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Jueves 15 Mayo 2008

Empiezan a circular las primeras opiniones en la sombra sobre “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (2008), y alguna de ellas particularmente dolorosa hace recordar aquello de que «esto no es arqueología, sino un acto de fe». En cierta medida, pero más moderada a causa del menor intervalo temporal, “La última cruzada” (1989) también supuso para el tándem Spielberg-Lucas lanzarse a la piscina con la nariz al aire. Los puntos a su favor: cerrar una trilogía natural y resarcirse del mal gusto dejado en boca de muchos a costa de “El templo maldito” (1984). Al contrario de lo que ocurre con ésta, la aventura de cierre de Indy –hasta ahora– parece la favorita de la mayoría de los espectadores, incluido el propio Spielberg. Y lo que dice Mr. SS va a misa, ¿no? Sin embargo, el orgullo contenido en esa afirmación encierra una paradoja: el nivel que alcanza “La última cruzada” se debe al fichaje de Sean Connery como el padre de Indiana, papel robaescenas y hasta planos –recuerden el beso entre el hijo y la austriaca mientras el pobre anciano se come los mocos–, sin el cual no habría sido posible la relectura del protagonista.

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Algo similar a lo que se espera con la introducción del personaje de su hijo (Shia LaBeouf) en la nueva entrega. Pero no nos lancemos hacia los soviéticos: Indy aún tiene que desbaratar la intrahistoria nazi, aunque sea haciendo frente al mismísimo Adolf Hitler –en un gag tan logrado como cuestionable: ¿no le habrían hecho llegar al Führer alguna fotografía de su enemigo durante la búsqueda del Arca de la Alianza, previa a estas peripecias?–. A Lucas le entusiasmaba la leyenda del Santo Grial –supongo que ya no tras tanto best seller de pacotilla–, pero en principio la historia giraría en torno a un castillo encantado. Craso error porque lo sobrenatural la habría acercado más al espíritu de “El templo maldito” que al tono bíblico de “En busca del arca perdida” (1981), cinta con la que comparte muchos más lazos fraternales. Tal vez el éxito de estas dos películas se deba a su carácter potencial, a un reclamo por las creencias que cualquier espectador puede plantearse como reales. La hechicería y los fantasmas pertenecen más al terreno de la superchería, pero ¿por qué no podría localizarse la copa de Jesucristo? –no, ahora que no vayan corriendo a Iker Jiménez millares de ermitas con vasos cochambrosos–.

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Un detalle que puede jugar también en contra de “El reino de la calavera de cristal”, sobre todo ahora que las susodichas reliquias han sido demostradas como falsas y apenas existe margen para la duda. En cualquier caso, Spielberg venía de producir “Poltergeist” (1982) –y dirigirla, a juicio de algunos–, por lo que quería perder de vista las televisiones y los ectoplasmas. Directos, pues, a la década de los treinta y al efectivo balance de comedia familiar y clásico de aventuras, aunque antes debemos retroceder un poco más. Fue George Lucas quien propuso que la ampliación biográfica de Indiana alcanzase también su adolescencia, por lo que se preparó el famoso prólogo donde River Phoenix encarnaba a un joven Henry Jr. Harrison Ford había actuado junto a él en “La costa de los mosquitos” (1986) y su aplaudido talento le precedía en cualquier prueba de selección. Unos breves minutos que, tras el conocido y desgraciado fin de Phoenix, adquirirían un valor superior que repercute en la película. En esta secuencia se aprecia la vuelta al talante humorístico y autorreferencial: al estilo de un tratado psicoanalítico, descubrimos que todos los trazos de Indiana tienen una procedencia justificada.

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Su admiración-repulsión por un misterioso arqueólogo que, atención, se llama Fedora y luce el susodicho sombrero y ropas de retrosexual, introduce al joven Indy en una aventura concentrada, origen de la serie televisiva. El látigo, la fobia por las serpientes y la cicatriz de la barbilla –que Harrison Ford se hizo tras estrellar su coche– encuentran su explicación dentro de unos vagones circenses que, asimismo, parodian la fijación de la saga por los obstáculos animales. Pero el capricho de Lucas va a mayores: se presenta –fuera de campo, eso sí– al padre, rígido y obsesionado con su diario, y… ¡al perro de la misma raza que la mascota de Lucas! Este episodio, que tiene como disputa la Cruz de Coronado, conecta con un tiempo presente y la misma estructura que “En busca del arca perdida”. Acción previa al regreso a la universidad, donde se imparten clases, las chicas admiran al profesor y Marcus (Denholm Elliott) irrumpe con más protagonismo. La clave de la nueva situación es que Indiana empieza a mezclar sus dos identidades –el traje con el sombrero mientras pasea por el campus–, acercándose peligrosamente al oficio de mercenario codicioso que tanto odió en aquel arqueólogo de su juventud.

