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Lunes 31 Marzo 2008

El arma más poderosa del cinéfilo, cinéfago o etiqueta que se antoje es precisamente su amor desmesurado. El mismo que conduce a escoger películas que otros enseguida pasarían por alto o cuyo simple título provoca una hilaridad unánime. Como todo sentimiento poderoso, el riesgo de darse un buen batacazo se duplica, y esas cintas inocentes, de limitados recursos y para las cuales el tiempo no ha sido el mejor aliado suponen tanta empatía como tristeza. El terror clásico ofrece algunos de los mejores ejemplos, pues si ya de por sí obras ’serias’ están hoy perjudicadas de muerte, los subproductos que nacieron de su fantasmagórica estela agonizan de una forma que da pena. “La zíngara y los monstruos” (1944), de Erle C. Kenton –quien ya había dirigido “El hijo de Frankenstein” (1942)–, sirve de compilación de los componentes esenciales del terror made in Universal, así como de todo lo que no debe hacerse tras el triunfo de unos argumentos entre el público –a pesar de que la tendencia hacia el remix y el potaje de monstruos continúa dando de comer a muchos… creadores–. El Hombre Lobo, Frankenstein Drácula, estrellas de sus respectivas joyas individuales, caen en el mismo guión según la regla no escrita que insta a sumar lo que por separado otorga pingües beneficios.

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El cine no es matemático, y la acumulación redunda en algo insuficiente e incoherente, que transmuta lo reconocible en lugar común. Porque a las tres criaturas se unen el científico loco, el ayudante jorobado, la zíngara, la turba popular con antorchas en ristre y una trama escuálida, falta de ritmo. Es más, en vez de asistir a un curioso combate y/o alianza tripartita, el primer tramo recupera sólo a Drácula, como un pequeño corto de herencia Stoker que se ha unido al resto del metraje. Incluso la conclusión de esa mini-historia se realiza mediante un abrazo de enamorados y un fundido a negro, por lo que continuar las andanzas del doctor chiflado en lugar de colgar el The End requiere un nuevo esfuerzo, como toda narración episódica. Sin embargo, Frankenstein y el Hombre Lobo sí actúan a la par –los dos congelados en una cueva de hielo que se mantiene intacta bajo un prado reseco, enigmas de la naturaleza–, aunque el primero viva la persecución de siempre y el segundo desempeñe la función romántica requerida. El único tópico incumplido es el de los intérpretes: el director ni siquiera contó con los actores de “El hijo de Frankenstein”, lo cual revela la escasa decisión creativa en estos productos, y sustituyó a Bela Lugosi por un soso John Carradine en la piel del vampiro, y Boris Karloff se encargaba del científico mientras un desconocido Glenn Strange se atornillaba a lo Frankenstein.

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Lon Chaney Jr., hijo del maravilloso Lon Chaney, sí repetía el Hombre Lobo que inmortalizó en 1941, aunque apenas tenga unos planos caracterizado como tal en toda la película. Engarzados, todos ellos componen un planteamiento atractivo, una cita mágica para el aficionado al terror clásico, y que por desgracia se derrumba como esos escenarios de cartón piedra que ya han perdido todo rastro expresionista –sólo se salvaría la vampirización mostrada mediante sombras, aunque los torpes efectos especiales no pulan la idea–. ¿Vale más esta mezcolanza de serie B que, por ejemplo, la parafernalia “Van Helsing” (2004)? En caso afirmativo, ¿cuál es el criterio que lo decide? ¿Tan sólo la nostalgia? En términos cualitativos, no hay duda de que en muestras más recientes la puesta en escena e, incluso, algunos enredos e interpretaciones se han reformado para bien, aunque se tomen demasiado en serio a sí mismas. La diferencia, quizá, estribe en la risa: uno se ríe de los nuevos y con los viejos. O eso o el amor cinematográfico tiene una capacidad de perdón infinita.

En las imágenes: Fotogramas de “La zíngara y los monstruos” - Copyright © 1944 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 28 Noviembre 2007

Si aullásemos bajo la enorme luna del cine, una como aquella tan falsa que iluminaba el plató de “El show de Truman” (1998), reuniríamos un elenco de licántropos irreconocibles entre sí. Ahí está la ventaja de las familias: todos distintos y todos condenados a aguantarse. Primero llegarían los tópicos, los parientes pesados: Jack Nicholson en la comedia “Lobo” (1994) –me dicen que es de terror, allá ellos–, “Un hombre lobo americano en París” (1997), el primo feo feo feo de “Un hombre lobo americano en Londres” (1981),  y Lon Chaney Jr. rodeado del clásico aroma de “El hombre lobo” (1941) icónico, aunque se trajese a toda la panda de Frankenstein, Dr. Jekyll, el Yeti, Drácula y demás compañeros de secuela, resecuela y refrito. Después aparecerían los familiares que quieren dar el cante llegando un poco tarde: los engendros digitales de “Van Helsing” (2004), “La marca del lobo” (2007) o “Romasanta, la caza de la bestia” (2004), y los entrañables efectos especiales de “En compañía de lobos” (1984) .

 

Y al final del todo, cuando la fiesta ya lleva rato y a Paul Naschy se le ha empezado a ir la olla con el olor a sangre y la música de “American Graffiti” (1973), nadie se percata de los parientes menores, siempre olvidados: de “Miedo azul” (1985), made in Stephen King, “El lobo humano” (1935) originario, la bestia peluda del “Drácula, de Bram Stoker” (1992), y, sobre todo, los jovenzuelos. Michael Landon –sin disfraz, ¿no?– fue el primero en repartir sustos con “Yo fui un hombre lobo adolescente” (1957), pero ahí viene el incombustible Michael J. Fox enfundado en un hortera traje blanco y “De pelo en pecho” (1985) –película que, por cierto, fue la primera en decir eso de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad–, y me viene a la memoria la canción de la serie de dibujos que resultó de este estreno y que hacía del aullar un símbolo adolescente. Una reunión de órdago, una celebración del pelo, de Hobbes, de los mordiscos asesinos y los lametazos cariñosos. La desventaja es que los licántropos, y en especial si de fondo hay un DJ ochentero, bailan fatal.

En las imágenes: Michael J. Fox antes y después de su transformación en “De pelo en pecho” - Copyright © 1985 Wolfkill. Todos los derechos reservados.