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Miércoles 28 Mayo 2008

A una editorial listilla, espoleada por los descendientes del autor, se le ha ocurrido que la mejor manera de celebrar los cien años del nacimiento de Ian Fleming, escritor y periodista inglés que alumbró al personaje de James Bond, es sacar un nuevo título a la venta que, desde luego, no se trata de una novela inédita ni de un dictado de ultratumba. “La esencia del mal” servirá de excusa más para una nueva entrega cinematográfica, aunque para eso no hacen falta libros de por medio –siempre se puede recurrir a la repetición, caso de “Casino Royale” (2006), o a la inventiva del guionista de turno, como la próxima “Quantum of solace” (2008)–. Un 28 de mayo de 1908 nacía en Londres un niño hijo de parlamentario y de apellido científico que, sin embargo, rebasaría los límites de la ciencia y la tecnología punta con su imaginativo mundo de espías. Y cómo se retuercen las cosas cuando quieren: uno de sus primos es Christopher Lee, cuyo cumpleaños comentaba ayer. Pero, de nuevo, el protagonista de estas líneas no tuvo mucho que ver con el universo del actor de la Hammer.

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Criado en elitistas colegios como el prestigioso Eton, pronto vio frustrada su carrera política, quizá más acuciada por influencia paterna, y arribó en la agencia Reuters, donde sirvió como periodista hasta los preparativos de la Segunda Guerra Mundial. Llegó a ser comandante en la marina, mandato en el que concibió la nunca llevada a término operación Goldeneye –después una de las películas Bond y el nombre de su casa jamaicana– para mantener contactos en Gibraltar frente a las alianzas españolas con los regímenes fascistas. Y no sólo sirvió esta etapa como caldo de cultivo para futuros títulos, sino para conocer a hombres de carne y hueso que más adelante le inspirarían al famoso agente 007: los espías británicos William Stephenson, Michael Mason o Fitzroy Maclean, o el comandante Patrick Dalzel-Job, aunque Fleming siempre mencionaba que su referente directo había sido Cary Grant. Una paradoja cuando, a la hora de llevarse a la pantalla la primera versión, “Agente 007 contra el doctor No” (1962), el autor proclamó su preferencia por David Niven –quien aparecería en “Casino Royale” (1967), aunque Fleming ya no estuviese allí para verlo–.

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Claro que por aquella época Grant habría ofrecido un Bond canoso –o teñido, que es peor–. Pero antes del parto cinematográfico, el no menos licencioso y fiestero Fleming se recluye en 1952 en una isla de Jamaica, poco después de haber contraído matrimonio con Anne Geraldine Charteris –punto de partida para el biopic que podría tener a Leonardo DiCaprio por protagonista–. La vida marital es un mero trámite para las parejas acomodadas de los años cincuenta, de modo que el ex-periodista decide matar el tiempo aniquilando sobre papel a bandas de maquiavélicos soviéticos o malvados con ansias de destrozar el mundo. Bautiza a su álter ego con el nombre del autor de un libro de ornitología, uno de sus pasatiempos preferidos, y firma “Casino Royale”, publicada en 1953 y a la que seguirían otras trece novelas, todas ya llevadas al cine, y nueve relatos cortos. El agente al servicio secreto de su majestad sería el único rasgo de continuidad en sus libros, marcados por cambios de chica –la primera, Vesper Lynd, su amor truncado y encarnada en la gran pantalla por Ursula Andress y Eva Green–, de enemigos y de exóticas localizaciones.

