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Martes 11 Marzo 2008

Dos películas totalmente distintas, en género, temática y ritmo (aunque con tremendas coincidencias en el dibujo argumental y de personajes protagónicos: parejas en fuga, en las que la componente femenina evoluciona desde un rechazo frontal hacia su partenaire hasta una atracción… en fin, no desvelemos finales innecesariamente), que, por otro lado, no fueron, en ninguno de los dos casos, la opera prima de sus dos celebérrimos directores (Frank Capra y Alfred Hitchcock). Y dos películas que, estrenadas comercialmente en años consecutivos —1934 y 1935— obtuvieron los parabienes de público y crítica, unos niveles de éxito impresionantes. Pero, aún así, cabe apreciar en ambas una condición más seminal que concluyente, más de apunte y esbozo de futuros logros que de confirmación de talentos en su cúspide creativa.

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“Sucedió una noche” viene a resultar una especie de “ensayo general con todo”, la espita de apertura, de aquello que se vino a denominar la screwball comedy. Pero su tono, comparado con el de que las que serían posteriores obras cumbre de esa línea genérica, es mucho más mesurado, más comedido, menos disparatado, y su ritmo de despliegue (de gags, de situaciones, de giros argumentales), mucho más suave y tranquilo. En cualquier caso, resulta una auténtica delicia asistir al duelo interpretativo (y afectivo) que desarrollan Clark Gable y Claudette Colbert, y degustar una verdadera lección de construcción de texto cómico, con un cuidado rayano en el mimo hacia cada línea de guión. Pero Capra, como bien sabemos, haría sus obras cumbre (“¡Qué bello es vivir!”, “Arsénico por compasión”) algunos años después.

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Por el contrario, “39 escalones” es una intriga criminal en estado químicamente puro, más allá de las chispas eróticas que puedan saltar de esa relacion “esposada” entre Robert Donat y Madeleine Carroll o de los destellos cómicos que se pueden atisbar en buena parte de sus secuencias —más dados por el tono sardónico de su protagonista masculino que por las situaciones que su trama ofrece—. Y aunque se trata de un film magnífico en lo relativo a estructura y desarrollo dramático, se aprecia claramente que el mago Hitchcock, que todavía no había cruzado el charco, aún tenía su chistera bastante poco provista de esa infinidad de trucos con los que nos iría deleitando a lo largo de su carrera (y que, por ejemplo, en la legendaria “Con la muerte en los talones” —película con la que ésta se emparenta plenamente por su coincidencia argumental— alcanzaría una de sus cumbres: truculencia y golpes de efecto para dar y regalar…). Dos grandes films, en suma, de dos grandes cineastas, dos de los más grandes de la historia del cine, pero que aún alcanzarían una talla mucho más alta de la que con éstos nos ofrecieron: la de dos de los talentos más impresionantes jamás plasmados en celuloide.

En las imágenes: Clark Gable y Claudette Colbert en “Sucedió una noche” © 1934 Sony Pictures Home Entertainment. Todos los derechos reservados. Robert Donat y Madeleine Carroll en “39 escalones” © 1935 Divisa Home Video. Todos los derechos reservados.

Jueves 7 Febrero 2008

Llevo dándole vueltas al injusto centralismo que los vestidos de señora tienen en las listas de cine. ¿Qué pasa con los mejor vestidos, como si los actores no pudieran ir de punta en blanco? Cierto es que la moda rota con no pocas dosis de frivolidad en torno a la mujer y que sus posibilidades de indumentaria se extienden hacia el infinito de las faldas y vuelos que del sexo opuesto sólo se atreven a tocar escoceses y superhéroes. Pero cuando el diseñador/diseñadora de turno lo ha querido, los protagonistas de una escena vistosa no tenían nada que envidiar a sus compañeras femeninas. O si no midamos la aureola luminosa de Tyrone Power en la fiesta de “El filo de la navaja” (1946), el haz misterioso de Cary Grant paseándose por su villa en “Atrapa a un ladrón” (1955) o la desarreglada paciencia de Clark Gable esperando al autobús sobre una valla en “Sucedió una noche” (1934), y comparémoslos con el brillo de Gene Tierney, Grace Kelly o Claudette Colbert. Bah, ¿quién se acuerda de ellas? Estos atuendos varoniles no sólo se han ganado el puesto gracias a su estilismo rompedor, también continúan considerándose prototipos de lo que significa ir bien arreglado o simplemente vestido de determinada manera.

