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sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
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Domingo 23 Noviembre 2008

El cine da la inmortalidad a unas obras y sume a otras en el olvido. En un tiempo en el que pocos confiaban en que el western podía recuperar los gloriosos galones que John Ford o Howard Hawks habían ganado para este, un italiano demostró que no sólo era posible recuperar la fascinación por aquella mitología cinematográfica e histórica del viejo Oeste, sino incluso superarla con creces. Su nombre era Sergio Leone, y su pasión por el escenario fundacional de América, allá donde la vida bien podía valer un puñado de dólares y los límites de la ley luchaban por imponerse a los de la supervivencia, hizo del spaghetti western la mejor revisión posible (quizá, junto a Sam Peckinpah) de un género que volvería a vivir una segunda época dorada.

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Muchos han tomado la trilogía del dólar (“Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el feo y el malo”) como el irrevocable estandarte del spaghetti. Hay poderosas razones para creerlo. No olvidemos que se trata de la trilogía del hombre sin nombre, un Clint Eastwood que adquirió identidad propia en los anales del celuloide con un personaje anónimo, o la de las épicas construidas en torno a la codicia de los hombres en tierras poco respetuosas con las directrices del orden. Sin embargo, otros preferimos señalar “Hasta que llegó su hora” como el culmen de un cine que, nunca como aquí, destiló el hedor de tragedia que afectaba a cada esquina de un Oeste en construcción, dominado por el primitivismo del hombre y la venganza, siempre ineludible a este. … sigue >>

Martes 6 Noviembre 2007

En este mundo de paisajes horizontales los hombres se ven obligados a luchar por su existencia adoptando una verticalidad inquebrantable que se prolonga en los guardapolvos que les rozan las espuelas. Al menos, “Hasta que llegó su hora” (1968). Todos los demás elementos invocan una llamada de tierra y rendición: la calima que borra el relieve de los obstáculos, los ahorcados que desafían la sacralidad de las figuras abovedadas, el ferrocarril que llega puntual y reta la rigidez de cuatro hombres. Uno de pie, tres tumbados. Otro día cálido de ese paraje sin estaciones el mismo tren trajo a la mujer más hermosa imaginable (Claudia Cardinale), un gatopardo que arañaría sin sentido las fauces de los coyotes impasibles que lo rondan. Y todos, a su manera, la merecían; los buenos, los feos y los malos, porque Charles Bronson defendía a golpe de armónica un territorio honesto en vías de extinción, pero Henry Fonda quebraba sus ojos azules en las miradas malévolas más táctiles de su carrera.

 

Era cruel, era estiloso. Las simpatías incondicionales no impedían la admiración por el cuidado en el dibujo de cada arquetipo. Era sucio, era romántico. Un tempo marcado por el pulso entrecortado de un hombre que se muere. Era un musical, la parodia del género, era una elegía, el fin del western. Me enamoré del Oeste gracias a Sergio Leone. No, no le resto mérito a la influencia importantísima de John Ford, a quien también debo momentos mágicos, pero fue esta fábula la que borró mi objetividad respecto al western, inteligible incluso en “Regreso al futuro III” (1990). Después Leone clavaría tristezas mil con su flashforward, “Érase una vez en América” (1984). Pero ésa es otra historia…

En la imagen: Claudia Cardinale en “Hasta que llegó su hora” - Copyright © 1968 Finanzia San Marco, Rafran Cinematografica y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.