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Viernes 13 Junio 2008

Y el sueño desapareció. Los muertos no reviven, los superhéroes se rompen y los extraterrestres escupen sobre la bandera blanca. M. Night Shyamalan se vuelve aún más pesimista, en sentido proporcional a los duros varapalos que recibe, tanto por parte de crítica y público, a costa de sus dos últimas producciones, “El bosque” (2004) y “La joven del agua” (2006). Relatos de estructura folclórica e infantil, rellenos de un contenido agrio que choca de lleno con el espíritu naturalmente romántico del director. Los misterios pierden cada vez más importancia y se antepone el plano de sensaciones anímicas y audiovisuales que no satisface del todo a quienes siguen buscando el final de “El sexto sentido” (1999) o la intensidad dramática de “Señales” (2002). Comprendo su aburrimiento tanto como la fascinación de quienes encuentran en ellos hermosas metáforas, nada rimbombantes, de la contrautopía que poco a poco ha escalado en el imaginario del director.

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“El bosque” se puso a sí misma las cosas difíciles con una ambientación de época, en el campo de Pennsylvania, muy poco atractiva para el público joven, además de un subtexto político obvio, pero al que muchos críticos dieron excesiva importancia. El miedo se hace más explícito –el diseño de los monstruos, como sucedía en “Señales”, tampoco resulta muy acertado– y la atmósfera se carga de amenazas eléctricas y neblinosas, al estilo de “Cumbres borrascosas” (1939), que invocaba el propio director, pero también de películas con poblados inquietantes como “El hombre de mimbre” (1973), “Un cuento de Canterbury” (1944), “El doctor Frankenstein” (1931), “El cuervo” (1943) o, incluso, “El espíritu de la colmena” (1973), si Shyamalan conoce el clásico español. El reflejo oscuro y perverso de la ídilica paz en la que viven los habitantes de “Brigadoon” (1954) o “¡Qué verde era mi valle!” (1941), un tradicional cuento de convivencia apacible rota por un elemento perturbador que representa muchos temores del subconsciente. El problema es que dicha atmósfera de época sabe a añejo para la renovación de una monster story al uso, aunque después se revele como un rasgo necesario para el alma de la historia. … sigue >>

Lunes 9 Junio 2008

El director de origen hindú, para muchos de nombre impronunciable –no se quejarían tanto si conociesen su nombre de nacimiento: Manoj Nelliyattu Shyamalan– tiene un problema. Sus detractores estarán ya asintiendo, pero la traba no tiene que ver con él o su cine, sino con su público. Pocos cineastas horneados en Hollywood en la última década son capaces de despertar tanta expectación y tan encendidos debates antes y después de que los estrenos lleguen a las salas. Debería valorarse como algo positivo que unas películas, al margen de que convenzan más o menos a unos u otros, remuevan tanta reflexión y sano apasionamiento. El problema, decía, es que gran parte de los espectadores de M. Night Shyamalan se dividen en bandos enfrentados, aunque cada cual tenga su propia jerarquía de cintas preferidas. Hace tiempo que se abrió una lucha de trincheras donde se intercambian bombazos, opiniones cargadas de ira o amor sin apenas argumentos y mucha ansia por tener la razón. Algunas convenciones no escritas han terminado asumiéndose globalmente a causa de ese enfretamiento: películas que son indiscutibles obras maestras –“El protegido” (2000)– y otras que huelen a timo, por no decir cosas más fuertes — “La joven del agua” (2006)–.

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¿De dónde procede tanta decepción acumulada? A Shyamalan se le exige demasiado, y entiéndame, es necesario exigir, pero no de una manera que aniquila la libre creatividad del autor y la disparidad de juicios. Parte del problema provendría, pues, del propio director, ¿culpable? de sembrar la cultura del giro final con “El sexto sentido” (1999). Pero no debe olvidarse que ni fue el primero en recurrir a tan discutible estrategia narrativa ni por su eficacia todas sus historias deben, forzosamente, acudir a ella. Los estudios o su propio ego han marcado una tendencia continuista que tarde o temprano acabaría cansando a quienes antes aplaudían el truco. A quienes se hartan de la atracción con cinco loopings y piden que la siguiente tenga diez, o quince. Salvando las distancias, Alfred Hitchcock también sufrió de ataques similares, algunos de los cuales hoy consideramos injustificados y verborreicos. Como dice un personaje de la serie “Mad Men”, ambientada en 1960, «¿Has visto “Psicosis”? Menuda tontería». No importa que sus películas se califiquen de forma obtusa como buenas o malas, lo que interesa es que Shyamalan es un buen alumno. … sigue >>