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Domingo 16 Marzo 2008

Desde hace unos años el merchandising está convirtiendo a los personajes más atractivos de la Historia del Cine en reclamo de modas repetitivas e impersonales. La sorpresa es que la búsqueda de nuevos diseños ha abordado el ámbito de la animación, de tal forma que señoritas maduras y bien plantadas pueden atreverse a lucir una Campanilla en la prenda que se preste. Pero, y en contra de la leyenda popular, no existió conexión alguna entre el hada malévola de “Peter Pan” (1953) y Marilyn Monroe, otra habitual de los estampados y la glorificación más frívola. El estudio de las posturas humanas constituía un punto de partida fundamental para los animadores en dos dimensiones, a pesar de que los resultados parezcan menos realistas que una producción digital, y la hermosa rubia del boop-boop-de-boop nunca puso un pie en el estudio Disney.

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Por aquella época ya era actriz fetiche de Howard Hawks, y en el mismo año de estreno de “Peter Pan” ella arrasaba con “Niágara”, “Cómo casarse con un millonario” y “Los caballeros las prefieren rubias”. No así los animadores Disney, que estudiaron a fondo las líneas y poses de una morena, Margaret Kerry, para dar vida al personaje de Campanilla. La joven actriz –en cuyos rasgos faciales puede reconocerse más fácilmente al dibujo animado que en Marilyn– creció en producciones del estilo Garland-Rooney sin que sus dotes para la interpretación y el baile la convierteran en adolescente amada por América. Vinculada en sus comienzos a la RKO y la Fox, como muchas actrices de su generación terminaría trabajando para programas y sitcoms televisivas, además de prestar su voz a series animadas –“Clutch Cargo”, “Captain Fathom” o “Space Angel”–.

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Para “Peter Pan”, sin embargo, no hubo de emplear sus cuerdas vocales, sino potenciar aquello que nadie le había pedido hasta el momento: la gesticulación y la pantomima que hacen de las fotografías de ensayo conservadas fotogramas de cine mudo en decorados surrealistas –había que adaptar el atrezzo a las dimensiones del hada–. Campanilla no articula palabra: haciendo honor a su nombre –y el Tinkerbell original–, se comunica con movimientos groseros y un débil repique metálico. Razón de más para que la autenticidad de Margaret Kerry pasase desapercibida, aunque también posó y dio voz para la sirena pelirroja que vuelve celosa a Wendy en la isla de Nunca Jamás. Un olvido injusto que agregó una carga extra innecesaria de fama a Marilyn, quien sólo había posado para Playboy y que de sobra debía de comprender la dificultad del esfuerzo invisible al espectador. Y aunque parezca exagerado que alguien se empeñe con tanto énfasis en atribuirse el origen de un personaje animado, por lo demás, bastante insoportable.

En las imágenes: Margaret Kerry en los ensayos y fotogramas finales de “Peter Pan” - Copyright  © 1953 Walt Disney Pictures. Todos los derechoz reservados.

Martes 19 Febrero 2008

Tim Burton se atreve con el musical y eso me recuerda el contradictorio desprestigio del género, que hace de su decisión una locura al nivel de sus personajes. Si a todos nos gusta la música, ¿por qué no el musical? Porque es ridículo cantar y bailar en toda circunstancia, sin importar la hora… Indudable, pero el rechazo va más allá. Tampoco cuaja un experimento como “Across the universe” (2007), que emplea a los Beatles en supuesta reacción al amor que todos sentimos por ellos. Creo que la razón es más visceral que todo lo que pueda argumentarse, y que estas películas simplemente agradan o no. Reconozco que me gusta el musical, como no esquivo ningún género, pero tampoco trago con todas sus vertientes. La mejor, en mi inexplicable agrado particular, corresponde al esplendor de los cuarenta y la magia populesca transmutada en puro audiovisual de Arthur Freed. Pero para uno de mis musicales favoritos y menos difundidos hay que salirse del desparpajo de Stanley Donen: entra en escena mi poco adorado Vincente Minnelli con “El pirata” (1948).

