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Lunes 15 Septiembre 2008

No, no es que el director neoyorquino se haya atrevido a hacer un remake de la obra de Wim Wenders, aunque algunos sectores casi echen de menos al Woody Allen que homenajeaba a Ingmar Bergman en “Interiores” (1978) o “Septiembre” (1987), o a Fellini en “Recuerdos” (1980), en comparación con la nueva mirada turística que pasea por Europa, tendencia que viene a confirmar “Vicky Cristina Barcelona”, cinta presentada en la última edición del festival de Cannes y que ahora se estrena en España. Tras completar su periplo continental junto a la familia, el mochuelo siempre regresa al nido —más aún si lo espantan los tiroteos del lugar al que emigra— y el próximo proyecto del cineasta, “Whatever works”, tendrá por escenario a Nueva York, cuna del querido guionista cuando aún era de Brooklyn y no llevaba sus gafas de pasta negra, y cuando empezó a lucirlas para hacer suyo todo Manhattan.

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Asentado su reino en bancos, planetarios y pistas de tenis en títulos tan representativos como la propia “Manhattan” (1979) o “Annie Hall” (1977), Allen podría regresar a la Gran Manzana cuando se le viniese en real gana, pero mientras la mansión se orea el gran hacendado aprovecha para irse de visita por otras fincas. Y antes de recalar en la ciudad condal, el pequeño Allen Konigsberg ya se había escapado de casa, comenzado por “Toma el dinero y corre” (1969), su segunda película como director, que rodó en San Francisco. Para “Bananas” (1971) se emplearon localizaciones en Puerto Rico para recrear el viaje del protagonista a Latinoamérica en busca de una revolución en la que alistarse para impresionar a su chica. Y la lista no se acorta: California en “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo… pero temía preguntar” (1972), visitó una Nueva York futurible en “El dormilón” (1973) con las apariencias de parajes y parques de California y Colorado, como Lakewood o Carmel Valley, y para ubicar la trama de “La última noche de Boris Grushenko” (1975) viajó a Budapest y París. … sigue >>

Jueves 6 Marzo 2008

En relación al tema del doble que comentaba ayer en el terreno futurista y de raíces expresionistas, cabría aclarar que los orígenes más remotos de este recurso argumental se hallan en el género de terror: Edgar Allan Poe anticipó la estratagema de “El retrato de Dorian Grey”, de Oscar Wilde, en su relato “William Wilson”, heredero del doppelgänger o supuesta existencia de un doble al mismo tiempo que la persona “imitada”. El inglés se inspiró en la cultura alemana, y el cine germano fijó su hambriento afán de desarrollar una industria cinematográfica propia en cualquier motivo gótico, fantasmagórico o legendario, inclusive el maestro Poe. Paul Wegener recuperó la legitimidad nacional de esta historia con “El estudiante de Praga” (1913), película codirigida por Stellan Rye –aunque en algunas ocasiones aparece éste como único director–, que anticipa algunos de los rasgos principales, en temática, del movimiento expresionista alemán. Para ahorrar derechos de autor, el guión rebautiza a William Wilson como Balduin –encarnado por el propio Wegener, como también haría en la segunda versión de “El Golem” (1920)–, el estudiante del título que, como cualquier estudiante de cualquier época, lo que anhela son las riquezas y el amor de alguna excelsa dama.

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Ésta resulta ser una condesa, Margit (Grete Berger), de imposible acceso, a menos que Balduin acepte la propuesta de un extraño personaje, Scapinelli (John Gottowt), que pretende ofrecerle todo el dinero necesario a cambio de una cosa que él tome libremente de su cuarto. Como no habría relato sin joven alocado, éste no teme ninguna desgracia cuando el benefactor escoge su reflejo. El juego de suplantaciones entre el “original” y el doble desencadenará el drama folletinesco, de menor importancia que la capacidad de abstracción del relato hacia el contexto posterior –y el referente que supondrá para obras como “Fausto” (1926)–. La vertiente dramática de la historia, explotada por Wegener antes de que las corrientes vanguardistas empezasen a potenciar las formas, redujo su protagonismo en un remake de 1926, que aún presentaba ciertos coletazos de la escuela Wiene, Lang y Murnau. Al contrario de “El Golem”, que en sus dos adaptaciones (1915 y 1920) fue dirigida por Wegener, el segundo “William Wilson” corrió a cargo de Henrik Galeen, con un carácter quizá más personalista, pero también más comercial.

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Louis Malle se atrevería con el mismo cuento y una estética barroca e inquietante en las “Historias extraordinarias” (1968) que codirigió junto a Fellini y Roger Vadim. La imagen más potente que escrito y películas podían regalar se halla en ese enfrentamiento irreal entre persona y espejo, entre ser y reflejo, como la anticipación de la lucha interna que dos Alemanias iban a vivir tras la derrota de la guerra y, décadas después, tras el segundo conflicto bélico. Hallar el motivo del terror en uno mismo, aparte de una constante en los psicologistas relatos de Poe, supuso una dura experiencia para un país que, como Balduin, se entrega a alegres decisiones sin saber reconocerse en las consecuencias derivadas. O, como expresaba el propio escritor inglés, según la maravillosa traducción de Julio Cortázar: «¿Dónde no tenía yo amargas razones para maldecirlo de todo corazón? Huí, al fin, de aquella inescrutable tiranía, aterrado como si se tratara de la peste; huí hasta los confines mismos de la tierra. Y en vano

En las imágenes: Fotogramas de “El estudiante de Praga” - Copyright © 1913 Deutsche Bioscop GmbH. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “El estudiante de Praga” - Copyright © 1926 Sokal-Film GmbH. Todos los derechos reservados.