clásicos.labutaca.net

 
sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
« Inicio | Archivo de la Etiqueta 'Ennio Morricone'
Domingo 23 Noviembre 2008

El cine da la inmortalidad a unas obras y sume a otras en el olvido. En un tiempo en el que pocos confiaban en que el western podía recuperar los gloriosos galones que John Ford o Howard Hawks habían ganado para este, un italiano demostró que no sólo era posible recuperar la fascinación por aquella mitología cinematográfica e histórica del viejo Oeste, sino incluso superarla con creces. Su nombre era Sergio Leone, y su pasión por el escenario fundacional de América, allá donde la vida bien podía valer un puñado de dólares y los límites de la ley luchaban por imponerse a los de la supervivencia, hizo del spaghetti western la mejor revisión posible (quizá, junto a Sam Peckinpah) de un género que volvería a vivir una segunda época dorada.

hastaquellegosuhora.jpg

Muchos han tomado la trilogía del dólar (“Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el feo y el malo”) como el irrevocable estandarte del spaghetti. Hay poderosas razones para creerlo. No olvidemos que se trata de la trilogía del hombre sin nombre, un Clint Eastwood que adquirió identidad propia en los anales del celuloide con un personaje anónimo, o la de las épicas construidas en torno a la codicia de los hombres en tierras poco respetuosas con las directrices del orden. Sin embargo, otros preferimos señalar “Hasta que llegó su hora” como el culmen de un cine que, nunca como aquí, destiló el hedor de tragedia que afectaba a cada esquina de un Oeste en construcción, dominado por el primitivismo del hombre y la venganza, siempre ineludible a este. … sigue >>

Miércoles 27 Febrero 2008

Un año atípico y, a la par, profundamente convencional en lo que al reparto de premios se refiere, merecía un Oscar® Honorífico distinto a la concepción de vieja gloria o gloria en activo con la que la Academia de Hollywood desea saldar deudas pendientes. No se concedía al ámbito técnico un galardón de este tipo desde el año 2000, cuando Jack Cardiff lo recibió por su trabajo en el campo de la fotografía. Después de nombres tan destacados como Sidney Poitier, Robert Redford, Peter O’Toole, Blake Edwards, Sidney Lumet, Robert Altman y Ennio Morricone, algunos anunciados con más o menos suspiro de alivio ante el olvido en las nominaciones y reconocimientos durante muchos años, la ceremonia de este año ha recuperado a Robert F. Boyle, director artístico cuyo trabajo nada tiene que ver con el barroquismo digital de “Sweeney Todd” (2007), ganadora del Oscar® en el mismo apartado. En activo desde la década de los cuarenta, la última participación de Boyle fue en “Muertes de invierno” (1979), una sátira gris basada en una novela de Richard Condon (”El mensajero del miedo”) que lo apartó de la faceta artística que casi treinta años más tarde le ha reportado la valiosa estatuilla.

 

Hasta ahora lo hemos podido ver asociado a tareas de producción e incluso en breves cameos –la generacional “Exploradores” (1985)–, pero el motivo de los aplausos que muchos no sabrían por qué secundar hunde sus raíces en clásicos maestros. Suyos son los decorados y ambientaciones de “El caso Thomas Crown” (1968),  “El cabo del miedo” (1962) o “A sangre fría” (1967), y los diseños de “Con la muerte en los talones” (1959), “Marnie, la ladrona” (1964) y “Los pájaros” (1963). Aunque la contundencia del premio no parece tan grande como al invocar un Elia Kazan o un Andrzej Wajda, y que oscuros designios son los auténticos responsables del reparto de los Oscar®, resulta remarcable que en lugar de proseguir la contradictoria tendencia de cubrir de oro al nombre de relumbrón se conmemore a las mal denominadas artes menores. Ojalá estos golpes de timón fueran síntoma de una sincera toma de conciencia y no de una estrategia más que la Academia pone en marcha para limpiar su prestigio en una industria cada vez más deslocalizada y transoceánica. Por lo menos sabemos que Robert Boyle no colocará al hombrecillo dorado en el baño y que, haciendo honor a su causa, encontrará la ubicación perfecta en el decorado de su casa.

En las imágenes: Una desapercibida Nicole Kidman entregaba el Oscar® Honorífico a Robert F. Boyle - Copyright © Michael Caulfield, WireImages. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “El caso Thomas Crown” - Copyright © 1968 The Mirisch Corporation, Simkoe y Solar Productions. Todos los derechos reservados.

Miércoles 2 Enero 2008

No hablaremos aquí de Truffaut, pues el título viene a cuento de la tan aplaudida como empalagosa fábula de Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso” (1988). Punto de iniciación para muchos cinéfilos en ciernes y acta de apoyo para aquellos que fueron acusados de cinéfagos fetichistas, la historia del proyeccionista Alfredo (Philippe Noiret) y el pequeño Totó (Salvatore Cascio) mezclaba el universal amor por el cine con el provincianismo de unos autores europeos que pujaban por ganar en la carrera de exportaciones y premios estadounidenses. Ganchos no le faltaban a un relato familiar, armonioso y suave que, como los mejores culebrones, combinaba los sucesos más trágicos con roces de comedia costumbrista y romances accidentados. El hilo unificador del artista famoso –y anónimo, quizá Tornatore redimiendo su talento al ficcionar acerca de su vida– que regresa al pueblo natal por la muerte de un viejo amigo, aparte de trillado, permite esa lectura tristona del tiempo perdido que tanto emociona al público de cierta edad.

 

Sin embargo, “Cinema Paradiso” no viene a colación por sus méritos o defectos, pues además me hastían un tanto las películas que se lamen sus propias heridas para ser bonitas; por otro lado, podría servirnos como un buen cierre-comienzo de año. La escena más repetida, pero la que de verdad emociona –efecto debido al compositor Morricone antes que al director– es el encadenado de besos de celuloide que Alfredo fue almacenando en una lata a causa de los descartes censores del cura. Sin distinción geográfica, se suceden rostros conocidos y desconocidos, todos tamizados por el –falso– ruido visual de una amalgama en blanco y negro –incluso en fragmentos de películas características por su Technicolor–. La máxima solidaridad de un arte sin fronteras, aun recogido en pedazos descontextualizados, felices o amargos, que por la concatenación in crescendo guiada por la música dan lugar a uno de los más bellos clímax metalingüísticos del medio.

Sobran los contraplanos del protagonista sentado frente a la pantalla, que subrayan con demasiada obviedad la emoción del momento, más tarde base para una vuelta de tuerca –de la recuperación de la inocencia a su pérdida– en “El embrujo de Shanghai” (2002), del no menos cinéfilo Fernando Trueba. Ahora que se han puesto de moda los besos multitudinarios para despedir el año viejo y recibir al nuevo, resultaría mucho más estético que de fondo se rindiera el mismo homenaje al cine, donde lo viejo nunca dice adiós. Donde los que se quieren siempre se reencuentran y los buenos propósitos perviven con la misma humildad que los nuestros en pequeños fotogramas. Un collar de joyas que fueron despreciadas y enterradas en una caja hasta que un espectador –con uno basta– admiró el brillo que les había impreso el paso del tiempo. Por el cine que nunca muere, el que renace con cada aniversario celebrado u olvidado, el que admiramos o despreciamos, y el que nacerá este año, bienvenidos sean los besos a 24 fotogramas por segundo, o lo que siempre se ha dado en llamar un beso de cine.

En las imágenes: Fotogramas de “Cinema Paradiso” - Copyright  © 1988 Cristaldifilm, Les Films Ariane, Radiotelevisione Italiana y TF1 Films Productions. Todos los derechos reservados.