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Sábado 5 Abril 2008

El complemento más codiciado por una femme fatale –eso como excusa para no reconocer que son ellas las complementarias– es un tipo bien trajeado, tan fumador como ella para que ambos se pasen desapercibidos mutuamente, de bolsillos llenos –y no de pañuelos para socorrerla en sus llantos– y nombre rimbombante. Colgarse del codo de un gángster puede parecerse a pasear un bulldog, aunque el perro tenga collar de diamantes y haga sus necesidades sobre alfombras rojas… La pareja resulta inflamable y él es el mechero. No lo negaría ni Tony, el líder de “Los Soprano” que recuperaron para la pequeña pantalla esa esencia perdida hacía varios años en las salas de cine. Entre la nostalgia retro y la crudeza con sorna, un mundo de oro, chándales con tacones y comida rápida. Ellos –y ellas– encarnaban una vertiente de mafia próxima a la generación de los setenta. El término mafioso puede y suele asociarse al gángster, aunque éste no tenga nada que ver con los matones –que trabajan para él– o los pandilleros de calle, los que no lucen sombrero ni metralleta.

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Vale, la familia Soprano tampoco, pero desde “El padrino” (1972) hasta “Uno de los nuestros” (1990) han aprendido a pasar desapercibidos, a enmascararse en otro tipo de ostentación más aristocrática, con toda la ironía que esa realidad lleva encerrada. Hombres que quisieran ser el ’Noodles’ de “Érase una vez en América” (1984) y que no les gusta ver en el espejo las cejas de Scorsese o la barba de Coppola juzgando sus decisiones. Por eso Tony, cuando le entraba la morriña, encendía la televisión para revisar un viejo clásico, y se reía y lloraba con escenas que a nosotros, ajenos a la mafia, nos provocan sensaciones muy distintas. Su predilecta, “El enemigo público” (1931), y su buen criterio se entrevé en la identificación con James Cagney, ese gángster olímpico al que Bogart llamaba “champiñón” en los rodajes. “Al rojo vivo” (1949), “Ángeles con caras sucias” (1938) o incluso el semi-musical con Doris Day “Quiéreme o déjame” (1955) bastarían para darle en los morros a Bogie, otro gángster habitual antes de redimirse durante la guerra, y que en “Callejón sin salida” (1937) se hacía llamar… Baby Face –chiste doble porque por aquella época corría el rumor de que los anuncios de una marca de potitos usaban un retrato suyo de bebé–.

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Quizá Cagney le gustase menos a Tony en “Los violentos años veinte” (1939), porque bebía leche durante la Ley Seca y la incoherencia es el peor estigma de un buen mafioso –como lo de ir al psicólogo, que también se explotaría en “Una terapia peligrosa” (1999) y secuela–. Por fortuna, su sentido del humor permitía que en la serie se colasen películas que se toman al gángster a pitorreo, como “Nacida ayer” (1950), a la que podríamos añadir la muy similar “Dama por un día” (1933), “Con faldas y a lo loco” (1959), “Cantando bajo la lluvia” (1952), “Pistoleros de agua dulce” (1931), “4 gangsters de Chicago” (1964), o “Bola de fuego” (1941), donde la leche la bebía –y recibía– el ‘bueno’. El tazón de helado se bambolea sobre su enorme barriga a costa de unas carcajadas que se esfuman pronto. Tony quiere ser Al Capone –serigrafiado en “Scarface” (1932), éste en “El precio del poder” (1983), también en “Los intocables de Eliot Ness” (1987)–, Little Caesar“Hampa dorada” (1931), clásico que por cierto no gusta a Scorsese–, Jack Carter –Michael Caine en “Asesino implacable” (1971)–, y tener una amante como “Gilda” (1946) o “La chica del gángster” (1993).

