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Domingo 8 Junio 2008

John Hurt alecciona al candoroso Elijah Wood acerca del clásico axioma que vincula el aleteo de una mariposa con el nacimiento de un huracán en el otro lado del mundo. Discurso agresivo que forma parte del primer tramo de “Los crímenes de Oxford” (2007), esa película anti-matemáticas, como “La habitación de Fermat” (2007), que la próxima semana disfruta de un lanzamiento de lujo en dvd. La anécdota de apertura no es insustancial, ni para la susodicha historia ni para trazar el perfil del director, Álex de la Iglesia, más conocido por sus profesores en la Universidad de Deusto, en Bilbao, como Alejandro de la Iglesia Mendoza. No sería el primero, pero desde luego puso de moda y alzó a categoría respetable al estudiante que hace vida en la cafetería y acumula ideas creativas entre partida de mus y charla cinéfaga. Un viento rotando en círculo, como el de un friki incomprendido por la gran masa de la intelectualidad universitaria, y que acumula dentro su adoración por los cómics, la serie B y la estética sangrienta, juguetona e indolora, al estilo de las producciones que aprovechaban los restos del staff hollywoodiense. Hoy a su vez material desechable para mundos viejunos.

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Rancio parecía también el panorama cinematográfico español, sumido en peleas políticas y recuperaciones históricas que alimentaron las razones por las que ahora muchos jóvenes rechazan el cine patrio. Por allí pululaba Almodóvar, trastocando el significado de lo castizo, término que interesaría a de la Iglesia desde una óptica especial, extranjera. Algo que nadie debe confundir con otros realizadores que, por beber de universos ajenos, han terminado también por firmar películas ajenas, flotantes en un limbo sin personalidad. No hace falta pronunciar sus nombres, pues están en boca de todos. Unos créditos añejos y malgastados, de rótulos monumentalistas, introducen a “Mirindas asesinas” (1991), el primer y único corto que rueda el director junto a su coguionista habitual, Jorge Guerricaechevarría. Lo corriente de un bar, de un par de copas y de unos anodinos clientes se transforma en una matanza de elevadas dosis paródicas, razón de su éxito en un país nada acostumbrado a reírse de sí mismo. Álex de la Iglesia huye de los extremos, aunque pudiese parecer lo contrario, no gusta del acartonamiento formal ni de la humillación como remedio, abre la auténtica tercera vía en una industria que ofrece al público productos grises, en los que nadie quiere verse reflejado. Leer más >>

Sábado 17 Mayo 2008

Hubo un tiempo en que la música negra fluía entre los campos estadounidenses con el mismo ritmo pausado e imparable que el Mississippi. El estreno de “Honeydripper blues bar” (2007) –ya volvemos a las coletillas españolas en los títulos originales…– nos recuerda que no todas las estrellas de la gran pantalla han liderado pequeños grupos de pop británico, o se han convertido en superbandas dinosáuricas entregadas al merchandising, o presumen de un estilo único que nunca habría nacido sin esos ritmos del viejo Sur. Porque la única cosecha provechosa nacida de los campos de algodón –aparte de dramones tan divertidos como “Lo que el viento se llevó” (1939)– se fue cultivando en las gargantas de esclavos que, tras la guerra de secesión, adquirieron un rol igual de difícil. Defender una música propia para que otros se aprovechen de ella, incluido el cine. Y relumbrones como Bob Dylan. No en balde Todd Haynes decide en “I’m not there” (2007) emplear a un niño afroamericano como representación del Dylan infantil, criado en las notas negras que entrenan su oído y llenan su voz de melancolía. La misma que fluía por aquel Mississippi, el de Tom Sawyer –ya fuese el queridísimo en su época Jackie Coogan en 1930 Tommy Kelly en 1938– y el de su compinche Huckleberry Finn –desde Mickey Rooney en 1939 hasta un minúsculo Elijah Wood en 1993–.

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Chicos acostumbrados al trato de la comunidad negra en un momento reticente al mestizaje, aunque musicalmente la mixtura ya pareciese inevitable. Personajes estancados y destacados a propósito sobre campos blancos, y que sólo pueden dejar escapar sus cánticos hirientes, las penas de “La cabaña del tío Tom” (1927) o las penurias de las mujeres de “El color púrpura” (1985). Pero no todos los retratos certifican una etapa de heridas abiertas: la divertida “O brother!” (2000) rompe las cadenas de la esclavitud y dibuja sus incansables peripecias gracias a una selección de melodías entre el gospel y el bluegrass que cortan de cuajo la gazmoñería de películas como “Amistad” (1997). Es la oportunidad de que cantantes negros se lancen a los locales y, ahora, su melancolía surja de los campos y ríos ocultos por los rascacielos. Ya no tiene sentido el «down in the river to pray» que sonaba en la de los Coen. “Ragtime” (1981), larguísima y densa radiografía psicológica de Milos Forman, y “Cotton Club” (1984), el maravilloso lienzo azul de Coppola, son los edificios más sobresalientes de un skyline donde despuntan los instrumentos de viento y los tonos graves. La manera en que ocupan la noche los hace protagonistas de sus propios biopics — “Leadbelly” (1976), sobre el cantante de blues y folk Huddie Leadbetter, en la línea del nuevo film de John Sayles, o “Deep blues” (1991)–.