Ambientada en un Caribe de telones y olas de cartón, el divertido toma y daca entre un actor farsante (Gene Kelly) y una jovencita bien (Judy Garland) se salda con hora y media de acción paródica, personajes valientes y, oh, fortuna, total ausencia de duetos sensibleros. Y es que la batuta de Cole Porter, compositor de las canciones, también podía arrancar auténtico aire de farsa –contra lo publicitado en la intragable “Noche y día” (1946) y en “De-Lovely” (2004), ese biopic-restitución que no pasaba de velo aterciopelado–. La rítmica “Niña”, en la que Gene Kelly se estrena con el español, o “Mack the Black” son números ágiles en manos –y pies– del famoso bailarín, protagonismo que comparte con una Garland más natural de lo acostumbrado. Las escenas oníricas de piratas, entre lo humorístico y lo artístico, harían envidiar hasta al mismísimo Jack Sparrow, pues además su histrionismo sería fan de la sobrecarga Minnelli –aún presente en el final, demasiado circense–. Por encima de “Cita en St. Louis” (1944), “Un americano en París” (1951), “Melodías de Broadway” (1953), o su más premiado y soso éxito, “Gigi” (1958), escojo este recomendable pasatiempo que podría hacer de hermano con “Brigadoon” (1954). Claro que, después de tan inquietos ritmos, el musical amoroso mejor lo dejamos para otro día.

En la imagen: Fotograma de “El pirata” - Copyright © 1948 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.

Lunes 17 Diciembre 2007

De falsos sabios es ya el aviso dado a los directores: trabaja con todo excepto niños y animales. El propio Hitchcock, a quien se acusaba de formular esta sentencia, tuvo que corregirse admitiendo que eso de hacer explotar una bomba –de mentira– en manos de un chico en “Sabotaje” (1936) estuvo muy mal. Y es que la pregunta del millón ya fue formulada por el humor irreverente de Chicho Ibáñez Serrador: “¿Quién puede matar a un niño?” (1976) ¿Qué director desalmado podría tratarlos mal en pantalla? Sin embargo, ahora que se acercan las producciones navideñas destinadas a un público infantil y pobladas de protagonistas en dicha franja de edad, las ansias asesinas –también de mentira– hacia determinados personajillos repelentes pueden convertir al espectador más paciente en un émulo del maestro del suspense. Esta tradición de estrellitas próximas a desintegrarse cuando les cambien la voz y la altura ha sido muy cultivada por la estructura hollywoodiense, aunque sigamos sin entender por qué eran actores y actrices tan queridos.

 

De Shirley Temple resultaba odiosa toda su persona, niña-muñeca –como Bette Davis en “¿Qué fue de Baby Jane” (1962)– que verbalizaba sus frases con la misma rimbombancia que un ángel robotizado mientras intentaba romper su apariencia ideal con travesuras cinematográficas acabadas siempre en risas y llantos felices. Ejemplo de ejemplos: “La pequeña princesa” (1939), referente de “La princesita” (1995) que rodó Cuarón con algo más de sentido común, pero la misma ñoñería folletinesca. Su álter ego masculino, Freddie Bartholomew, lucía la pátina de heredero mimado sometido a los azotes de la vida, por su bien y por el nuestro, aunque se mezclase en películas más estimables, como “Capitanes intrépidos” (1937). Ambos sufrieron el escepticismo de la industria a la hora de crecer y asumir nuevos papeles, al contrario de niños más afortunados que ya apenas se recuerdan por sus aportaciones infantiles, como Elizabeth Taylor, compañera leal de la perra Lassie en varias entregas o la más falsa rubia de las Amy en “Mujercitas” (1949). La misma suerte corrió para Natalie Wood, protagonista de la muy estacional “De ilusión también se vive” (1947), y para Mickey Rooney, quien logró librarse del encasillamento de la saga de Andy Hardy y de su emparejamiento musical con Judy Garland.