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La prueba tendrá que ser diferente, que decía al principio, un examen de fe, resuelto en la magnífica escena final del precipicio. Y para poner las cosas en orden Spielberg llama a su inspiración, al primigenio James Bond, y lo coloca como necesaria muleta de un cojo que no quiere reconocer su minusvalía. El Dr. Henry Jones (Connery) se aparta de las secuencias propias de 007 –como la persecución en lancha por el Gran Canal veneciano– y aporta un contenido emocional y cómico muy efectivo –el padre resulta ser tan patoso y reacio a reconocerlo como el hijo–. Las distancias que los separan en sus métodos –violentos en el caso de Indy, pacíficos en el de Connery, como un simple paraguas o tinta de pluma– se acumulan con agudeza hasta un clímax que pretende unirlos sin fisuras. Lástima que Connery declinase su participación en la cuarta entrega y esa unión no fuese perpetua –y aquel duelo que se rumoreó entre el padre de Indiana y un malo malísimo interpretado por Clint Eastwood supuso uno de mis mayores entusiasmos enseguida pisoteados…–.

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Para recuperar el espíritu del original a pesar de estos añadidos, Spielberg no escatimó en localizaciones –otra de mis decepciones fue no encontrar la fachada de la iglesia-biblioteca cuando visité Venecia–, y que fueron filmadas en temporada punta, a prueba de sol y turistas –un calor que condujo a Ford y Connery a rodar la escena del zeppelin sin pantalones–. Para nosotros, la ubicación estelar no es Petra, la bellísima fachada jordana –y que volvía a despertar en Spielberg su pasión por David Lean, quien había rodado allí “Lawrence de Arabia” (1962)–, sino Almería, cuyos secos parajes sirvieron para la persecución en tanque. Otro homenaje explícito se desarrolló en la escapada en moto-sidecar, parecida al último tramo de “La gran evasión” (1963), y en el ataque de un montón de gaviotas que sufre la cabina de una avioneta, con la misma fiereza que el clásico de Hitchcock –aunque en el rodaje se emplearon pájaros falsos de relleno, plumas y palomas blancas–. Una sabia elección tras las plagas de arañas, serpientes y bichos, a las que se suma una de ratas –también mecánicas en los planos que muestran el incendio del subterráneo–.

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¿Deberíamos considerar a los nazis también una plaga? Con sus enormes castillos, maneras egocéntricas y detalles pintorescos, parecen criaturas de Lubitsch a punto de interpretar su trágico –y no por ello menos merecido– destino. La mirada opuesta al realismo taciturno que el director imprimiría en “La lista de Schindler” (1993), ese eficaz ejercicio narrativo y cuestionable, por no decir algo peor, disección moral. Retrospectiva de un tiempo y de un personaje, pasados por el hermoso filtro del hecho a mano, de las maquetas y los trucajes, cuando a Lucas le gustaba acariciar a sus creaciones. Me lo imagino como Indiana, deseoso por alcanzar el grial aunque se deje la vida en ello, y Spielberg tomándolo del brazo a duras penas: «Déjalo ir». ¿Habría sido lo mejor? La respuesta, al margen de los rumores que no dan la cara, en pocos días. Esperemos que no se cumpla la profecía contenida en el diálogo que Indiana y Panama Hat mantienen en “La última cruzada”: «¡Pertenece a un museo!» «¡Tú también!».

