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Domingo 4 Mayo 2008

Si digo Billy Wilder todo el mundo aplaude –porque es dios Wilder, no porque lo diga yo–. Si digo Itek Domnici dejaré congelada a la platea. Como se habrá adivinado desde el título de este artículo, que para eso está, ese impronunciable nombre rumano corresponde al semidiós I.A.L. Diamond, el coguionista en el que Wilder confió la segunda mitad de su carrera. Zeus y Hefesto, mano a mano en la fragua de los diálogos que azotarían sus películas como una tormenta de rayos brillantes e irrepetibles. Pero me estoy desviando y eso supone un pésimo papel como narradora, que diría Robert Downey Jr. en “Kiss kiss, bang bang” (2005). Rumanía. Domnici. ¿Consigue un guionista extranjero y de apellido con sonoridad judía, así, por las buenas, adentrarse en el más prestigioso círculo hollywoodiense? Teniendo en cuenta la misma procedencia de Wilder y la astuta manera de rebautizarse de la gente del cine, parece que la idea no es descabellada. Existen diversas teorías acerca del significado de las siglas I.A.L. por las que optó Itek, aunque sus más allegados podían llamarlo Iz.

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Dicha elección sonaba a escritor de culebrones de categoría, a pseudónimo rutilante tras el que se esconde una identidad apagada y taciturna. Izzy Diamond. Su imagen y su trabajo desmienten estas rápidas asociaciones: un hombre bajito, con gafas y expresión tímida consiguió firmar algunos de los más atrevidos, descarados, desternillantes y hermosos guiones de la meca del cine. Pero él no fue la primera niña de papá, recordemos que Wilder había colaborado de forma estrecha con Charles Brackett durante la primera fase de su trayectoria fílmica. Wilder y Brackett componían un tándem perfecto y engrasado desde “La octava mujer de Barba Azul” (1938) para la Paramount, estudio donde se conocieron y que después convertirían en diana de su acerado desencanto en “El crepúsculo de los dioses” (1950), el último guión juntos y que se despidió de ellos con un Oscar®. ¿Por qué estrellar la moto después de un exitoso salto mortal? Incompatibilidad de caracteres, que suele decirse, aunque Brackett ya se había separado del director en “Perdición” (1944), por considerarla una historia demasiado libertina para sus principios, y que hizo subir a bordo a Raymond Chandler.

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Es en este momento, mientras Wilder se pasea solo por el despacho con su fusta y la máquina de escribir pide a gritos un aporreador diligente, cuando decide ahogar las penas en otro hombre. Y ningún sitio mejor para encontrarlo que una fiesta del Sindicato de Guionistas –los logros se consiguen de parranda, amigos, no en las aulas–. Entre whisky y bourbon, destaca el firmante de los libretos de varias películas con Marilyn Monroe: “Love nest” (1951), “Let’s make it legal” (1951) o “Me siento rejuvenecer” (1952). Wilder contrata a Diamond para su próxima película, “Ariane” (1957), que supone un fracaso en taquilla y el potencial fin de Diamond como confidente del director. Wilder se va a rodar por su cuenta “Testigo de cargo” (1957) y Diamond hace lo propio con “Loco por el circo” (1958), pero el recuerdo de aquella peliculita tonta y romántica demuestra que sus talentos compatibilizan tonos, sentido del humor y maneras de dinamitar los géneros. Así refuerzan lazos para “Con faldas y a lo loco” (1959), el detonante de una pareja sólida en el mundo del guión, responsable de otros diez proyectos, algunos de los cuales Diamond también produjo.

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“El apartamento” (1960), “Uno, dos, tres” (1961), “Irma, la dulce” (1963), “Bésame, tonto” (1964), “En bandeja de plata” (1966), “La vida privada de Sherlock Holmes” (1970), “¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?” (1972), “Primera plana” (1974), “Fedora” (1978). Diamond sólo volvió a escribir para otro director con “Flor de cactus” (1969), y parte de lo que concibió junto a Wilder nunca vio la luz, como el metraje eliminado, más de cuarenta minutos, de su película sobre Sherlock Holmes. Ganaron el Oscar® por “El apartamento”, y un cúmulo de otros premios y nominaciones avalaron su esfuerzo para el gran público. Aunque Diamond viviría hasta 1988 y Wilder murió en 2002, la despedida del cine de ambos fue “Aquí, un amigo” (1981), junto a otra pareja de actores predilectos, Jack Lemmon y Walter Matthau. Billy Wilder afirmó que el mejor director es aquél que no se ve. Según ese teorema, entonces I.A.L. Diamond, discreto y capaz de supeditar su ego, se contó siempre entre los mejores guionistas.

