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Martes 8 Abril 2008

Se descuelga el auricular y una voz rasposa por el tabaco dice: «Te he encontrado». Como no hay dos sin tres, tampoco habrá femme fatale sin alguien que le remuerda la conciencia, ni un gángster sin que la misma persona le recuerde el sonido de los grilletes: el detective. No se trata de un triángulo amoroso –a veces sí, cuando la dama es lo suficientemente interesante–, pero los tres personajes han fundado una tríada imprescindible en el cine negro y derivados. Sin embargo, los modos del detective llegan a ser más impredecibles: vive entre un cristal rugoso con su nombre rotulado que lo separa de los demás y enormes ventanales que le ofrecen panorámicas reveladoras de la ciudad. Es un silencioso espectador del comportamiento humano porque su misión consiste en hacer cantar a los sospechosos. O a un pájaro, como el archiconocido Sam Spade de “El halcón maltés” (1941), aunque muchos crucen su nombre con el de otro notable investigador, Philip Marlowe (“El sueño eterno”), por poseer ambos el rostro de Humphrey Bogart.

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Su álter ego más renombrado, eficaz quizá, aunque otros como Dick Powell (“Historia de un detective”), Robert Montgomery (“La dama del lago”), James Garner (“Marlowe, detective muy privado”), Elliot Gould (“El largo adiós”) y Robert Mitchum (“Adiós, muñeca”) se encargasen del mismo rol en producciones cada vez menos avaladas por los años dorados de Hollywood. Mientras que el gángster y la femme fatale han encontrado sus evoluciones –así, a lo pokemon–, adaptadas a los nuevos tiempos, el detective salvaguarda una aureola demodé, su misma esencia se encadena sin remedio a actitudes nostálgicas. No en vano es él quien debe restituir el orden, cortar el grifo del alcohol ilegal y el contoneo de las mujeres suntuosas. Enfrascado en sí mismo y en su idea de cómo debería ser el mundo, en su gabardina, el bloc de notas y las pruebas que almacena en los bolsillos sin bolsa de plástico reglamentaria, el detective desempeña la función que ya a nadie interesa. ¿Ser el chico bueno? ¡Bah! Con el tiempo han ganado en humor –aunque ya encontramos buenos ejemplos en el inspector Clouseau de la saga de “La pantera rosa” y en Nora y Nick Charles, protagonistas de otra saga, “The thin man”–.

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Además, han conquistado el terreno televisivo, medio ideal para la fragmentación de sus aventuras y que ejemplifica la nueva imagen detectivesca: dura, rigurosa, institucionalizada, orgullosa de pertenecer a la CIA o al FBI –desde “Colombo” o “Twin Peaks” hasta “Expediente X” o “Ley y orden”, que no tienen demasiado que ver con antiguas series sobre el tema, como “Dick Tracy”, “Perry Mason” o “El detective cantante”–. En realidad, el problema del detective clásico es que está en el paro. Ahora todos imitan su papel: los médicos, los forenses, los adolescentes, las amas de casa, los periodistas –intrusión ya representada en “Alarma en el expreso” (1938)–. ¿Quién quiere a Sherlock Holmes o a Guillermo de Baskerville? ¿Alguien echa de menos a Jake Gittes? La reciente teleserie “Life on Mars” ha demostrado que están de moda otros tiempos, unos setenta ágiles y sin tabúes, donde el detective es la estrella y no la causa de la inquietud –caso de “La sombra de una duda” (1943), “Sabotage” (1936), “La dama desconocida” (1944), “Obsesión” (1943)–.

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Ya no se trata de manejar asuntos discretos en mansiones de ricos que se aburren, sino de pelear la calle, las de “En el calor de la noche” (1967), “Shaft” (1971), “Harper, investigador privado” (1966), “El silencio de los corderos” (1991), “Sin City” (2005) o “American gangster” (2007). El espíritu de Dashiell Hammett o Raymond Chandler sólo resucita en eventuales cintas de época demasiado impostadas –“El hombre que nunca estuvo allí” (2001)–, parodias –“Sleepy Hollow” (1999)– o sorprendentes actualizaciones –“El gran Lebowsky” (1998),  “Brick” (2005)–. Una indefinición a caballo entre la impasibilidad del detective del neo noir francés –“Detective” (1985), “El silencio de un hombre” (1967)– y la férrea escala de valores del viejo investigador privado –Charlie Chan, Miss Marple, Poirot, Michael Shayne–. En los tiempos que corren, las dudas carcomen las apariencias –“Brigada 21″ (1951), “Mystic River” (2003)– y al detective no le queda más credibilidad que la de su placa –de no haberla perdido– y las pruebas. Lástima que éstas las abandonase alguno en la barra de un club del Chicago de los 30. Habría que llamar a Scooby Doo y su Mistery Machine –los de dibujos sesenteros, por supuesto– para intentar ponernos en contacto con el Más Allá y que resuelvan el misterio de esos detectives huidos para siempre.

Anteriormente:

En las imágenes: Fotografía promocional de “La cena de los acusados” - Copyright © 1934 Cosmopolitan Productions y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Fotogramas de “La pantera rosa” - Copyright  © 1963 Geoffrey Productions Inc. y The Mirisch Corporation. Todos los derechos reservados. “Chinatown” - Copyright © 1974 Long Road, Paramount Pictures y Penthouse. Todos los derechos reservados. Imagen promocional de Charlie Chan - Copyright © 1944 Monogram Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Fotogramas de “Harper, investigador privado” - Copyright © 1966 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Sin City - Copyright © 2005 Miramax International, Dimension Films y Troublemaker Studios. Todos los derechos reservados. Y “Shaft” - Copyright © 1971 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Shaft Productions Ltd. Todos los derechos reservados.