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En las imágenes: Fotogramas de “La última cruzada” - Copyright © 1981 Lucasfilm Ltd. y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 8 Enero 2008

Oculto por todos los grandes para quienes trabajó o cuyos éxitos se le cruzaron como referentes que enturbiaban sus propios logros, Preston Sturges pocas veces resuena al invocar los parabienes de la comedia clásica. Su nombre aparece cada vez más en las filmografías selectas y en las comparaciones del humor actual: entre elegante y popular, no fue un Lubitsch ni tampoco del todo un Wilder, como si quisiera apropiarse de un poco de ambos sin renunciar a ningún recurso efectivo, amando la comedia por encima de lo demás sin pretensión de escindirla del inevitable drama. Aunque es poseedor de algunas historias locas cercanas a la screwball, su espíritu benévolo le servía para raspar en algo menos amable, en la cara aburrida de la alta sociedad y en un sentido vital que el personaje de turno hallaba en lo que mejor sabía hacer, fuese igual o peor a lo deseado.

En el caso de “Los viajes de Sullivan” (1941), Sully (Joel McCrea) emprendía el lado oscuro de las odiseas por yermas tierras estadounidenses. Transportado a un mundo rural que nada tiene que ver con la solución rápida de las limusinas de la gran ciudad, este director de películas blanditas comienza a gastar suela… y alma. Sturges fabulaba con fina ironía y deliciosa melancolía acerca de la banalidad de su oficio y la prepotencia del narrador que, gracias a su supuesto don, se cree en el derecho de acceder a todas las realidades como su legítimo dueño. El esplendor de la industria hollywoodiense había ensuciado hasta ahora la mirada de un cineasta que sólo podía rodar desde la técnica y el manual de guionista. El proyecto que Sully lleva en mente sobre una película de los menos favorecidos –“O Brother, where art thou?”, título que los hermanos Coen aprovecharían para su relectura del mito odiseico y del acto de narrar en sí, lo que, unida a Sturges, la hace el doble de rica e interesante–; dicha perspectiva de romper con un tema nuevo su propio estereotipo de director predecible le lleva a conocer el territorio transfronterizo de las cámaras y las pantallas, el dolor y la miseria que no habría reflejado correctamente en su obra sin haberlos experimentado antes.

Aunque realista, a Sturges no se le escapa que su tarea es un privilegio y que el sentido de las cosas podía encontrarse allá donde estuviese uno: Sully, adormecido y desesperado, acude a una sesión de cine donde, para su sorpresa, todos los campesinos que antes sufrían y malvivían empiezan a reírse, carcajadas a las que él termina sumándose para recuperar su identidad y su sueño. Bien es cierto que el director sólo abandonaba su status por un breve tiempo, pronto rescatado por sus productores y los cálidos brazos de Veronica Lake, pero el período suficiente para hacer del más breve trayecto el más largo viaje. La reconciliación con la pantalla y con uno mismo, pues, protagonistas o autores, cada uno termina aceptando que actuar y crear son actos bien parecidos, como lo son, a veces, la vida y el cine.

En las imágenes: Fotogramas de “Los viajes de Sullivan” - Copyright © 1941 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 5 Diciembre 2007

Durante estas semanas se ha hablado largo y tendido –también aquí– de los aniversarios estrella del año: las 65 primaveras de “Casablanca” (1942) y las 25 de “E.T.” (1982) –aunque con el aberrante redoblaje en español de 2002 parecía ya una vieja de 85–. Pero, ¿qué es de las otras películas que también celebran su 65 cumpleaños y aún están a la espera de una celebración digna?

“Bambi” tendría que apagar sus velas –o un incendio forestal– con esa cornamenta que se le habrá puesto después de tanto tiempo. Más animales, o algo parecido: “El cisne negro”, de cuyo director, Henry King, también se celebraban este año 25 años desde su fallecimiento. Y la maravillosa “La mujer pantera”, de la que hablábamos días atrás, junto a su revisión “El beso de la pantera” (1982). No sólo Bogie luchó contra los nazies, Errol Flynn y ¡Ronald Reagan! le echaron más agallas en “Desperate journey”, de Raoul Walsh, además de “La señora Miniver”, tostón de William Wyler que sin embargo encandiló a los patriotas de la época, y la joya “Ser o no ser”, de Lubitsch. David Lean daba sus primeros pasos con “Sangre, sudor y lágrimas”, y John Huston sorprendía con ese drama tan divertido que es “Como ella sola” –la mala baba de Bette Davis nunca defrauda–. 

