clásicos.labutaca.net

 
sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
« Inicio | Archivo de la Etiqueta 'Ciudadano Kane'
Viernes 6 Junio 2008

Para definir a Renée Zellweger en “Ella es el partido” (2008), lo último de George Clooney con un obvio aroma clásico, aunque poco nostálgico, se ha recurrido a los nombres de decenas de actrices previas. Y es que la mujer que accede a un puesto de trabajo tradicionalmente masculino, más aún si se trata de la redacción de un periódico, más aún si hablamos de la sección de deportes, revoluciona la batalla de sexos que tanto, y a veces tan bien, ha alimentado a la comedia hollywoodiense de los dorados años cuarenta, aunque la película se ambiente en 1925. El ejemplo paradigmático fue Rosalind Russell, dotada de una apariencia bastante agresiva y poco sofisticada, en “Luna nueva” (1940), donde volvía loco a Cary Grant en el corto tiempo de un día, suficiente para constatar las tensiones del oficio. Años más tarde Billy Wilder rememoría esta aplaudida y ágil cinta de Howard Hawks en “Primera plana” (1974), sólo que ahora el papel de Russell lo interpretaba… Jack Lemmon.

reporteras-1.jpg 

Pero ese mismo año otra fastuosa comedia, “Historias de Filadelfia” (1940), mostraría el reverso de la reportera vivaracha en la fotógrafa de Ruth Hussey, capaz de pasar desapercibida al convertir su cámara en un discreto bolsito bandolera. Y no todas fueron tan honestas, por competitivas o descreídas, sino que otras damas de buen ver también utilizaron la redacción del periódico para retreparse en el mercado de las exclusivas y, casi siempre, renunciar al éxito por la dignidad de algún implicado. Caso de Jean Arthur en “El secreto de vivir” (1936) o de Barbara Stanwyck en “Juan Nadie” (1941) –para Frank Capra los chupatintas son un leitmotiv constante, descubridores del reverso de una América imperfecta que, paradojas de la vida, podía recibir su justo y esperanzador final–. Unidos o separados por la edición de la mañana, como Charles Foster (Orson Welles) mientras desayunaba con su primera mujer en “Ciudadano Kane” (1941). Katharine Hepburn ya se lo hizo pasar mal a Spencer Tracy antes de los juzgados o el mundo del golf en “La mujer del año” (1942), en la que su matrimonio hacía aguas a costa de la rivalidad periodística. Leer más >>

Jueves 8 Mayo 2008

Tras largas penurias sobre papel, al fin el personaje de Indiana Jones va a convertirse en lo que es: un arquetipo. O arquetipazo, si se me permite el chiste fácil, pues su simple imagen bastaría para definir el tono de la saga y reactivar el vínculo con los espectadores –y espectadoras, pero no lo digo por hacerme la políticamente correcta, sino porque en este caso mencionarlo conlleva especial relevancia–. Spielberg estaba finiquitando trabajos menos considerados por el sistema –dirigir “1941″ (1979), producir “Frenos rotos, coches locos” (1980) e incluso aparecer brevemente en “Granujas a todo ritmo” (1980)– y Lucas parecía muy ocupado preparando la continuación del inesperado –al menos para tipos como Brian De Palma– éxito Star Wars. A pesar de sus apretadas agendas, o quizá precisamente por ello, ambos encontraron ganas y tiempo para lanzar las aventuras de Indy al celuloide, con el respaldo de la Paramount y una aparente libertad creativa. Fue el propio Spielberg quien propuso que “En busca del arca perdida” (1981) arrancase con el encadenado del logotipo de la antigua major y una montaña real encontrada en la localización donde se grabó el prólogo.

indiana-6.jpg

Pero antes de ese momento, de ese minúsculo juego de transparencias y del visionado cronológico de las escenas, precedió un ingente esfuerzo de equipos y montones de dólares, según la tendencia de las modernas superproducciones que Spielberg había inaugurado con “Tiburón” (1975). Ya tenían al héroe, ¿cuál debería ser el reto apropiado? Bien es sabido que éste es el punto más conflictivo de sus aventuras, pues durante los años de preparación del retorno de Indiana Jones se especuló largo y tendido sobre el objeto arqueológico en liza, el MacGuffin: el porqué de las peleas, las persecuciones, los reencuentros y las pruebas. Podría ser que a Philip Kaufman se le ocurriese la idea del Arca de la Alianza por ciencia infusa, pero resulta muy sospechoso que un arqueólogo real, Vendyl Jones, ya fuese tomado por loco en los círculos científicos de los ochenta por perseguir en el desierto de Judea el arca que encierra los diez mandamientos –«la radio para hablar con Dios», como se la define en uno de los diálogos–. Huelga decir que este hombre aún no la ha encontrado, pero sigue en su empeño.

