hitler por la posesión de una caja mítica y sobrenatural. Supongo que durante el speech los mandamases de la Paramount lo escucharon de una manera más suavizada… Nosotros, sin grandes inversiones ni deudas de por medio, nos creemos con alegría lo que venga. Por ejemplo, basándose en el cómic “The seven cities of Cibola” (1954) de Carl Barks, y que tenía por protagonistas al tío Gilito y sobrinos, una caverna de Sudamérica –adonde ahora, en “El reino de la calavera de cristal” (2008), regresa Indy– que atesora una estatuilla precolombina de oro macizo. Y para apropiársela, el doctor Jones, ayudado por un debutante Alfred Molina y enfrentado a su colega Belloq (Paul Freeman), a lo Sherlock y Moriarty. Una intensa secuencia que acumula todas las pistas para entrar o no en la complicidad que requiere una historia narrada con ritmo moderno y que rinde tributo a hallazgos clásicos.

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¿Por qué habríamos de identificarnos con Indiana Jones? No es un héroe al uso: se equivoca en sus cálculos, se confía hasta el punto de parecer ingenuo, se tropieza, escapa por los pelos de una enorme esfera rodante –la fibra de vidrio sustituye a la era del cartón-piedra– y su arma más poderosa no la lleva colgada de la cintura –vale, otro chiste fácil–, sino más abajo: sus piernas. Salir por patas es la especialidad de Indy, aunque a veces no le quede otra en determinadas situaciones –el plano en que corre frente a una manada de indios como precedente de “Parque Jurásico” (1993) y otras copias menos originales, “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto” (2006)–. La estructura de la película, pues, no se acomoda a lo convencional. Introduce al aventurero en una escena de máxima tensión para después relajar el ritmo con su faceta de soporífero profesor y largas conversaciones entre esqueletos y pizarras. Cualquier otro habría apostado por el factor sorpresa, hacer que el espectador se preguntase qué tiene de interesante un doctor universitario hasta que, magia potagia, se revela su lado explorador. La apuesta del guión de Lawrence Kasdan, aparte de constituir un soplo de aire fresco, obliga al público a encontrar interesantes esas escenas que, de la otra manera, habrían perdido enseguida la atención.

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Sin deshincharse, en pocos minutos se introduce al personaje y las señas de identidad: las amenazas arqueológicas –siempre hay trampas en los lugares que visita– o animales –empezando por tarántulas para obviar la fobia de Indy y que parezca más impasible– y los mapas que sirven de nexo entre cambios de escena. ¿Falta algo? Claro, la chica. Marion Ravenwood (Karen Allen) tampoco tiene una presentación típica: un concurso de chupitos en un garito perdido del Nepal y que ella gana frente a un orondo nativo. Este truco, además, le servirá para salvar el pellejo en una escena posterior. Casi al mismo tiempo aparece el silencioso enemigo: Toht –Ronald Lacey, aunque se barajó a Klaus Kinski–, un nazi de aspecto y gritos histéricos muy similar al Christopher Lloyd de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), incluso en su forma de descomponerse. Para nazi original, el mono, adiestrado para imitar el saludo fascista aunque en principio parezca la adorable mascota de Sallah (John Rhys-Davies), papel que Spielberg había reservado a Danny DeVito. Si el director comparaba a Indy con Humphrey Bogart, a Marion con Irene Dunne y Carole Lombard, y a Toht con Edward G. Robinson, “En busca del arca perdida” podría ser la versión mamporrera de “Cayo Largo” (1948), sobre todo en la ya mencionada escena del bar nepalí.

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Aún así, la película no necesita referencias de nombres prestigiosos para demostrar su humor, suspense y encanto. La estrategia de Indy malherido para conseguir un beso de Marion, el transporte de ésta en cesto, la sobada anécdota del disparo que Indiana propina a un beduino porque Harrison Ford padecía gastrointeritis y quería acabar cuanto antes la escena, los no menos míticos homenajes a “La diligencia” (1939) y el final a “Ciudadano Kane” (1941), el cara a cara de Indy y una cobra –separados por un cristal de precaución–, los espectros del arca –muñecos grabados bajo el agua–, y algunos detalles gore que ríete tú de “El templo maldito” (1984). Al igual que la música de John Williams, las piezas se van uniendo hasta su apogeo, sin defraudar la expectativa. Fórmula que, de desgastarse, lo haría sólo por culpa del personaje, una de cuyas frases en esta primera entrega podría hacerse extensible a los achaques de su regreso: «Son los años… Es el rodaje».