En las imágenes: Billy Wilder e I.A.L. Diamond junto al cartel promocional de “Con faldas y a lo loco” - Copyright © Ashton Productions y The Mirisch Corporation. Todos los derechos reservados. Fotogramas de “La vida privada de Sherlock Holmes” - Copyright © Compton Films, The Mirisch Corporation, Phalanx Productions y Sir Nigel Films. Todos los derechos reservados. Y “En bandeja de plata” - Copyright © The Mirisch Corporation y Phalanx-Jalem. Todos los derechos reservados.

Jueves 27 Marzo 2008

Otro más. No me lo puedo creer. Claro que a muchos Richard Widmark no les sonará tanto como Rafael Azcona. Dos cabalgan juntos, como aquel simpático y melancólico título que Widmark protagonizó junto con James Stewart en 1961. Y es que el actor, a sus 93 años de edad, debe haberse ido a la vieja usanza, caminando pausadamente hacia el horizonte característico de los western que marcaron su carrera. Las glorias del cine suman ya muchos años y su ida natural impone una necesidad urgente de repoblación y rejuvenecimiento en este panorama que, como siempre, aglutina tantas brillantes promesas como falsos ídolos. Entre ambos, los que pasaron desapercibidos al gran público a pesar de sus siempre eficaces intervenciones. Widmark era uno de ellos, el tipo de rostro familiar y nombre enseguida esfumado de la memoria, quien sin embargo consiguió lanzarse a lo grande –con un Globo de Oro y una nominación al Oscar® por “El beso de la muerte” (1947)– y pasear un estilo creíble y meditabundo, gracias a su apariencia de norteamericano medio.

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Aquel celebrado –y risueño– papel en el que asesinaba ancianitas sin remilgos ni sofisticados preparativos le condujo al género negro, donde mantuvo una expresividad impasible, próxima a resquebrajarse: “La calle sin nombre” (1948), “Noche en la ciudad” (1950),  “Manos peligrosas” (1953) o “Brigada homicida” (1968). El primero de los vértices de su coherente y equilibrada filmografía: los otros dos, por los que sería más recordado, fueron el cine bélico –“Situación desesperada” (1950), “El diablo de las aguas turbias” (1954), “Estado de alarma” (1965)– y el ya mencionado western“Lanza rota” (1954), “El jardín del diablo” (1954), “Desafío en la ciudad muerta” (1958), “El Álamo” (1960), “La conquista del Oeste” (1962)–. Casi siempre en la jugosa fila de los secundarios o de los protagonistas no aclamados por un físico de portada, Widmark era la baza segura de directores relevantes –John Ford, Jules Dassin, Robert Wise, Henry Hathaway, Samuel Fuller, John Sturges–.

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Y tuvo tiempo para vincularse a obras menores de Elia Kazan“Pánico en las calles” (1950)–, Joseph L. Mankiewicz“Un rayo de luz” (1950)–, Vincente Minelli“La tela de araña” (1955)–, Otto Preminger“Santa Juana” (1957)– y a las mismísimas curvas de Marilyn Monroe en “Niebla en el alma” (1952), en la que por desgracia las pasaba canutas a costa del papel más psicológico de la actriz rubia, el principal reclamo de una cinta bastante pobre. Aunque entre los brazos de ésta y los de Doris Day — “Mi marido se divierte” (1958)–, bienvenidas todas las psicosis de la Monroe. No caería esa breva: despidiéndose poco a poco en películas de segunda categoría o en los inicios de Stanley Kramer o el insoportable Taylor Hackford, Richard Widmark ya había lanzado su postrero resplandor en los plurales repartos de “Asesinato en el Orient Express” (1974) y “Vencedores o vencidos” (1961). Sólo un actor verdaderamente profesional sabría destacarse sin ser visto, respetar el trabajo colectivo sin apropiarse del plano y el elogio. Parecería el perfil de un vencido por la tiranía del star system, pero a los vencedores les bastan unos breves minutos.