indiana-7.jpg

Indiana, más joven y apuesto, siempre favorecido por una lógica aplastante, la hallaría no en Israel, sino en Egipto, la primera ambientación para nuestro querido personaje –aunque el rodaje se efectuó en Túnez, donde Lucas ya había ubicado algunos pasajes de “Una nueva esperanza” (1977), con la que esta cinta mantiene una unión robótica… El jeroglífico con R2-D2 y C3PO–. Un hombre con látigo enfrentándose a secuaces de Adolf Hitler por la posesión de una caja mítica y sobrenatural. Supongo que durante el speech los mandamases de la Paramount lo escucharon de una manera más suavizada… Nosotros, sin grandes inversiones ni deudas de por medio, nos creemos con alegría lo que venga. Por ejemplo, basándose en el cómic “The seven cities of Cibola” (1954) de Carl Barks, y que tenía por protagonistas al tío Gilito y sobrinos, una caverna de Sudamérica –adonde ahora, en “El reino de la calavera de cristal” (2008), regresa Indy– que atesora una estatuilla precolombina de oro macizo. Y para apropiársela, el doctor Jones, ayudado por un debutante Alfred Molina y enfrentado a su colega Belloq (Paul Freeman), a lo Sherlock y Moriarty. Una intensa secuencia que acumula todas las pistas para entrar o no en la complicidad que requiere una historia narrada con ritmo moderno y que rinde tributo a hallazgos clásicos.

indiana-5.jpg

¿Por qué habríamos de identificarnos con Indiana Jones? No es un héroe al uso: se equivoca en sus cálculos, se confía hasta el punto de parecer ingenuo, se tropieza, escapa por los pelos de una enorme esfera rodante –la fibra de vidrio sustituye a la era del cartón-piedra– y su arma más poderosa no la lleva colgada de la cintura –vale, otro chiste fácil–, sino más abajo: sus piernas. Salir por patas es la especialidad de Indy, aunque a veces no le quede otra en determinadas situaciones –el plano en que corre frente a una manada de indios como precedente de “Parque Jurásico” (1993) y otras copias menos originales, “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto” (2006)–. La estructura de la película, pues, no se acomoda a lo convencional. Introduce al aventurero en una escena de máxima tensión para después relajar el ritmo con su faceta de soporífero profesor y largas conversaciones entre esqueletos y pizarras. Cualquier otro habría apostado por el factor sorpresa, hacer que el espectador se preguntase qué tiene de interesante un doctor universitario hasta que, magia potagia, se revela su lado explorador. La apuesta del guión de Lawrence Kasdan, aparte de constituir un soplo de aire fresco, obliga al público a encontrar interesantes esas escenas que, de la otra manera, habrían perdido enseguida la atención.

indiana-9.jpg

Sin deshincharse, en pocos minutos se introduce al personaje y las señas de identidad: las amenazas arqueológicas –siempre hay trampas en los lugares que visita– o animales –empezando por tarántulas para obviar la fobia de Indy y que parezca más impasible– y los mapas que sirven de nexo entre cambios de escena. ¿Falta algo? Claro, la chica. Marion Ravenwood (Karen Allen) tampoco tiene una presentación típica: un concurso de chupitos en un garito perdido del Nepal y que ella gana frente a un orondo nativo. Este truco, además, le servirá para salvar el pellejo en una escena posterior. Casi al mismo tiempo aparece el silencioso enemigo: Toht –Ronald Lacey, aunque se barajó a Klaus Kinski–, un nazi de aspecto y gritos histéricos muy similar al Christopher Lloyd de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), incluso en su forma de descomponerse. Para nazi original, el mono, adiestrado para imitar el saludo fascista aunque en principio parezca la adorable mascota de Sallah (John Rhys-Davies), papel que Spielberg había reservado a Danny DeVito. Si el director comparaba a Indy con Humphrey Bogart, a Marion con Irene Dunne y Carole Lombard, y a Toht con Edward G. Robinson, “En busca del arca perdida” podría ser la versión mamporrera de “Cayo Largo” (1948), sobre todo en la ya mencionada escena del bar nepalí.

indiana-8.jpg

Aún así, la película no necesita referencias de nombres prestigiosos para demostrar su humor, suspense y encanto. La estrategia de Indy malherido para conseguir un beso de Marion, el transporte de ésta en cesto, la sobada anécdota del disparo que Indiana propina a un beduino porque Harrison Ford padecía gastrointeritis y quería acabar cuanto antes la escena, los no menos míticos homenajes a “La diligencia” (1939) y el final a “Ciudadano Kane” (1941), el cara a cara de Indy y una cobra –separados por un cristal de precaución–, los espectros del arca –muñecos grabados bajo el agua–, y algunos detalles gore que ríete tú de “El templo maldito” (1984). Al igual que la música de John Williams, las piezas se van uniendo hasta su apogeo, sin defraudar la expectativa. Fórmula que, de desgastarse, lo haría sólo por culpa del personaje, una de cuyas frases en esta primera entrega podría hacerse extensible a los achaques de su regreso: «Son los años… Es el rodaje».

