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sección de clásicos de la revista de cine LaButaca.net 
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Martes 24 Junio 2008

Hace poco hablábamos de la ausencia casi absoluta de celebraciones por el  50 aniversario de “Vértigo” (1958), la obra maestra de Alfred Hitchcock. Otro aniversario del director inglés, los 45 años de “Los pájaros” (1963) —tras un vergonzoso homenaje fotográfico de Latina Magazine y otro más digno de Vanity Fair—, no lo ha pasado por alto la marca de juguetes Mattel, que pretende conmemorarlo con una edición especial de Barbie caracterizada a lo Tippi Hedren, a la venta el próximo otoño. Supongo que con “Vértigo” han preferido no hacerlo, no sea que los articulables caigan en manos de un pervertido de la talla de James Stewart en la película… Para la protagonista de “Los pájaros”, en lugar de las cursis mascotas de las que se hace acompañar la muñeca rubia, esta vez tiene prendidos tres pajarracos negros que acosarán a nuestra Tippi particular por los siglos de los siglos en la estantería o vitrina de turno —aunque le falte una expresión más terrorífica y su mirada vítrea parezca sacada de su partenaire en la película, Rod Taylor—.

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No es la primera vez que Mattel aprovecha motivos cinematográficos para rascar el bolsillo de los coleccionistas —¿serán cinéfilos-deuvededistas agotados, o barbierianos clásico-compulsivos?—. En su catálogo ya han incluido Barbies y Kenes conmemorativos de “Grease” (1978) —les falta John Travolta, aunque ya es bastante muñeco en la vida real—, “Mary Poppins” (1964), “Alicia en el país de las maravillas” (1951) —si bien parece Alicia pecaminosa en otro territorio menos inocente—, o la famosa teleserie estadounidense “I love Lucy” (1951). La broma cuesta entre 40 y 180 dólares, frío dinero a cambio de que la muñeca más superficial del mundo inmortalice los aspectos más fetichistas de clásicos de culto.

En la imagen: Detalle de la Barbie-Tippie Hedren conmemorativa del 45 aniversario de “Los pájaros” - Copyright © 2008 Mattel. Todos los derechos reservados.

Viernes 29 Febrero 2008

¿Puede alguien imaginarse a Rambo con otro rostro que no sea el de Sylvester Stallone? El azar o la providencia, llámese X, permitió que este año el musculado actor se fuese de gira para promocionar la última entrega del ex-combatiente en Vietnam, pero, de haberse tomado otra decisión en 1982, el efecto mariposa nos habría privado de “John Rambo” (2008) o de una saga con continuidad física… La novela de David Morrell originaria, publicada en 1972, suponía un suculento proyecto de rentabilidad para cualquier productora, aunque los borradores pasaban de mano en mano sin que nadie se decidiese a abordar de forma tan cruda y directa el conflicto bélico dentro de las fronteras estadounidenses. Clint Eastwood pasó del tema, si bien no podría alegar remilgos ante la cantidad de violencia, lo mismo que Paul Newman, demasiado sofisticado por mucho Hud, Harper o indomable al que hubiese prestado cuerpo. Vista la entrañable estampa de abuelete cebolleta que ahora luce Clint y que Newman se ha retirado definitivamente de las pantallas, resulta difícil imaginárselos como protagonistas de la tetralogía. No surgió tan descabellada la propuesta de Sidney Pollack, quien enseguida asoció la vitalidad rebelde del personaje a Steve McQueen. La muerte del actor en 1980 habría impedido hasta rodar el primer capítulo.