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Musicales –el celebrado “Porgy y Bess” (1959), una especie de precedente al monopolio amoroso de “West Side Story” (1961)– y leyendas –“Ray” (2004) o cómo valorar una cinta a raíz del camaleónico esfuerzo de su personaje central–. Y como no puede ser de otra forma, el éxito conduce a la envidia y a que cantantes blancos se arranquen por blues –si tal expresión resulta aceptable–, como Dorothy Lamour en “Lulu Belle” (1948), y derrochen bohemia por cutres vodeviles que ya no se asemejan a los de Luisiana o Alabama — “Blues in the night” (1941)–. Como parte de bandas sonoras resulta socorrida, como motivo cinematográfico escasea dado el rechazo del público hacia historias musicales que enseguida demuestran un cariz racial –la reciente “The blue hour” (2007)–. El problema es que la música se ha arrinconado en los locales donde imperan el humo, los focos y los trajes apretados, en lugar de fluir como lo hacía en sus orígenes, con la naturalidad que atrajo a las discográficas. Un contexto mágico y colorido que pocos han mostrado más allá de la realidad social y el tópico del tipo con el banjo, y quizá Tom y Huckleberry se sintiesen más a gusto correteando entre “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (1997), donde resuenan el optimismo y las pianolas, que entre los secos acordes de las cadenas.

En las imágenes: Fotografía promocional de “Cotton Club” - Copyright © 1984 Zoetrope Studios, PSO International y Totally Independent. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “El color púrpura” - Copyright © 1985 Amblin Entertainment, The Guber-Peters Company y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 14 Marzo 2008

Al más puro estilo Peter Jackson, el exitazo de “Regreso al futuro” (1985) obligó al estudio a replantearse un rodaje simultáneo de las dos entregas siguientes. Lo que ellos no recapacitaron fue la cuestión más importante: cómo continuar el reto de subversión genérica e histórica –en lo que al cine norteamericano se refiere– cultivado en la primera parte. Se hacía inevitable voltear el sentido del título, un “Back back to the future” donde Marty McFly (Michael J. Fox) en verdad pisaba territorio inexplorado –el año 2015– y su presente se transformaba en un pasado… que añorar. Si con anterioridad el impulso se movía hacia delante, ahora Marty debe lanzarse hacia atrás, regresar a un mundo no perfecto, pero suyo. No por otro motivo el armazón de la trilogía se fundamenta en el caos como constructor de estabilidad. El riesgo corría a cargo de Zemeckis: si había clarificado su mirada irónica hacia los idílicos años cincuenta estadounidenses y hacia toda actitud consoladora en que cualquier tiempo pasado fue mejor, ¿cómo conciliar que Marty sienta añoranza por el pasado, por 1985?

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Muy sencillo: jugando con la idea temática de esos bucles espacio-temporales que en esta película alcanzan ya un nivel de estratosférica confusión. Sólo había que girar como un espejo el discurso para “Regreso al futuro II” (1989): el futuro retratado en 2015 es el reflejo deforme de 1955, un Hill Valley donde persisten las cafeterías retro –con un mini-Elijah Wood asomando por ahí–, los pandilleros, el trazado de las calles o el ayuntamiento, nexo de unión para los tres tiempos. Como también se hace necesario conectar con el presente de Marty, éste se topa con secuelas poco estimables de su entorno: monopatines –las Nike anticipando el product emplacement–, familia disfuncional con hijo estúpido y la decimonovena entrega de “Tiburón” (1975), dirigida por el retoño de Spielberg, Max. Para morirse del asco. Ya no hay nada que admirar en el futuro, éste es tan patético, hipócrita y antiestético como 1955, un mundo de gadgets más que de ciencia-ficción, algo que evitar con tanta pasión como aquel equivocado enamoramiento materno. Y nuevo guiño: esta vez la novia de Marty, Jennifer –cambiada por Elisabeth Shue– tampoco es testigo de los esfuerzos que él emplea en salvar su futuro matrimonio, y se pasa la película durmiendo en un porche a lo bella durmiente desplazada.

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Pero el concepto primordial en esta segunda entrega no es tanto el amor como el honor: Marty pelea a raíz de un insulto proferido por los macarras del pueblo, y que desencadena toda una hilera de desastres posteriores, en los que también está en juego el honor –la relación servicial con su futuro jefe y un posible despido–. Los viajes temporales pretenden devolver el valor perdido a un presente que no se estima como merece: si en “Regreso al futuro” Marty adquiría confianza en sí mismo, ahora debe hacerlo en sus posibilidades, impidiendo la destrucción del reloj del ayuntamiento y, por ende, que los acontecimientos se fijen para siempre. De algún modo, Zemeckis venía a reivindicar el libre albedrío, que en lo cinematográfico se traduce en no aferrarse a determinismos pasados ni a expectativas futuras. No quisiéramos verle la cara al cine de 2015 demasiado pronto, cuando aún se desconoce la valía de lo que nos rodea. Asoma una paradoja en todo esto, como siempre que se manejan cruces temporales. Sólo espero que de verdad Marty evitase el estreno de “Tiburón 19″.

En las imágenes: Elijah Wood, las Nike McFly, Christopher Lloyd y Michael J. Fox en sucesivos fotogramas de “Regreso al futuro II” - Copyright © 1989 Amblin Entertainment, U-Drive Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.