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Simples novelitas de serie B que se transformaron en best sellers en cuanto el presidente Kennedy afirmó que le encantaba “Desde Rusia con amor” –después una de las mejores adaptaciones Bond y la última que pudo ver Fleming, fallecido en 1964–. El éxito de la saga 007 garantizaría sus ingresos hasta la siguiente generación y demostró que la literatura no era, después de todo, su necesidad vital –de las pocas obras ajenas al universo de espías que escribió, sólo destacó la novela infantil “Chitty Chitty Bang Bang”, también llevada al cine en 1968–. Recordemos que al agente James Bond le han dado rostro en celuloide Sean ConneryGeorge LazenbyTerence Cooper, Peter Sellers, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig, y para gustos la variedad de perchas que suman entre todos, y que el propio Ian Fleming ya ha tenido retratos ficcionados, aunque sólo para televisión: “Goldeneye: The secret life of Ian Fleming” (1989), con Charles Dance, y “La vida secreta de Ian Fleming” (1990), curiosamente interpretado por Jason Connery, hijo del actor que, para muchos, inmortalizó los rasgos del espía que nunca muere.

En las imágenes: Fotografía de Ian Fleming © 1960 GettyImages. Todos los derechos reservados. Detalle del cartel de “Goldfinger” © 1964 Danjaq y Eon Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de los créditos de “Operación trueno” © 1965 Danjaq y Eon Productions. Todos los derechos reservados. Escena de “Casino Royale” © 2006 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

Lunes 29 Octubre 2007

Aceptamos el mundo en dos dimensiones ante el que actuaban nuestros más antiguos ídolos, también los callejones de cartón piedra que desde luego no tenían salida y las lianas de tela que surgían de la nada, tangibles en un mundo de murales pintados. Incluso nos tragamos con nostalgia gratuita a esos conductores temerarios, casi siempre en descapotables, con el viento de frente y espontáneas furgonetas atravesando el inexistente flanco derecho –algún día trataremos los límites de la realidad en la escena del coche de Lana Turner en “Cautivos del mal” (1952)–. Entonces, ¿por qué no funcionan los descensos de esquí? No son más ni menos impostados que la pantalla móvil de una carretera. Sin embargo, algo falla, y muy gordo, y la respuesta la hallamos en tres puntos clave. En primer lugar, la cámara. El plano fijo sobre la capota de un Rolls Royce es posible y contribuye a la credibilidad de unas apariencias torpes y temblorosas. La misma mirada estática sobre el rostro de un esquiador, por el contrario, provoca más bien risa. Y es que el paisaje se eleva, desciende, sigue el transcurso de las lomas, y el personaje impone el ritmo a su modo, desconocedor del movimiento que se proyecta tras él. Un encuadre congelado duplica la broma del momento, subraya el contraste de tendencias opuestas y traza una danza pugilística entre figura y fondo, como si, en este caso, James Bond se pelease con las montañas.

 

Vale, esto podía aceptarse como un fallo técnico. Pero a continuación el guionista mete la pata y hace conversar a los personajes que descienden, como si fuese tan fácil mantener la cercanía, la legibilidad y el pelo en su sitio. Esta segunda causa es de índole narrativa: no podemos creernos que en plenos instantes de aceleración física alguien esté rumiando importantes revelaciones. Y menos aún cuando hay que hacer caso al partenaire, a los malos, a los árboles y a las banderitas que señalizan la pista. Bueno, esto último no importa en el ámbito dramático, un no rules land. Aunque parezca suficiente, la tercera razón es fundamental: al entorno y al suceso se suma el intérprete. Cualquier espectador puede aguantarlo todo, sin percatarse del esfuerzo que supone, si el protagonista se cree lo indecible. En el mundo clásico pocos esquiadores lo consiguen, porque siempre mantienen esa pose de buscar al gamusino, de entornar los ojos en el horizonte de los técnicos de plató, el cuerpo un tanto doblado, la piel limpia y tersa a pesar del aire helador que se supone les viene en contra. Sí, es igual de encantador que los descapotables, sólo que más gracioso. Impresión que puede chafar una tragedia –“Recuerda” (1945)– o rematar de por sí la comedia. O dónde me dejan si no a George Lazenby con esas gafas de Willy Wonka.

En la imagen: Diana Rigg y George Lazenby en “007 al servicio secreto de su Majestad” - Copyright © 1969 Eon Productions y Danjaq S.A. Distribuida en España por MGM Home Entertainment. Todos los derechos reservados.