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El siguiente rostro fue Al Pacino, cuyo motivo para rechazar el papel se basaba en la exageración y el exceso del personaje… Al año siguiente, estrenaría “El precio del poder” (1983),  en la que esa declaración se cachondea del personal, pues su Tony Montana destila todas las virtudes excepto la moderación y el equilibrio. Cada nuevo director asociado al proyecto proponía hileras de nombres que no condujeron a contratos preliminares ni a anuncios sólidos: Michael Douglas, Nick NolteSteve Railsback –quien ha terminado pisando otras sagas, como “Expediente X” o… “Walker, Texas Ranger”, ambas estrenadas en 1993, esta industria es un pañuelo–, ¡hasta John Travolta! –y por su culpa hoy tendríamos un remate cienciólogo a la lucha de Rambo–. Ninguno de ellos, a pesar de sus éxitos de taquilla, se había montado su propia película con el reconocimiento de tres Oscar®. “Rocky” (1976) afianzó definitivamente el caché de Stallone y lo encumbró al segundo mito de su carrera con “Acorralado” (1982), y, como ya hiciera en la saga del boxeador Balboa, prestó su propia pluma para los retoques de un guión en el que Rambo se debatía entre la vida y la muerte. El dinero impuso su decisión: el personaje viviría para otras tres secuelas, la sangre no había hecho más que empezar a derramarse colina abajo, hasta empapar la conciencia del género de acción norteamericano.

En las imágenes: Clint Eastwood en “Harry el Sucio” - Copyright © 1971 The Malpaso Company y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Sylvester Stallone en “Acorralado, parte II” - Copyright © 1985 Anabasis N.V. Todos los derechos reservados. Y Al Pacino en “El precio del poder” - Copyright © 1983 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Domingo 4 Noviembre 2007

Estamos ante un título fundamental del cine americano de los años 70. Una obra austera y magnífica, de las que se añoran cada vez más y que ganan con el paso del tiempo por la vigencia de los temas que presentan, en este caso las tristes y desoladoras realidades de una sociedad cada vez más degradada. Al Pacino y el llorado John Cazale, que venían de triunfar en la saga de los Corleone, continuaron en esta “Tarde de perros” ofreciendo interpretaciones portentosas. El primero nervioso, conteniendo la violencia y luchando por escoger la sobriedad como vía de escape a una situación desastrosa; el segundo, frágil y tembloroso, pero temible por la imprevisión de su talante emocional.

Tomando como punto de partida un extravagante atraco real a una sucursal bancaria, el guión de Frank Pierson realiza un retrato demoledor de la ferocidad de los medios de comunicación ─mucho mayor ahora, dos décadas después─, de las diferencias sociales y de clase, y de la peligrosa arbitrariedad de los juicios hechos por parte de una amorfa, anónima y volátil masa urbana descontenta y reaccionaria. Y lo hace sin renunciar a la comicidad, con un humor cáustico que permite colocar a Sonny en situaciones cotidianas llevadas al extremo, reflejadas sobre todo en las apariciones de su esposa y su madre. Por otra parte, la hipocresía de la gente de a pie se descubre a medida que evolucionan los acontecimientos: al principio, es considerado un héroe, un icono de la lucha obrera y de la rebeldía de la juventud; cuando se descubre su orientación sexual, clave en su motivación, las opiniones se dividen, y la comunidad gay, muda hasta ese instante, emerge con fuerza para apoyarle sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Y todo ello presentado con gran intensidad por Sidney Lumet, en una dirección firme que no tiembla en ningún momento.

Una comedia escandalosa, sí, pero también un drama profundo con un análisis de personajes y un estudio de caracteres de nota. Más allá de Pacino y Cazale, el reparto de secundarios participa de esta tragicomedia con brillantez, desde el estresado Charles Durning ─en principio, frustrado e incomprendido director del circo que le rodea─ hasta el estirado James Broderick, que no cede en ningún momento en una actuación cínicamente sobria. Sin olvidar una mención especial para Chris Sarandon en una aparición tan breve como soberana, seguramente la mejor de su carrera, pese a ser su primera participación en un largometraje. Decía John Tavolta en el prólogo de “Operación Swordfish” (2001), en recuerdo a este título, que hoy Hollywood sólo hace basura, que ya no se hacen películas como antes. No le falta razón, pero es que los tiempos han cambiado, y de qué manera. El circo mediático que presenta “Tarde de perros” fue en su día un caso peculiar; hoy, es el pan nuestro de cada día.

En las imágenes: John Cazale, ladrón de gatillo ligero, y un estresado Al Pacino en “Tarde de perros” - Copyright © 1975 Artists Entertainment Complex. Todos los derechos reservados.