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Lunes 18 Febrero 2008

Si hace un tiempo comentábamos la importancia del diseño de créditos para la introducción o el significado de una película, a quienes no hace falta reivindicar es a sus más notorias cabezas visibles, responsables de una categoría muy reduccionista del crédito. El saneamiento de este arte se logró con creces en esos años sesenta y setenta, aunque según la trayectoria posterior de la técnica los discípulos no han aprendido demasiado de los maestros –o, a lo sumo, a imitar recursos ya ajados cuando no sucumben al manierismo digital–, y estos últimos son hoy tótems con los que todos parecen contentarse sin atreverse a perseguir algo nuevo. Sí, planea el nombre de Saul Bass, insigne colaborador en las secuencias de apertura de Hitchcock, y el diseño moderno invoca sus rasgos identificativos, geometría, colores, abstracción, dialéctica de líneas, hermanamiento de dibujo y letra.

 

Revolucionariamente sencillo, pocos han continuado los caminos abiertos por él –Kyle Cooper, Pablo Ferro o Geoff McFetridge–, y la escasez de ideas, pareja a la nociva nostalgia por lo que ahora parecen éxitos indiscutibles –clásicos que en su día también fueron repudiados y burlados–, ha pedido la propia repetición de Bass. Un conocido cinéfago como Martin Scorsese no pudo resistirse a contratar al famoso diseñador para sus obras, la mayoría de las veces inteligentes muestras de referencias recicladas y bien comprendidas. Encontramos así la sombra del pasado en los créditos-flashforward de “Casino” (1995), cuyo fuego final imita las llamas de “Éxodo” (1960), y Marty se pone en la piel del necrófilo James Stewart de “Vértigo” (1958) al violar su conocida imagen del ojo que deriva en espirales para los créditos de “Uno de los nuestros” (1990) y “El cabo del miedo” (1991). Imagen, por cierto, citada por Roman Polanski en los rótulos de “Repulsión” (1965) de manera más fiel y debida a una similitud temática.

 

¿Peticiones expresas de un director amante de la Historia de su oficio o regresiones reaccionarias hacia una estética que sirve para todo? La secuencia de créditos más celebrada de los últimos años –animación bidimensional en “Atrápame si puedes” (2002)– lucía un obvio etiquetado Bass, y algunos imitan hasta sus creaciones más recientes –las flores que se abren en “La edad de la inocencia” (1993) y la “Magnolia” (1999) del mismo título–. Tal vez un tiempo de sobreinformación como el nuestro necesite cada vez menos de los créditos introductorios, entendidos en su vertiente más funcional, de ahí que bastantes ejemplos brillantes sean reflejos de hallazgos de frescura aún vigente, pero que pronto caducará. Mientras los innovadores siguen preparándose –las productoras les facilitarían las cosas si existiese algún premio importante al respecto–, puede consultarse una representativa galería de Saul Bass aquí.

En las imágenes: Fotogramas de los créditos de “Repulsión” - Copyright © 1965 Compton Films y Tekli British Productions. Todos los derechos reservados. “Vértigo” - Copyright © 1958 Alfred J. Hitchcock Productions y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “El cabo del miedo” - Copyright © 1991 Amblin Entertainment, Cappa Films y Tribeca Productions. Todos los derechos reservados. “Éxodo” - Copyright © 1960 Otto Preminger Films y Alpha. Todos los derechos reservados. Y “Casino” - Copyright © 1995 Universal Pictures, Syalis DA, Légende Entreprises y De Fina-Cappa. Todos los derechos reservados.

Sábado 16 Febrero 2008

Su último estreno confirma la tendencia de una de esas promesas jóvenes, amparadas por un cineasta reconocido –Robert Altman, a quien ha homenajeado con descaro y de cuya película póstuma, “El último show (A prairie home companion)” (2006) se dice que rodó algunas escenas– y que en breve trayectoria consigue el reconocimiento que otros persiguen durante décadas. No demasiado prolífico –compagina sus fastuosas producciones cinematográficas con pequeños cortos experimentales–, Paul Thomas Anderson es el ejemplo de cineasta esnob que puede presumir de libertad creativa y productiva al tiempo que se ampara en los mayores estudios y las más brillantes estrellas. Los resultados, chocantes historias íntimas que parecen bucear tanto en la naturaleza de los personajes como en la imagen prediseñada de los actores que los encarnan.