 

De la mayoría de esos niños adorables u odiosos que hicieron difícil la filmación –y, a veces, la digestión– de muchas películas, se perdió la pista: Mary Badham, la hija chicazo de Gregory Peck en “Matar a un ruiseñor” (1962), Jackie Cooper en “El campeón” (1931) y Rick Schroeder, el T.J. de “Campeón” (1979) que tantas lágrimas hizo derramar al público –y unos años después protagonista de un remake de “El pequeño lord” (1980), que en 1936 tuvo por estrella a Bartholomew–. Justin Henry, el objeto de litigo de “Kramer contra Kramer” (1979), Billy Chapin y Sally Jane Bruce escapando de “La noche del cazador” (1955), Chris Rebello y su shock en “Tiburón” (1975), los niños originales del primer Willy Wonka, “Un mundo de fantasía” (1971) o el inaugural “El pueblo de los malditos” (1960). Los mini-héroes de “E.T.” (1982), Henry Thomas y Drew Barrymore, y de “Exploradores” (1985), Ethan Hawke y el fallecido River Phoenix, han trazado caminos tan distintos que da qué pensar si en verdad existirá una maldición hitchcockiana. Si cuando la pantalla los transportaba entre algodones el fracaso parecía ser su última recompensa, ¿qué será de los nuevos niños de celuloide, convertidos en criaturas insolentes, alienadas o zombificadas? ¿Continuarán girando las tuercas y serán ellos quienes en un futuro nos dirijan a nosotros…?

En las imágenes: Shirley Temple en “La pequeña princesa” - Copyright © 1939 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Freddie Bartholomew en “El pequeño lord” - Copyright © 1936 Selznick International Pictures. Todos los derechos reservados. Elizabeth Taylor en “El coraje de Lassie” - Copyright © 1946 Loew’s y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Mary Badham en “Matar a un ruiseñor” - Copyright © 1962 Brentwood Productions, Pakula-Mulligan y Universal International Pictures (UIP). Todos los derechos reservados. Ethan Hawke en “Exploradores” - Copyright © 1985 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “[Rec]” - Copyright © 2007 Filmax Entertainment y Castelao Productions. Todos los derechos reservados.

Viernes 16 Noviembre 2007

Continuamos con el rastro del qué pudo ser en famosísimos proyectos para los que sonaron múltiples nombres, como ya comentábamos en torno a la Escarlata O’Hara de “Lo que el viento se llevó” (1939). Precisamente su gran rival en aquel año de gloria dorada para el cine y negrura para el resto del mundo fue “El Mago de Oz” (1939), cuya categoría de director estuvo ocupada por el mismo Victor Fleming de la película anterior –y digo ocupada porque sus tareas en la silla de mando no fueron las únicas… pero ese es un tema aparte–. La adaptación de la novela homónima de L. Frank Baum rondaba como una idea descabellada por los pasillos de la Metro, y el rostro de la futura Dorothy también empezaba a confundirse con opciones disparatadas –calibrando el resultado que habrían tenido dichas decisiones–. La apuesta más firme era sin lugar a dudas Shirley Temple, la odiosa, repipi, pateable y, sin embargo, enamora-taquillas actriz infantil. Por suerte, a la niñata la vinculaba un contrato a la Fox que no permitía cederla a otro estudio rival, por lo que nos libramos de oír el “Over the rainbow” al ritmo de sus calculados tirabuzones de pelo-Barbie –se me ponen los pelos como escarpias sólo de imaginármelo, y a pesar de que la escena finalmente rodada no tiene nada que envidiarle en glucosa–.

 

Con la segunda candidata se vivió el mismo rechazo: Deanna Durbin tampoco fue concedida por la Universal para el acariciado proyecto que catapultaría a la fama a cualquiera. Una tan cualquiera como Frances Ethel Gumm, alias Judy Garland, que venía de engrosar la saga de las aventuras musicales de Andy Hardy junto al incombustible Mickey Rooney. El inconveniente procedía de la edad de la intérprete, y las estrategias pensadas para ocultar sus formas femeninas más bien dieron lugar a descacharrantes rasgos del personaje –el perro siempre en brazos para disimular su pecho, las coletas crecientes y decrecientes que en un principio eran rubias… algo así como Natalie Portman en la escena del cura de “V de Vendetta” (200)–. Por descarte Judy Garland se hizo de oro, lo que provocó que otras muchas se tiraran de los pelos –o las coletas– por no haber seguido el camino de baldosas amarillas hacia la leyenda más eficiente y ñoña posible.

En la imagen: Shirley Temple en “La pequeña coronela” - Copyright © 1935 Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Judy Garland en “El Mago de Oz” - Copyright © 1939 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Loew’s. Todos los derechos reservados. Deanna Durbin en “Tres diablillos” - Copyright © 1936 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.