 

El tipo melancólico que se enfunda una gabardina debe remitirse a Humphrey Bogart –quien por lo general no era el maniquí más adecuado para lucir nada–, o a Gene Kelly con sombrero a juego mientras habla a los medios en “Cantando bajo la lluvia” (1952), y el bailarín puede imitar sus polos arremangados para dar brincos sin parecer un mono de feria. Los gladiadores no serían lo mismo sin “Espartaco” (1960) o los mantones de pieles de Russell Crowe en “Gladiator” (2000) –el chiste sobre la relación falditas metalizadas-homosexualidad ya está muy sobado desde “Aterriza como puedas” (1980) y a mí siempre me ha parecido que tiene un punto muy viril–. Un prejuicio similar al que sufre el pobre Errol Flynn, tan capacitado como estaba para llevar mallas o casacas sin perder el respeto de la amada –o quizá era un pacto de silencio, al fin y al cabo él tenía que aguantar interminables trenzas y corsés carcelarios–. Si se realizara un cómputo general, el traje o esmoquin aterrizaría en el peso cuantitativo y en algunos primeros puestos: aparte de los mencionados, cómo olvidar a todos los James Bond –bueno, a Pierce Brosnan me lo quitan si puede ser–.

 

Al dueto Paul Newman-Robert Redford en “El golpe” (1973) o “Dos hombres y un destino” (1969), en pleno pedaleo campestre; todos los invitados de los saraos de “El gran Gatsby” (1974), una hilera de “Los intocables de Eliot Ness” (1987) avanzando al frente, George Clooney tirando dados en cualquier casino de la trilogía Ocean, o, por qué no, ese impoluto Erich von Stroheim en “El crepúsculo de los dioses” (1950), fracción del entorno detallista que Norma Desmond deseaba aspirar al desperezarse por las mañanas. Claro que, y como ocurría en el caso de las actrices, eso de ir bien vestido no supone un obligado sinónimo de rectitud formal. A veces, y mucho más poderosas, un cierto desarreglo conlleva pautas de estilismo, iconos de creación y suspiros admirados con los que soñaría una sosa pajarita en fondo blanco. Blanco guarro, como el de las camisetas de Marlon Brando en “La ley del silencio” (1954) o “Un tranvía llamado deseo” (1951); la referencial cazadora roja de otro asilvestrado, James Dean, en “Rebelde sin causa” (1955), los uniformes caqui-polvo-barro del camino que difuminan a Indiana Jones, o los conjuntos no menos abandonados del grande de grandes, Steve McQueen, quien a bordo de una de sus motos gana la carrera de los nuevos retrosexuales, como Clive Owen –un aplauso para él en gabardina o capa pirata–.

Y que no se escapen de la lista los raros, los que por despreciar la tangente acaban marcando tendencia, como Al Pacino y aquellas divertidísimas y a la par dolorosas pintas de narco en “El precio del poder” (1983), o Peter O’Toole haciendo amago de amoldarse al desierto en “Lawrence de Arabia” (1962). Por supuesto, lo de insinuar lo llevan mucho peor, pero los ejemplos no desmerecen una renovada confianza: en pijama –Paul Newman y “La gata sobre el tejado de zinc” (1958), y con pata escayolada, ahí es nada en la victoria por seguir siendo sexy–, en bañador –reciente pero ya mítico Daniel Craig en “Casino Royale” (2006)– o en toalla –las que vistió como nadie el pato Donald a la salida de cada ducha–, el menos es más vale tanto para el espectador como para el ahorro del diseño de vestuario. Privilegiado oficio de cine, pues pueden coser sus sueños y colgarlos de la percha idónea sin que los desluzca un solo pliegue. Porque esa es otra: incluso sobre las telas y las situaciones extremas impera la triste máxima de que la arruga no es bella.