Desde su primer corto y acercamiento a la industria, “The Dirk Diggler story” (1988), ha demostrado un interés inaudito en una década de escasa incorrección política –los noventa– por los asuntos más escabrosos del mismo medio que le da de comer: la vida pecaminosa, insensible o poco envidiable de seres venidos a menos, fracasados o idiotizados a causa del fasto audiovisual. Si en esa carta de presentación ya abordaba la industria pornográfica, tema absoluto en la divertida y maestra “Boogie Nights” (1997), su segundo corto, “Cigarettes and coffee” (1993) –no confundir con el título intercambiado de Jim Jarmusch–, sirve de preludio al cruce de extraños en la icónica “Magnolia” (1999). Antes de ambas, una cinta a caballo entre Scorsese y Mike Figgis, “Sydney” (1996), donde ya aparecían astros tan poco propios de un cine intangible como Samuel L. JacksonGwyneth Paltrow, y posteriores fetiches que, por fortuna, no han renunciado a las producciones difíciles, como Philip Seymour Hoffman.

Gracias a la disponibilidad de mayores medios, Anderson amplía y completa su visión de Dirk Diggler en el susodicho biopic de una estrella del porno, que en su escabrosidad no escondía tanto afán polemizador como los primeros anti-destellos del cuarto oscuro que significó “Magnolia”, coloso de una calidad quizá demasiado evidente, pero que lo encumbró en la Berlinale y en el prestigioso sello de las nominaciones al Oscar®. Luego vendría otro Paul –Haggis– a apropiarse de esa gloria sólo rozada con la imitativa en varios aspectos y en todos ellos facilona y sonrojante “Crash” (2004). Su siguiente estreno, “Punch-Drunk love” (2002), fue una preciosa mirada colorista al mundo de los perdedores. La palma de oro en Cannes no ayudó a evitar el total desapercibimiento entre parte de crítica y público, quizá por el regusto amargo de un romance peculiar –Adam Sandler y Emily Watson–, en el que cada ñoñería romántica se interrumpe por la entrada abrupta de otro género cinematográfico –de nuevo Hoffman en papel de matón–, mientras el clímax feliz se atrasa y se atrasa…

La recompensa es tan ilusoria –y benévola con la pareja– como las formas abstractas de los créditos. De esta película extraería material extra para un corto, “Blossoms and Blood” (2003), en mitad de la preparación de otro título sangriento, su última “There will be blood” (2007). El descenso a las cloacas temáticas de Paul Thomas Anderson se acelera con la misma rapidez que asciende su reconocimiento internacional. ¿Demasiado continuo, demasiado pronto? Sea un auténtico yacimiento petrolífero o una engañosa filtración, por lo menos parece reservar talento y enigmas suficientes para seguir adelante. Llamar a los gemelos Sunday Paul y Thomas –son Paul y Eli– habría confirmado la doble personalidad oscura del director, que sólo nos ha revelado a medias, en vista de una sorpresa aún inconcebible o un definitivo fracaso al estilo Michael Cimino. Lo que está claro es que él prefiere la puerta del infierno.

En las imágenes: Fragmento del cartel de “Magnolia” - Copyright © 1999 Ghoulardi Film Company, New Line Cinema y The Magnolia Project. Todos los derechos reservados. Y Paul Thomas Anderson en el Festival de Toronto - Copyright © 2002 WireImage. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Boogie Nights” - Copyright © 1997 Ghoulardi Film Company, Lawrence Gordon Productions y New Line Cinema. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “Punch-Drunk love” - Copyright © 2002 Revolution Studios, New Line Cinema y Ghoulardi Film Company. Todos los derechos reservados.