Viernes 4 Abril 2008

Hollywood, la fábrica de sueños. Sueños, pasto de diván psicoanalítico. Psicoanálisis, fundamento de manual. Mediante un procedimiento parecido, los soñadores de la meca del cine llegaron a la conclusión de que sus fantasías sin límites aparentes también necesitaban una guía de manejo. Así, más por praxis que por vía académica, se fueron moldeando las piezas maestras del cine clásico: los arquetipos. Aunque el peso literario y teatral previo tiene mucho que ver en el asunto, no es menos cierto que algunos personajes han logrado una consistencia cinematográfica que determina las asociaciones visuales inmediatas. Por ejemplo, salir de discotequeo –o a hacer unas fotocopias, lo mismo da– y toparse con una mujer imponente y rostro pérfido. Ahí está, la femme fatale. Constan en los anales de la Historia más ejemplos reales de este arquetipo que habas en un huerto, pero su aura es tan poderosa que prácticamente ha dado pie a un género propio. Recuerden, si no, la obra homónima de Brian de Palma (2002), aunque el ñoño de Colin Firth protagonizó en 1991 una película de mismo nombre y en los remotos 1912 y 1917 ya existieron cintas mudas francesas bajo ese título.

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Las mejores no se exponían desde el titular como unas facilonas, sino agazapadas en un cast de campanillas o junto al nombre de una completa desconocida. Su apariencia lo indica: el flequillo en ondas ocultando medio rostro, los tacones sigilosos, el pulso inerte al sostener la copa y los labios que sólo se despegan para dar otra calada al cigarrillo, con o sin boquilla. Porque de boquilla iban algunas para luego derretirse ante cualquier presto mechero –o fósforo, según el mozo y la época–. Lo que le pasó a Lauren Bacall en “Tener y no tener” (1944) y “El sueño eterno” (1946), pero es que a Bogie no había lagarta que le cambiase el gesto, como a Russell Crowe con Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997). Se olvidaron de seguir el ejemplo de Phyllis (Barbara Stanwyck) en “Perdición” (1944), que sabía engatusar al más listo con sólo el tintineo de su tobillera dorada, un rol de altura al que sólo se aproximaría Martha Ivers –“El extraño amor de Martha Ivers” (1946)–, aunque llegados a este punto no se debe confundir a la femme fatale con la mala pécora. Huelga decir que de la segunda categoría hay muchas más y que no tienen preferencia por un género concreto, como las primeras y el cine negro.

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A pesar de ello, su halo de influencia resulta tan notable como una buena mafia organizada, por lo que pueden encontrarse especímenes en películas tan dispares como “La máscara de Fu-Manchú” (1932) –Myrna Loy tenía esos rasgos de gata en celo que provocaban escalofríos hasta cuando hacía de apacible ama de casa– o toda saga que se precie, como Bond –desde Pussy Galore en “Goldfinger” (1964) a Vesper Lynd en “Casino Royale” (2006)– o Indiana Jones –la doctora Schneider, una Veronica Lake nazi en “La última cruzada” (1989)–. Las de tomo y lomo –nunca mejor dicho, pues la mayoría proceden de inspiraciones novelescas– se esconden tras nombres elegantes o  infantiles, cuando no bajo capuchas o entre brumas preparadas de antemano –a costa de un cáncer de pulmón y un equipo de ayudantes de realización dándole al fuelle–:  Brigid –Mary Astor en “El halcón maltés” (1941)–, Kathie –Jane Greer en “Retorno al pasado” (1947)–, Evelyn –Faye Dunaway en “Chinatown” (1974)–, Cora –Lana Turner en “El cartero siempre llama dos veces” (1946)–.

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Elsa –Rita Hayworth en “La dama de Shanghai” (1947)–, Rachael –Sean Young en “Blade Runner” (1982), a falta del baile viperino de Zhora (Joanna Cassidy)–,  Julie –Catherine Deneuve en “La sirena del Mississippi” (1969)–, Joyce –Veronica Lake en “La dalia azul” (1946)–, Vera –Ann Savage en “Detour” (1945)–, Helen –Claire Trevor en “Historia de un detective” (1944)– o Ellen –Gene Tierney en “Que el cielo la juzgue” (1945)–. Los nidos de víboras no requieren ecosistema específico, y continuarán creciendo allá donde haya hombres –animadas en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” (1988), carnales en “Fuego en el cuerpo” (1981) o “Instinto básico” (1992), retorcidas en “La última seducción” (1994), vikingas en “El gran Lebowsky” (1998), poco creíbles en “La dalia negra” (2006), denigradas en “Munich” (2005), juveniles en “Brick” (2005)–. Ya saben cómo son los síntomas: embelesamiento, necesidad de retroceder la pista para entender diálogos que se han pasado por alto, compasión por el personaje hasta en su caída más humillante. Ay, si dieran un dólar por cada picadura de femme fatale

En las imágenes: Fotografía promocional de “Perdición” - Copyright © 1944 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de “La dalia azul” - Copyright © 1946 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Goldfinger” - Copyright © 1964 Danjaq y Eon Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma de “L.A. Confidential” - Copyright © 1997 Monarchy Enterprises B.V., Regency Enterprises, Warner Bros. Pictures y The Wolper Organization. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de Myrna Loy - Copyright © 1932 George Hurrell-MPTV. Todos los derechos reservados. Fotograma de “La sirena del Mississippi” - Copyright © 1969 Les Films du Carrosse, Les Productions Artistes Associés, Lopert Pictures Corporation y Produzzioni Associate Delphos. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Tener y no tener” - Copyright © 1944 Warner Bros.-First National Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Retorno al pasado” - Copyright © 1947 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.