 

Fred Zinnemann, antes de prepararse para la misma guerra en “De aquí a la eternidad” (1953), firmaba “Eyes in the night” , una de esas pequeñas cintas de misterio rodadas en barrios artificiales, eso sí, con subtrama nazi. Más intriga, sin tintes políticos, en la hitchcockiana “Sabotaje” y la archifamosa obra de Hammett “La llave de cristal”. La comedia la trajeron “Todos besaron a la novia”, de los guaperas Joan Crawford-Melvyn Douglas, “Me casé con una bruja”, mucho mejor con la sibilina Veronika Lake que la psicodélica versión de 1958 con James Stewart y Kim Novak; el casi debut en la dirección de Billy Wilder, la divertida “El mayor y la menor”, y la parodia de los espionajes nazis en “Invisible agent”, con Peter Lorre. Y, sí, también cumplen 65 años las navideñas “El hombre que vino a cenar” y “Holiday Inn”… ¿Estaremos predestinados a verlas en Nochebuena? Aún así debemos reconocer en 1942 un buen año… ¿Sería igual de buena la cosecha que acompañó a ”E.T.” en 1982?

En las imágenes: Fotogramas de “La señora Miniver” - Copyright © 1942 Loew’s y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. “Bambi 2″ - Copyright © 2006 DisneyToon Studios y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados. “Ser o no ser” - Copyright © 1942 Romaine Film Corporation. Todos los derechos reservados. “El mayor y la menor” - Copyright © 1942 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “La llave de cristal” - Copyright © 1942 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “Holiday Inn” - Copyright © 1942 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 7 Noviembre 2007

Si Frank Flannagan –Gary Cooper, para más señas– no sabía amar, ¿quién podría hacerlo? Si París no ofrecía el marco propicio para enamorarse, ¿dónde buscarlo? Si los hoteles y los detectives no suponen una premisa de deliciosa confusión, ¿cómo aliñar el romance? Más allá de los cortinajes rosados que envuelven estas preguntas, “Ariane” (1957), una olvidada película de Billy Wilder, supone la evidencia encerrada en todos esos interrogantes: que el amor perfecto es posible, tiene nombre de mujer icónica –Audrey Hepburn– y su inocencia e ingenuidad no están reñidas con el sabor amargo de un suceso que en la vida real tildaríamos de imposible. Robándole estrategias a Lubitsch, el alumno brillante abría puertas y compartimentos de hoteles, balcones y fundas de violonchelo para cerrarlas con una fugacidad repleta de datos sutiles y reveladores.

 

La confusión de los camareros –y camareras, recordemos “Ninotchka” (1939)–, de las llamadas telefónicas y las suplantaciones de identidad aseguran siempre una eficacia humorística elegante y coqueta, como esas visiones parisienses que Wilder rodaba con cierta desmitificación fílmica y admiración de extranjero. Pero, aparte del padre preocupado, o los perritos entrometidos, o la vecina emperifollada, “Ariane” es un tratado de conquista para el hombre maduro. Acosado por una jovencita a la que dobla en edad y hacia la que no demuestra ningún afecto o pasión inicial, Flannagan va resquebrajando su costra de dandy rancio –con perdón de Pilar Miró– para postrarse a los pies de un amor que dura lo mismo que una noche en el Ritz, que un cuarteto de cuerda que cobra por horas, que un viaje en cualquier tren. Y lo consigue provocando la admiración de la Hepburn mediante champán, flores, picnics y listas interminables de mujeres del pasado.

 

A las cenizas sólo le quedan cenizas, viejos trucos, arrastrarse por la moqueta si hace falta para restituir el zapato perdido de esta particular Ceniciente parisiense, toda indiferencia fingida y dudas de adolescente que sólo buscaba una aventura antes de volver espantada a casa a la medianoche. La magia de Wilder consiste en que a la par que veíamos un feeling palpable, una comunicación limpia y graciosa entre la madurez estancada y la juventud descarada, nos percatábamos también del dolor que escondían tantas mujeres olvidadas, cuyos nombres se almacenan en una grabadora como latas caducadas en la alacena. La feliz unión del posible y del imposible en ese final que era al mismo tiempo estático y móvil, como un beso pasajero, como un romance más que recibe música de violines, pero que quizá termine grabado con voz metálica en una cinta de una habitación cualquiera.

En las imágenes: Fotogramas de “Ariane” - Copyright © 1957 Allied Artists Pictures Corporation. Todos los derechos reservados.