En las imágenes: Gene Tierney y Tyrone Power en “El filo de la navaja - Copyright © 1946 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Cary Grant en “Atrapa a un ladrón” - Copyright © 1955 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Clark Gable en “Sucedió una noche” - Copyright © 1934 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Paul Newman y Robert Redford en “El golpe” - Copyright © 1973 Zanuck/Brown Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados. James Dean en “Rebelde sin causa” - Copyright © 1955 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo” - Copyright © 1951 Charles K. Feldman Group y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Al Pacino en “El precio del poder” - Copyright © 1983 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Kevin Costner y Sean Connery en “Los intocables de Eliot Ness” - Copyright © 1987 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y Paul Newman en “La gata sobre el tejado de zinc” - Copyright © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Avon Productions. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Enero 2008

Parece que nos ponemos frívolos, pero hablar del vestuario cinematográfico es tan relevante como hacerlo de la fotografía o de la banda sonora –el problema surge cuando el juicio de una película se absolutiza en alguno de esos elementos destacados o bien se extrapolan del todo fílmico: de nada sirven una bonita luz, una pegadiza melodía o un admirable vestido si no contribuyen a la historia–. Tras la selección elaborada por una famosa revista estadounidense, el podio de los personajes femeninos mejor vestidos se nutre de tópicos imperecederos y propuestas más rupturistas que, en realidad, sólo responden a corrientes de moda que pasarán más veloces que el gusto por los tamagochi –¿todavía fabrican de eso?–. No extraña, pues, encontrar a Audrey Hepburn y su incondicional Givenchy en “Desayuno con diamantes” (1961), Marilyn Monroe y su merengue de gasa en “La tentación vive arriba” (1955) –cuidadín: vestido de similares hechuras y movimientos ya apareció durante un número musical de “La pícara puritana” (1937)–, o Vivien Leigh y las cortinas de terciopelo verde que recicla para visitar a Clark Gable en “Lo que el viento se llevó” (1939).

Como enunciar a estas damas es como recitar la tabla del dos, las esnobs del estilismo han añadido a Diane Keaton en “Annie Hall” (1977) u Olivia Newton-John en “Grease” (1978) , pero, por mucho revival setentero que vivan las tiendas de ropa, me gustaría verlas por la calle con las pintas del “You’re the one that I want” sin parecer una pilingui de “Los Soprano”. Lo mismo sucede con Liza Minnelli en “Cabaret” (1972) cuando desde estas mismas publicaciones se ataca con dentelladas lobunas a toda actriz que se le ocurra pasearse por una alfombra roja a lo años veinte. Esta hipocresía de las formas lleva a que las elecciones de vestidos modernos se correspondan únicamente con cintas de época: Kate Winslet en “Titanic” (1997), Cate Blanchett en “Elizabeth: La Edad de Oro” (2007), Nicole Kidman en “Moulin Rouge” (2001) –que se ha colado a lo tonto, porque su cortesana debería estar en una lista de las mejor casi-vestidas, pero es que aquel collar de Canturi resultaba irresistible– y, encabezando la lista contra todo pronóstico, Keira Knightley en “Expiación” (2007) –justo es reconocer que el vestido verde de moaré que luce en la fiesta es deslumbrante, pero se pasea colgado en una desgarbada percha–.

 

Quizá antes no se concebían estos listados porque las actrices siempre intentaban lucir lo mejor posible y ahora, en estos tiempos de indecisión y mestizaje, se vuelve necesario un criterio de jerarquización, irónicamente repleto de referencias nostálgicas que confirman la indefinida personalidad presente. Los nuevos gurús de la moda alimentan estos criterios que sopesan la tela antes que el movimiento, como si estos vestidos ya no se paseasen por escenas de celuloide y se irguiesen inermes tras las vitrinas de una casa de subastas. Además, lo de ir bien vestido parece relativo en la función cinematográfica: ¿acaso no iba perfecta Greta Garbo en “Ninotchka” (1939) con aquel sombrero que hoy nos resulta espantoso? ¿Y por qué no rebuscar en el fondo del armario esos trajes que se quedaron fuera de la típica y autoritaria escala de diez?

