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sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
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Martes 27 Noviembre 2007

Querida mía, alguna vez habrás oído que alguien comentaba, alguna de esas mujeres estiradas con las que compartes cócteles en las fiestas, que «tras un sueño reparador…» Sandeces, no las escuches. Te venden frases en stock como si la droga en caja de rapé colocase menos. Sé que me gritarías si oyeses todo esto, querida, y que tu razón se opondría a las sensaciones ofuscadas que todavía arrastro de la noche. Es incomprensible que las propias ideas parezcan un sueño por la mañana. Que doce horas se concentren en dos de metraje, perdón, de sueño reparador. Pero querrás que concrete, que de una vez te explique por qué de repente me he desprendido de mi abrigo de ejecutivo –ya sabes lo tontos que somos en Manhattan, subiéndonos el cuello como si James Cagney siguiese gobernando los locales más exclusivos–. Simplemente, digamos, he perdido el sueño. No, qué digo, he ganado la vigilia. Mientras tú dormías, me he mantenido despierto. Y a la hora en que todos los cuerpos intentan dormir, intentan morir, yo he vivido.

 

No puedo describirte la atmósfera de Nueva York a altas horas de la noche. Cómo la polución acumulada durante el día apaga ahora las estrellas y sólo te guían los halógenos de los restaurantes chinos. En ese ambiente engañoso –si hubiera un apagón, si rompiésemos a pedradas todas las bombillas de las farolas, las calles caerían en la oscuridad absoluta. ¿Hay algo más falso que lo que no existe sin artificio?–, nunca puedes saber qué extrañas criaturas te saldrán al paso. Puede que hasta tu juventud perdida venga a susurrarte al oído. Te piden otra máscara, te piden que finjas de nuevo. O, peor revelación, descubres que tus instintos naturales son tan perversos que necesitas de la oscuridad y la careta para desenfrenarlos. Terminas añorando lo que aborreces durante el día. Querida, descubrí que soy un egoísta. Me escapé por mí y regreso por la misma razón. No hay mucho más allá de estas cuatro paredes, el espejo barroco lo resume todo en nuestra vida. He vuelto como un niño pequeño, borracho de temores. He vuelto por ti… Porque me da miedo estar solo.

En la imagen: Nicole Kidman y Tom Cruise en “Eyes wide shut” - Copyright © 1999 Hobby Films, Pole Star, Stanley Kubrick Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 25 Octubre 2007

A Vincent Price debían de verle unos trazos faciales demasiado sarcásticos como para ofrecerle papeles redentores –hasta que Tim Burton, criatura negra con alma blanca, quiso encontrar en el actor a su álter ego–. Ya en ese apreciable cuentecillo gótico de Joseph L. Mankiewicz, “El castillo de Dragonwyck” (1946), Price se convertía en el apuesto príncipe que somete a su aldea a un yugo de diezmos medievales. Su Próspero de “La máscara de la muerte roja” (1964) dibuja un trayecto circular desde su aparición en carroza hasta la apertura de una capucha que encierra su mismo rostro. El enorme escenario sobre el que articula Roger Corman el relato adquiere una movilidad casi física, al igual que los viejos espectáculos donde las tarimas rotaban una tras otra, según la ambientación de la escena. Junto al límpido salón de baile –completamente vacío para que las bromas y degradaciones a las que se someten condesas y duques se rodeen del eco de sus propias carcajadas–, seguramente inspirador del ritual de máscaras de “Eyes wide shut” (1999), Corman respeta el juego de habitaciones coloreadas de la historia original, escrita por Edgar Allan Poe, de tal forma que a partir de la amplia paleta de la sala central se diluyen las panorámicas hacia el blanco, el amarillo, el rojo, el negro.

Un descenso hacia el infierno que ya está implícito en el propio paseo diario del príncipe por su castillo. El mundo reducido a una colección de tapices, a unos representantes sociales que se encierran para huir de las amenazas externas –versión terrorífica del “Decamerón” de Boccaccio en el que Bertolucci también se inspiraría para sus “Soñadores” (2003)–. Una diminuta hacha marca el compás del paso del tiempo en el gigantesco reloj de Próspero –nueva referencia a Poe según la simbología de “El péndulo de la muerte” (1961)– y, situada la cámara tras ella, ve avanzar a una mujer, pronta a la entrega de su alma. El plano se rasga de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, mientras la imagen continúa incorrupta. Ni las amenazas de Oriente –representadas en una secuencia onírica– consiguen despertar a una cultura drogada por la vacua felicidad que le otorga un sistema de castas aún vigente. La Tierra no gira, nos dice Corman, es una panorámica horizontal de pulso firme que avanza sin tregua al retroceso, no como antónimo del progreso, sino como el cierre absoluto de las puertas del arrepentimiento y la razón.

En la imagen: Fotograma de “La máscara de la muerte roja” - Copyright © 1964 Alta Vista Productions y American International Pictures (AIP). Todos los derechos reservados.