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Menos favorecidos los retratan en las negras “Atlantic city” (1980), “El largo Viernes Santo” (1980), “Underworld USA” (1961), o en las luminosas “El golpe” (1973) o “Amor a quemarropa” (1993). Los tiempos de la atmósfera gris y la beldad de melena rubia han pasado… para dar paso a lo mismo. Más renovados –“Layer cake” (2004), “Snatch” (2000), el díptico de Cronenberg– o estereotipados –“Dogville” (2003), “Camino a la perdición” (2002)–, cada vez más obvia su ambigua personalidad –“Muerte entre las flores” (1990) o “Donnie Brasco” (1997)–, tanto desdoblamiento convierte en perentoria la cita con la terapeuta. Y eso que Tony seguramente no conozca a sus compadres del polar francés –“No tocar la pasta” (1954), “Hasta el último aliento” (1966), “Mafia, yo te saludo” (1965)– y a los John Woo o Kitano que ensangrientan las urbes orientales. Por definición cinematográfica, el gángster tendrá su patria en Chicago o Manhattan. Después de años de férreo control sobre Jersey, no había mejor recompensa para Tony que los muelles de Nueva York.

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En las imágenes: Fotografía promocional de “Los Soprano” - Copyright © 1999-2007 Home Box Office (HBO). Todos los derechos reservados. Fotogramas de “The West Point story” - Copyright © 1950 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Al rojo vivo” - Copyright © 1949 Warner Bros.-First National Pictures. Todos los derechos serservados. “Scarface” - Copyright © 1932 The Caddo Company. Todos los derechos reservados. “El Padrino. Parte II” - Copyright © 1974 Paramount Pictures y The Coppola Company. Todos los derechos reservados.

Martes 27 Noviembre 2007

Querida mía, alguna vez habrás oído que alguien comentaba, alguna de esas mujeres estiradas con las que compartes cócteles en las fiestas, que «tras un sueño reparador…» Sandeces, no las escuches. Te venden frases en stock como si la droga en caja de rapé colocase menos. Sé que me gritarías si oyeses todo esto, querida, y que tu razón se opondría a las sensaciones ofuscadas que todavía arrastro de la noche. Es incomprensible que las propias ideas parezcan un sueño por la mañana. Que doce horas se concentren en dos de metraje, perdón, de sueño reparador. Pero querrás que concrete, que de una vez te explique por qué de repente me he desprendido de mi abrigo de ejecutivo –ya sabes lo tontos que somos en Manhattan, subiéndonos el cuello como si James Cagney siguiese gobernando los locales más exclusivos–. Simplemente, digamos, he perdido el sueño. No, qué digo, he ganado la vigilia. Mientras tú dormías, me he mantenido despierto. Y a la hora en que todos los cuerpos intentan dormir, intentan morir, yo he vivido.

 

No puedo describirte la atmósfera de Nueva York a altas horas de la noche. Cómo la polución acumulada durante el día apaga ahora las estrellas y sólo te guían los halógenos de los restaurantes chinos. En ese ambiente engañoso –si hubiera un apagón, si rompiésemos a pedradas todas las bombillas de las farolas, las calles caerían en la oscuridad absoluta. ¿Hay algo más falso que lo que no existe sin artificio?–, nunca puedes saber qué extrañas criaturas te saldrán al paso. Puede que hasta tu juventud perdida venga a susurrarte al oído. Te piden otra máscara, te piden que finjas de nuevo. O, peor revelación, descubres que tus instintos naturales son tan perversos que necesitas de la oscuridad y la careta para desenfrenarlos. Terminas añorando lo que aborreces durante el día. Querida, descubrí que soy un egoísta. Me escapé por mí y regreso por la misma razón. No hay mucho más allá de estas cuatro paredes, el espejo barroco lo resume todo en nuestra vida. He vuelto como un niño pequeño, borracho de temores. He vuelto por ti… Porque me da miedo estar solo.

En la imagen: Nicole Kidman y Tom Cruise en “Eyes wide shut” - Copyright © 1999 Hobby Films, Pole Star, Stanley Kubrick Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.