Artículos relacionados:

En las imágenes: En primer y segundo lugar, fotografía de rodaje y detalle de “Indiana Jones: Cómo se hizo la trilogía” - Copyright © 2003 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. En las siguientes, fotogramas de “En busca del arca perdida” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 4 Diciembre 2007

¿Demasiado pronto para hablar de este asunto? Las heladas navideñas cada vez se adelantan más, y a este paso los copos de nieve terminarán derritiéndose como los Ferrero Rocher por el comienzo de la campaña en verano. En esta cultura de la expectativa todo es un potencial perpetuo que no permite disfrutar el cauce natural de las cosas. Ni siquiera del cine, saturados estamos ya de películas de sobremesa con Papás Noeles de todo a cien. Por esa agobiante razón, quien odie estas fiestas dispone de unas cuantas alternativas nada idílicas y en parte satírico-trágicas. Empecemos chafando los banquetes de los ricos y abrazando al pobre en “Plácido” (1961), porque no hay nada peor que una cena abigarrada y ruidosa de gente desconocida los 364 restantes días del año, a menos que la encabece “El Padrino” (1972). O sí hay algo peor, cenar solo, para lo cual mejor acompañar a Bud Baxter en “El apartamento” (1960), o al “Ciudadano Kane” (1941) agitando bolitas de nieve sin que nadie, ni una sola enfermera, interrumpe la velada.

 

Si aún así a uno le tira la juerga, puede emborracharse de mala manera destrozando mitos hollywoodienses en “L.A. Confidential” (19), o pasando frío y encierro con los compañeros en “Traidor en el infierno” (1953). El estresado por el tráfico puede acudir en ayuda de John McClane en “La jungla de cristal” (1988) para descargar iras destrozando mobiliario. Si pervive ese instinto asesino-festivo, mejor encauzarlo hacia el objeto mismo del odio y arruinar la alegría en “Pesadilla antes de Navidad” (1993) o “El día de la bestia” (1995). Y si la empresa es demasiado ingente, enclaustrarse en uno mismo como si estuviera “Atrapado en el tiempo” (1993), que no es una película de navidad, pero el espíritu y la mala baba son iguales. Sin embargo, para qué engañarnos, a Hollywood le encanta la navidad y en otras cinematografías pasa tan desapercibida como un contexto accesorio. Quien la odie podrá al menos imaginarse cómo estrangular, uno por uno a “Los Teleñecos en cuento de Navidad” (1992).

En la imagen: Fragmento de cartel promocional de “Pesadilla antes de Navidad” - Copyright  Skellington Productions Inc., Touchstone Pictures y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 29 Noviembre 2007

A colación del último anuncio de Freixenet, firmado por Martin Scorsese, mi compañera Tònia mencionaba las reminiscencias a Hitchcock y en especial a un actor que enseguida disparó mis antenas repetidoras. Joseph Cotten no sería, de buenas a primeras, el hombre hitchcockiano por excelencia, y en vista de la susodicha campaña publicitaria yo esperaba una reelaboración de “Encadenados” (1946) y el famoso MacGuffin de las botellas de uranio –¿cava radiactivo? Que le guarden la idea a David Cronenberg para el año que viene–. Pues bien, debo reconocer que siento por Cotten una predilección de origen desconocido, aunque seguramente en ello tenga mucho que ver el maestro del suspense y su película favorita, “La sombra de una duda” (1943). Quizá porque se me cruzó en la misma etapa que a Charlie, la sobrina del actor en la ficción, y caí rendida a los pies del otro Charlie, el tío, el malo, el perverso. Cómo no amarlo cuando casi debutó en “Ciudadano Kane” (1941), repitió con Welles en “El cuarto mandamiento” (1942), esa obra enigmática y abrumadora, rescató a Ingrid Bergman en “Luz que agoniza” (1944) y la amó de forma irracional en “Atormentada” (1949).

 

Hizo lo propio con Jennifer Jones en “Jennie” (1948) y “Duelo al sol” (1946) –curiosamente la primera película vista por Scorsese–, y finalmente volvió en ayuda de su amigo Orson en “El tercer hombre” (1949). Le faltaban apostura, expresividad y un tono masculino férreo, pero tras su mirada lánguida y sus medias sonrisas había algo que conseguía definir su relación con el resto de personajes y los problemas ante los que apenas se inmutaba. Sabedor de su papel de segunda fila, protagonista en calidad de secundario, Joseph Cotten pasó desapercibido en los repartos y fue usado de colchón para otros intérpretes –Marilyn Monroe en la infumable “Niágara” (1953) o Joan Fontaine en “Sinfonía otoñal” (1950)–. En su mutismo se encerraba una mitad malévola y otra pacífica que no consigo separar entre sí ni en sus inesperadas apariciones en “Sed de mal” (1958) o “La puerta del cielo” (1980). Momentos de aplauso por un reencuentro inesperado, aunque años después descubriera la obsesión del actor por los payasos, seres a quienes aborrezco desde mi más tierna infancia. Al final no estábamos hechos el uno para el otro, y tuve que ir a despedirle a una estación de tren, adonde volvería alguna vez envuelto en humo negro.

En la imagen: Joseph Cotten amenazando a Teresa Wright en “La sombra de una duda” - Copyright © Skirball Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.