 

Así, a bote pronto, recuerdo el vestido negro de Bette Davis en “La loba” (1941), la capucha de Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997), el frondoso Givenchy de Audrey en “Sabrina” (1954), los circenses ruedos de Deborah Kerr en “El rey y yo” (1956), la camiseta publicitaria de Jean Seberg en “Al final de la escapada” (1960), los vaporosos cintura de avispa de Elizabeth Taylor en “La senda de los elefantes” (1954), el derby de “My fair lady” (1964), la ágil falda de Grace Kelly mientras se cuela en el apartamento de “La ventana indiscreta” (1954), los psicodélicos conjuntos de “Barbarella” (1968), el provocativo atuendo de Lara en el restaurante de “Doctor Zhivago” (1965), los estampados escoceses de “Brigadoon” (1954), el bermellón de Claudia Cardinale al correr por una casa vacía en “El gatopardo” (1963)…, y un largo etcétera ecléctico del que ojalá dispusiéramos para nuestras ocasiones diarias. ¿Para qué conformase con diez vestidos pudiendo lucir uno nuevo cada mañana?

En las imágenes: Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes” - Copyright © 1961 Jurow-Sheperd. Todos los derechos reservados. Keira Knightley en “Expiación: Más allá de la pasión” - Copyright © 2007 Working Title Films, Relativity Media y Studio Canal. Todos los derechos reservados. Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba” - Copyright © 1955 Charles K. Feldman Group y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Kate Winslet en “Titanic” - Copyright © 1997 Twentieth Century-Fox Film Corporation, Paramount Pictures y Lightstorm Entertainment. Todos los derechos reservados. Olivia Newton-John en “Grease” - Copyright © 1978 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Cate Blanchett en “Elizabeth: La edad de oro” - Copyright © 2007 Motion Picture ZETA Produktionsgesellschaft, Studio Canal y Working Title Films. Todos los derechos reservados. Deborah Kerr en “El rey y yo” - Copyright © 1956 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Nicole Kidman en “Moulin Rouge” - Copyright © 2001 Bazmark Films y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Y Bette Davis en “La loba” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.

Viernes 23 Noviembre 2007

A veces parece imposible creer que hombres cotizados como Clark Gable –o un sosias actual, George Clooney– caigan en el lazo del matrimonio o que incluso tras ese contrato exista un auténtico sentimiento amoroso. Revestido con más o menos florituras de revista de sociedad, el romance del “Rey” con Carole Lombard“Ser o no ser” (1942)– fue tan dramático que su propio realismo acabó convertido en trama novelesca. Se conocieron como miembros del reparto de “No man of her own” (1932) y sólo se demostraron una gélida indiferencia. Quizá convencidos de que no se debe meter en una misma olla amor y trabajo, tuvieron que esperar a una ocasión más propicia: cómo no, una fiesta. A partir de 1936 se fraguó una de las parejas más celebradas del Hollywood dorado: se peleaban, se mandaban mensajitos ostentosos a los sets, se regalaban obsequios tan estrafalarios como un cachorro de puma, cazaban juntos y las bromas mutuas hicieron correr ríos de relatos y rumores. Finalmente, Pa y Ma, así se llamaban entre ellos, se casaron en 1939 como el colofón de una screwball auténtica –o el inicio de una verdadera tragedia–.