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En las imágenes: En primer y segundo lugar, fotografía de rodaje y detalle de “Indiana Jones: Cómo se hizo la trilogía” - Copyright © 2003 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. En las siguientes, fotogramas de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Lunes 24 Diciembre 2007

Como si no tuvieran poco en inmiscuirse el resto del año en los planes ociosos de la población estadounidense, las majors de la Era Dorada aprovechaban su mejor material para felicitar las fiestas. Porque sus actores y actrices en nómina estaban sujetos a la misma disponibilidad que un árbol de plástico o unas luces intermitentes: por ejemplo, la pobre Vera Ellen (en la foto)  luciendo piernas con un ridículo traje de asistenta de Santa Claus y otros complementos sobrantes del stuff de cualquier producción de la época –y menos mal que allí no gastan zambomba–. Una forma –un tanto degradante, pero forma al fin y al cabo– de mostrar las nuevas adquisiciones de cara al año que comienza, aunque muchas de estas estrellitas se quedasen en eso, adornos en la copa de un abeto esquinado en el sótano de algún plató. Al gran estudio le convenía ofrecer su imagen más familiar, buenrollista y acogedora a través de los rostros guapos que más dinero habían recolectado a lo largo del año.  

 

Colocando espumillón, asomándose a coronas de muérdago, posando junto a renos de pega o simulando volar en trineo, con fondo nevado o ambiente casero, en solitario, pareja ideal o familia perfecta… Una estampa fotográfica que parecía recordar al público los miles –bueno, quizá centenas… o decenas– de momentos impagables frente a la pantalla, como si Gene Kelly o Carole Lombard se acordasen de nosotros y hombre, ya está aquí, ya ha llegado la postal de tito Gene. Ahora ninguna productora puede imaginar composiciones tan coquetas en las páginas del “Variety”, porque sus estrellas –que tal vez lo han sido en una película para después rodar tres con otras cinco empresas– ya copan las restantes entre carteles promocionales, campaña pre-Oscar®, anuncios de perfumes y mensajes solidarios. Lo que faltaba: después de habernos vendido la entrada, el champán, el reloj y el café también se cuela George Clooney en nuestra Nochebuena privada. Aunque, pensándolo bien, tampoco es tan mala idea…

En la imagen: Fotografía promocional de Vera Ellen - Copyright © Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. 

Viernes 23 Noviembre 2007

A veces parece imposible creer que hombres cotizados como Clark Gable –o un sosias actual, George Clooney– caigan en el lazo del matrimonio o que incluso tras ese contrato exista un auténtico sentimiento amoroso. Revestido con más o menos florituras de revista de sociedad, el romance del “Rey” con Carole Lombard“Ser o no ser” (1942)– fue tan dramático que su propio realismo acabó convertido en trama novelesca. Se conocieron como miembros del reparto de “No man of her own” (1932) y sólo se demostraron una gélida indiferencia. Quizá convencidos de que no se debe meter en una misma olla amor y trabajo, tuvieron que esperar a una ocasión más propicia: cómo no, una fiesta. A partir de 1936 se fraguó una de las parejas más celebradas del Hollywood dorado: se peleaban, se mandaban mensajitos ostentosos a los sets, se regalaban obsequios tan estrafalarios como un cachorro de puma, cazaban juntos y las bromas mutuas hicieron correr ríos de relatos y rumores. Finalmente, Pa y Ma, así se llamaban entre ellos, se casaron en 1939 como el colofón de una screwball auténtica –o el inicio de una verdadera tragedia–.

 

Puesto que su felicidad no duró mucho, el matrimonio estuvo condenado a un recuerdo matizado por el sensacionalismo y las gamas rosáceas –el horripilante biopic “Los ídolos también aman” (1976)–, si bien hay que reconocer que resultaba imposible no aprovecharse de un acontecimiento así. El 16 de enero de 1942 la actriz regresaba a Los Ángeles con su madre en un vuelo que la traía de vender bonos de guerra por Indiana. La ironía es que el transporte previsto había sido el tren, pero la señora Gable quería regresar cuanto antes y escogió un avión… que se estampó contra Table Rock Mountain, en Nevada. La reacción de Gable se entremezcla con el mito: que si intentó suicidarse con una moto, que si se entregó a la bebida… Pero la decisión que lo lanzó a la heroicidad de folletín fue abandonar su carrera y alistarse en las Fuerzas Aéreas del Ejército para combatir en una Segunda Guerra Mundial que, en cierto modo, le había arrebatado a su esposa –y contra ese Hitler obsesionado con el actor y que, según la leyenda, pretendía secuestrarlo–. Mientras ascendía de rango, el soldado Gable limpiaba el recuerdo de su romance roto para pasar página… Al fin y al cabo, Lombard era su tercera esposa y tras ella vendrían Sylvia Ashley y Kay Williams. Ni las grandes estrellas tienen a su alcance una película forever after. Por fortuna, nunca conoceremos el papel que tuvo el azar tras los The End que convertían la vida en capítulos de un guión férreo.

En la imagen: Clark Gable y Carole Lombard se conocen en “No man of her own” - Copyright © 1932 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.