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Lunes 4 Febrero 2008

La última vez no se hizo de rogar. Ya desde el prometedor título se percibía el aroma de una putrefacción emocional en la que sólo se podía caer tras los destrozos de “Jezabel” (1938) y “La carta” (1940). William Wyler había demostrado que sabía ser muy oscuro, y Bette Davis que en rictus malévolos nadie se atrevería a retarla. Apenas un año después de su segunda colaboración, el dúo lanzó un adiós majestuoso con “La loba” (1941), personalmente mi favorita de las tres, y no suena descabellada la posibilidad de que en el microclima relampageante de la película se viesen reflejadas las iras y penas de una pareja en pleno fracaso íntimo. El vacío que la Warner contrajo con la producción previa –o bien un simple pago de deuda, como de forma extra-oficial se comentó– provocó la cesión de la actriz a la RKO, que sería la distribuidora de esta cinta producida por Samuel Goldwyn. O, tal vez, conocedores de la obra teatral que se representaba en Broadway, no deseaban que una historia así diese mala imagen al estudio –y al propio director, que al año siguiente regaló a la MGM la gallina del antibelicismo, “La señora Miniver” (1942)–.

Y es que habría que recuperar el título original –“The little foxes”– y admitir que el personaje de Bette, Regina Giddens, es una zorra de tomo y lomo –con perdón– que arrastra tras las largas colas de sus vestidos la sombra de una nueva clase alta capaz de chantajear, negociar y especular sin que los lazos familiares importen demasiado. La contradicción de Regina es que pretende firmar un contrato millonario para mantener su tren de vida: una apagada existencia de veladas esnobs, looks estropajosos, invitados orondos y cuartos cerrados, sin percatarse de la luz que traen a la lóbrega mansión su hija Alexandra –Teresa Wright debuta y se prepara para futuros trabajos con Wyler, como su suprema obra “Los mejores años de nuestra vida” (1946)– y su marido inválido –de nuevo Herbert Marshall tras “La carta”–, dos ejemplos del sacrificio opuesto al que se dispone la dueña de la casa. Capaz del mejor gesto al servir las copas, Regina se separa de sus máscaras cuando regresa a su hábitat natural, el silencio dominador, ejercido en ese afán escalofriante por limpiar el polvo del antiguo cuarto de su esposo y colocar las cosas en su sitio antes de que vuelva de la ciudad y las zalamerías puedan comprar su valiosa rúbrica.

Mencionábamos con anterioridad a Orson Welles, pues “La loba” bien podría servir como retrato vecinal de los Amberson en “El cuarto mandamiento” (1942), los mismos decorados amplios y asfixiantes, las escaleras con su rol de endeble jerarquización hogareña, próxima a cambiar. La acción apenas se despega de esos interiores que albergan más secretos que sus propios habitantes, y sólo una puerta cerrada da a Regina lo que quiere y a Bette el halago desmedido: el encierro perpetuo en ese ego arquitectónico, una vez que Wyler ya ha construido del todo su trilogía y se despide con un portazo, sin sopesar desde la lejanía el contorno del conjunto. Se trata de una extraña casa, como esas decrépitas mansiones victorianas, en el panorama de la filmografía Wyler, no tanto en la de Bette. Aún así, el miedo a acercarse a ella provocó que de nueve nominaciones a los Oscar® el equipo se fuera de nuevo sin nada. Sin embargo, algún vestigio invisible habían impreso en la industria: poco después John Huston se arrimaba a Bette para rodar el epílogo de este tríptico: “Como ella sola” (1942) es casi una parodia alocada de los personajes de Bette, pues ella solita se atreve a dilapidar fortunas, levantar prometidos, inducir a la muerte o el suicidio, atropellar inocentes y estampar el coche contra un árbol en apenas hora y media. Si las películas de Wyler no fueron suficientes, este compendio garantizó la carrera frenética en el cine de los espíritus pasionales como Bette, aun después de haber alcanzado la mayor gloria y genialidad en los brazos de Wyler, luminosos y cálidos como un día de verano que en su perfección ya anunciaba la inminente tormenta.

En las imágenes: Teresa Wright y Herbert Marshall atrapados entre las dos caras de Bette Davis, y un ejemplo del omnipresente decorado en “La loba” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.

Domingo 3 Febrero 2008

Si las cosas de palacio van despacio, las de los estudios aún con más razón. William Wyler y Bette Davis habían formado un perfecto tándem director-actriz, con sus bienvenidos elogios dentro y fuera de plató, pero aún tardarían dos años en cruzarse de nuevo por los laberínticos pasillos de la Warner. Wyler no contó con ella para la sosa versión de “Cumbres borrascosas” (1939) –habría sido una Cathy celosa y exorbitada–, y la actriz no daba el perfil adecuado para damisela sumisa de western en “El forastero” (1940). Todos lo sabían: se requiere melodrama con carácter urgente para salvar a estrella impetuosa del hastío –aunque el trabajo de Bette mientras tanto había sido el triple que el de Wyler y había conseguido otra nominación al Oscar®, por “Amarga victoria” (1939)–. La cita final fue de indiscutible necesidad: “La carta” (1940), según una obra de W. Somerset Maugham, combinaba protagonista misteriosa y sibilina con el exótico paraje de una Singapur trufada de trampas.

Desde la apacible secuencia inicial que deriva en estruendoso disparo en off, hasta un desenlace fantasmal, predicho en la mirada de algunos personajes y en detalles que redoblan la poesía de los silencios de Wyler. Resulta fácil leer en “La carta” una trama de telenovela condensada –aunque más rosa resulta la aplaudida “Memorias de África” (1985), también historia de plantaciones y amantes–: Leslie, mujer casada (Davis), asesina a un hombre, Geoffrey Hammond, alegando autodefensa, pero su marido (Herbert Marshall), abogado y fiscal no están tan seguros, sobre todo la esposa del muerto (Gale Sondergaard), que enarbola como prueba una carta del puño y letra de Leslie. Como en todos sus dramas, los implicados discuten mucho y el guión es prolijo en desvíos, reproches e ingeniosidades varias, pero lo mejor es aquello que no se escucha y que no se contempla. Durante las investigaciones desconocemos las circunstancias del crimen, al que se accede por medio de la violenta sorpresa de cualquier paseante nocturno. 

Leslie es un personaje difícil porque no regala apoyos al espectador, quien si se identifica con algo es con la garra interpretativa de Bette. Una Jezabel adulta y consciente del daño que inflige, aún así incapaz de evitarlo; portadora de una tristeza que sólo canaliza en el ganchillo de una filigrana blanca… La mortaja que añade inquietud a escenas aparentemente normales, como la presencia inadvertida pero determinante de un destino que la misma Leslie ha ido preparándose, y al que se ofrece sin resistencia. Un aroma muy Tourneur despedía ese paseo lánguido bajo la luna artificial, un paraje donde vivos que son fantasmas de sí mismos anhelan un respiro entre la opaca vegetación, los inútiles ventiladores y la música que prosigue la marcha de los delitos encubiertos. Una hermosa redención para dos pecadores que, al contrario de las tendencias actuales, sabían que su fructífera colaboración tenía fecha de cierre. Las cero estatuillas de siete nominaciones a los Premios de la Academia fue la primera espalda airada de un estudio, al igual que los de ahora, dispuesto a sacrificar los valores en pro del rendimiento.

En las imágenes: Fotograma de “La carta” - Copyright © 1940 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. E imagen promocional de Bette Davis en la misma película - Copyright © 1940 George Hurrell-MPTV. Todos los derechos reservados.