 

Puesto que su felicidad no duró mucho, el matrimonio estuvo condenado a un recuerdo matizado por el sensacionalismo y las gamas rosáceas –el horripilante biopic “Los ídolos también aman” (1976)–, si bien hay que reconocer que resultaba imposible no aprovecharse de un acontecimiento así. El 16 de enero de 1942 la actriz regresaba a Los Ángeles con su madre en un vuelo que la traía de vender bonos de guerra por Indiana. La ironía es que el transporte previsto había sido el tren, pero la señora Gable quería regresar cuanto antes y escogió un avión… que se estampó contra Table Rock Mountain, en Nevada. La reacción de Gable se entremezcla con el mito: que si intentó suicidarse con una moto, que si se entregó a la bebida… Pero la decisión que lo lanzó a la heroicidad de folletín fue abandonar su carrera y alistarse en las Fuerzas Aéreas del Ejército para combatir en una Segunda Guerra Mundial que, en cierto modo, le había arrebatado a su esposa –y contra ese Hitler obsesionado con el actor y que, según la leyenda, pretendía secuestrarlo–. Mientras ascendía de rango, el soldado Gable limpiaba el recuerdo de su romance roto para pasar página… Al fin y al cabo, Lombard era su tercera esposa y tras ella vendrían Sylvia Ashley y Kay Williams. Ni las grandes estrellas tienen a su alcance una película forever after. Por fortuna, nunca conoceremos el papel que tuvo el azar tras los The End que convertían la vida en capítulos de un guión férreo.

En la imagen: Clark Gable y Carole Lombard se conocen en “No man of her own” - Copyright © 1932 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Noviembre 2007

La Escarlata O’Hara de “Lo que el viento se llevó” (1939) es Vivien Leigh, y que no venga nadie a estas alturas a contradecirlo porque ya no está Laurence Olivier para salir en su defensa. Sin embargo, el rostro de la famosísima regente de Tara no estuvo siempre asociado a la actriz de “Un tranvía llamado deseo” (1951), y antes de llegar a sus desconocidas, que no inexpertas, manos muchas intérpretes de las colinas de Los Ángeles se lo disputaron como fervorosas fans del primer día de rebajas. Una lista con 121 actrices se hizo pública para que los productores escogiesen a la mujer idónea capaz de hacer realidad al icono de millones de estadounidenses, tal fue el boom del novelón de Margaret Mitchell, que aquí desconocemos por completo.

Al estilo de cualquier reality show actual, y dado que aún no existía la comunicación sms, los ciudadanos votaban a sus favoritas a través de la radio, donde vencieron Bette Davis, Katharine Hepburn y Miriam Hopkis. Es decir, las más sonadas, no por ello las más aptas para el papel, como si ahora saliesen vencedoras en la misma tanda Nicole Kidman, Scarlett Johansson y Angelina Jolie. Incluso se llegó a construir un retrato robot de la Escarlata ideal a partir de los rasgos de las favoritas, resultado que daba bastante miedo. Pero tenía que venir alguien a poner orden en esta amalgama que incluía incluso a ¡Mae West! David O. Selznick se estaba volviendo loco con razón –aunque las más de las veces fuese él mismo la causa de sus neuras– y los castings eran interminables y poco esclarecedores, sobre todo teniendo en cuenta que el papel de Rhett Butler estuvo claro desde un primer momento –Clark Gable era por aquel entonces ídolo nacional y sexual–.

Tuvo que surgir esta dama del calor, india por nacimiento e inglesa de crianza, traída de la mano de Myron Selznick, hermano del gigantesco productor. Éste la vio por primera vez durante el rodaje del incendio de Atlanta, y mientras a sus espaldas ardían kilos de cine, “King Kong” (1933), “El jardín de Alá” (1936), “El rey de reyes” (1927), se recortó sobre las llamas la silueta definitiva de Escarlata. Problema resuelto. Lo que no sabían Vivien Leigh ni David O. Selznick es que el fuego acababa de estallar. ¿Alguien hubiese cambiado de candidata?

En las imágenes: De izquierda a derecha, Frances Dee, Paulette Godard y Lana Turner en sus respectivas pruebas de cámara para el papel de Escarlata O’Hara, y el retrato robot junto a Vivien Leigh, del documental “La realización de un clásico: Lo que el viento se llevó” - Copyright © 1988 MGM/UA Home Entertainment. Todos los derechos reservados.