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Lunes 10 Marzo 2008

Las hay mejores, la hay peores: no todas, evidentemente, exhiben el mismo nivel, pero sí que hay un componente ineludible, presente en todas sus películas, que caracteriza al cine de Sydney Pollack, y es el de la solvencia. ¡Qué difícil resulta aburrirse con cualquiera de ellas! Desde el más escrupuloso respeto a las convenciones de la narración fílmica —y, más concretamente, a las del género de suspense (en sus modalidades criminal, judicial o política, tanto da)—, las películas de este veterano realizador ofrecen pocas alharacas en sus rubros técnicos (los experimentos formales se los regala todos “tito Sydney” a Von Trier y sus chicos…), y pocas (menos aún, si cabe) fisuras en sus guiones, generalmente basados en best-sellers de novelistas más que contrastados en los géneros antes apuntados y, por lo común, excelentemente acogidos por las megaestrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense (de ahí que sus repartos suelan ser, simplemente, espectaculares). Desde esa perspectiva, “La tapadera” no es sino otra pieza paradigmática, que alumbra todos y cada uno de los asertos anteriores.

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Basada en la novela homónima de John Grisham y con Tom Cruise (que venía de firmar otro protagónico memorable del ramo, como fue el de “Algunos hombres buenos”) como protagonista principal —aunque no única supestrella presente en su reparto: por ahí deambula un tal Gene Hackman para darle adecuado contrapeso (aunque no sea en la más brillante de sus interpretaciones)—, Sydney Pollack nos deleita, una vez más, con una trama de progresión implacable, en la que se entremezclan de manera meticulosamente calibrada elementos de suspense (principales) y de drama (secundarios), y en la que, salvo algún pequeño bache narrativo (no es fácil mantener la cuerda perfectamente tensa a lo largo de 154 minutos), el juego entre bondad y maldad, honradez y corrupción, pureza y pecado, ética (difícil) y riqueza (fácil), se desarrolla de acuerdo a uno de esos crescendos de abogados, policías y mafiosos en los que las majors estadounidenses siempre han sentado cátedra. Y si es con Sydney Pollack dirigiendo la tesis, ya saben: normalmente, cum laude

En la imagen: Fotograma de “La tapadera” - Copyright © 1993 Paramount Pictures. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Jueves 22 Noviembre 2007

A Coppola, si ya sólo pudiese enclaustrarse en categorías de manual académico, le correspondería ser maestro de la lucha interna. Pocas veces se ha admitido en una trayectoria tan poco abundante la conciencia de una ambigüedad incómoda para el espectador. Del lado del recluido tras unos ojos diferentes, tal vez a causa de una magia que irradian sus famosas gafas de pasta, Coppola nunca nos ha hablado del héroe, sino de quien lo envidia. Harry Caul (Gene Hackman) espía y no sabe el qué. Ni de quién, o para quién. O lo que es peor: para qué. Esa insoportable ausencia de sentido le conduce a pensar que resolver el misterio de una misteriosa grabación podría redimirle de un oficio tan miserable, en el que tal vez haya sido responsable de alguna muerte. Pero ya no más: la pareja que pasea amigablemente por el parque merece ser salvada… hasta que Harry se dé cuenta de que sólo pretendía salvarse a sí mismo, tarea imposible en un sistema que castiga sin remisión al que espera escapar de él.

 

Todo este pesimismo existencial se nos ratifica en un estilo de fotografía realista, impregnada de ese dilema del punto de vista que se mueve entre la identificación con los personajes en pantalla –la pareja del parque– y la perspectiva del mirón. ¿Cómo acercarse a ellos y comprenderlos desde tan larga distancia? Coppola no pretende que lo consigamos, si no que, como Harry, dudemos de todo y todos. También de nosotros mismos, ordenadores de un enigma con cuyas piezas podemos construir figuras distintas. Aunque algunos podrían castigarla por su sobriedad expresiva, lindante a la impavidez argumental, en esa línea del ‘no sucede nada’ radica el virtuosismo de “La conversación” (1974), capaz de suscitar tantas reacciones sin golpes de efecto. Incluso las escenas más tensas se desarrollan tras una mampara de ensoñación, de technicolor irreal, que impide dejarnos arrastrar por nuestras primeras impresiones.

 

No hay redención posible, no se nos regala ni una sola imagen bonita, o una frase para el anecdotario, o una escena divertida Y, sin embargo, ¿de quién es la culpa? No es de Harry, obligado por su educación social a desconfiar de cualquier lector de periódico en una sala de espera. Destroza su apartamento, hueco, gris y con tímidos y patéticos toques que pretenden convertirlo en un hogar, como el papel pintado que arranca para encontrar un micrófono. Pero no es eso lo que busca, es una respuesta, es un atisbo de libertad que, finalmente, confía a lo espiritual. La estatuilla de una Virgen permanece intacta en la estantería hasta que se estampa contra el suelo. Tampoco estaba allí el micrófono. No queda fe ni esperanza. ¿Quién lo vigila y lo llama? Tal vez fuera el mismísimo Coppola.

En las imágenes: Fotogramas de “La conversación” - Copyright © 1974 American Zoetrope, The Directors Company, Paramount Pictures y The Coppola Company. Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos reservados.