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Lunes 3 Diciembre 2007

Cuando el cine creía haber sentenciado todo lo repudiable acerca de la Segunda Guerra Mundial, dos franceses se atrevieron a seguir explorando esas ruinas olvidadas en el extrarradio, en alguna ciudad del Chugoku. Hiroshima siempre ha sido un motivo cinematográfico más recurrido frente a su hermana en desgracia Nagasaki, un memorial de vergüenza que pocas veces, como consiguió Alain Resnais, se ha unido a la destrucción atómica del hombre. Más allá de las secuelas físicas y medioambientales, que la película refleja en el recorrido crudo y fotográfico a modo de arranque, desprovisto de cualquier mirada tímida al desembarazarse de lo sentimental y lo políticamente correcto, “Hiroshima mon amour” (1959) contiene la paradoja de su título: el honorable, pero efímero, intento por arrancar los mejores valores de un ambiente destruido.

 

A través de la platónica relación entre una mujer francesa (Emmanuelle Riva) y un hombre japonés (Eiji Okada), desconocidos de noche que acaban descubriendo demasiado de sí mismos durante el día, afloran amores del pasado dinamitados con la misma crueldad que las vidas sesgadas a causa de la bomba. No es un tratado histórico sobre dicha explosión, ni un discurso solidario acerca de los japoneses, sino el frágil murmullo de cualquier víctima que ha perdido la voz. ¿Es necesario el olvido para la esperanza? ¿O sólo la reformulación, el nuevo nombre, el eufemismo, del dolor? ¿Podría éste llamarse Hiroshima, o amor? Lo que la guionista, Marguerite Duras, encuentra en su relato moderno y salpicado de flashbacks son piezas de ruinas que servirán para nuevas construcciones.

 

Inevitablemente contagiadas por el polvo del pasado –la pareja separada en un acto público por la inercia de la marabunta humana, al igual que en “Te querré siempre” (1954), de Rossellini–, útiles para afrontar problemas eternos –el repudio de la comunidad hacia la joven protagonista rapándole la cabeza, como en “La hija de Ryan” (1970)–. En un medio social que neutraliza la dignidad individual, Duras y Resnais apoyan con sutileza la sinceridad de las pasiones inquebrantables sin aprovecharse de la conocida explicitud de la escritora — “El amante” (1992)–. El gesto de volcar la cerveza sobre el vaso vacío de ella en lugar de ofrecérsela tal cual, y un abrazo recortado por piedras destrozadas –otra vez un futuro referente para David Lean– ejemplifican ese erotismo que une a las personas en un entorno gris, hostil y quebradizo, como este testimonio optimista para días de olvido y tristeza.

En las imágenes: Fotogramas de “Hiroshima mon amour” - Copyright © 1959 Argos Films, Como Films, Daiei Studios y Pathé Entertainment. Todos los derechos reservados.

Miércoles 24 Octubre 2007

A David Lean se le puede haber acusado de reciclar historias atemporales y estereotipos protagónicos. Un amor por la forma parejo al rechazo de quienes veían en sus películas las historias de siempre, lastradas por referencias literarias y oscuridades gratuitas que parecían conducir a una estética hueca y personalista. Con más detenimiento, inmensa paradoja, se descubre que lo que Lean pretendía analizar era el detalle de la eternidad en la exacerbada apuesta por el Cinemascope. Ese afán enamorado de lo inmenso encontró en la panorámica a su mejor Cupido. El rectángulo adquiere en la filmografía del director inglés límites que pretenden alejarse de las herencias pictóricas. Más fotografías que cuadros, los planos alargados de Lean quieren ensanchar la mirada, hacer que repare en lo infinito del horizonte para que la transición hacia el detalle sea no sólo más apacible, también más poética. Esto explica el sereno deslizarse del tiempo en esos planos fijos, como una mirada omnipotente que siempre dirige del cielo a la tierra. Empequeñece a sus personajes, les roba el aura sagrada de quien es dueño del encuadre, muy al contrario de lo que subrayan las novelas en las que se basaba, fuese “Doctor Zhivago” (1965), de Boris Pasternak, o “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert.

 

Tomando como ejemplo “La hija de Ryan” (1970), se descubre el interés de Lean: no debe importarnos tanto el destino de una muchacha. Al final, todo se lo tragará el entorno, el paisaje, la belleza. La evidencia del planteamiento narrativo y los lugares comunes del argumento se ven compensados por la distancia que la cámara recupera en cuanto se le presenta ocasión, aunque ello suponga sacrificar la línea rural de la película por otra paralela, más bucólica. El marido engañado coincide en pantalla con su mujer y el amante de ésta. Los dos últimos pasean felices, transportados a la fantasía que crean paralelamente a las reglas sociales, por ello mismo ataviados como en una época y un lugar que no les corresponde. Y qué mejor manera de conjugar la repugna por la infidelidad y la celebración de la complicidad amorosa que en pleno desierto, cuyo viento arrebola las faldas del vestido de ella como una flor que crece en un suelo árido. Lean coloca figuritas lejanas mientras retoca el telón y las tramoyas, jugando al teatro de lo absoluto, propasándose en sus labores de cinematógrafo, esperando la desaparición del diálogo, el personaje, el conflicto, el atrezo, para mostrárnoslo todo.

En la imagen: Fotograma de “La hija de Ryan” - Copyright © 1970 Faraway Productions. Todos los derechos reservados.