En las imágenes: Richard Widmark en una fotografía de rodaje de “Santa Juana” - Copyright © 1957 Wheel Productions. Todos los derechos reservados. Y en un fotograma de “El beso de la muerte” - Copyright © 1947 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Martes 18 Marzo 2008

Se ha empleado hasta la saciedad el fácil juego de palabras que certifica a “Desayuno con diamantes” (1961) como una de las joyas del séptimo arte. Después del subidón de glucosa contenido en esas palabras, ¿de verdad se mantiene el fulgor que en su día mitificó a Audrey Hepburn? Tal vez el elevado precio que alguien pagó en la subasta de Christie’s por el vestido negro que inaugura los créditos afirmó el equívoco entre valor mitómano y valor cinematográfico. No hay duda de que las comedias románticas posteriores han heredado tantos rasgos de esta película que, revisitada hoy, puede provocar una sensación de vacío y déjà vu argumental. La pobre chica que conoce al pobre chico y… ya saben. El paso del tiempo ha subrayado asimismo algunas censuras con la novela original de Truman Capote, que hoy se antojan pudorosas omisiones: la desinhibición sexual de Holly Golightly, que incluso menciona el lesbianismo, su lenguaje soez y obsceno, la dejadez física a la que se arrastra –algo imposible en manos de los diseñadores Edith Head y Hubert de Givenchy–, y un final radicalmente opuesto al rodado.

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Todo a mayor gloria de la imagen pura y adorable que siempre desprendería Audrey, aunque Capote había pensado para el papel en Marilyn Monroe –¿similitudes con “La tentación vive arriba” (1955), aunque en esta película sea abajo?– y reconoció como fuente de inspiración a Carole Grace, esposa de… Walter Matthau. Curiosidades aparte, el resultado es el que es a causa del encanto de su protagonista, de la pluma de George Axelrod, guionista especializado en fábulas urbanas –“Bus stop” (1956), la propia “La tentación vive arriba” y, más adelante, “Encuentro en París” (1964), también con Hepburn–, y el director Blake Edwards, que tan bien arreglaba un roto como un descosido. ¿Dónde descansaba la mirada del responsable de comedias descacharrantes y ácidas críticas sociales durante el rodaje de “Desayuno con diamantes”? Se reconoce un ritmo ágil que aprovecha los vacíos verbales del guión para insertar detalles de humor silencioso –siempre que la banda sonora de Henry Mancini se aparta de los acordes del empalagoso “Moonriver”–, como esa fiesta en unos escasos metros cuadrados donde hay problemas con tocados capilares, cigarrillos, boquillas interminables, muebles multiuso y psicodélicos personajes –el vestuario de los sesenta empieza a hacer efecto, lo cual también perjudica a otras películas de Audrey Hepburn, como “Dos en la carretera” (1967)–.

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Muchos puntos en común entre dicha escena y “El guateque” (1968), quizá la obra maestra de Edwards, relación que estrecha aún más el denominado “momento guitarra”. Elevada a categoría de fotograma fetiche en este caso, de total efecto soporífero en “El guateque”, la pausa de chica con instrumento musical –que responde a una de las teorías del director acerca del equilibrio dramático– supone en “Desayuno con diamantes” el testimonio de la auténtica voz de la actriz, que hubo de ser doblada en el musical “My fair lady” (1964). Aún así, esta detención no colabora con la trama, pero no resulta tan grave como la redundancia de los coros parapapapa en la tarde de juerga que se corren Holly y Paul (George Peppard), antes de caer en los brazos del otro. Es esa primera mitad de película la que se beneficia de un tono ligero que no pretende ocultar la morbosa y subversiva trastienda de la historia, recuperado en breves trazos en la segunda parte, que se encarrila de forma irreversible hacia el manejo más blando de Edwards.

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Aunque la caída de Holly no se muestre con tanta contundencia y la música anticipe las expectativas, la famosa escena final bajo la lluvia posee una magia irresistible que vence la estupidez del cuento –hasta Oliver Stone la citó en una obra tan diferente como “Nacido el 4 de julio” (1989)–. De tanto frotar el diamante en bruto de Capote, Edwards obtuvo el brillo deseado por la industria y por esos miles de ciudadanos anónimos, como el gato de Holly, que vivían y soñaban al estilo de los perdedores neoyorquinos. De tanto contemplar la reliquia tras el cristal, cualquiera acaba pasando por alto sus grietas, su descomposición, sus colores diluidos. ¿Podría “Desayuno con diamantes” exponerse en las vitrinas de Tiffany’s, tal y como hubiese aplaudido su protagonista? En esta encrucijada de –mal llamadas– alta y baja cultura, la respuesta es sí: joyas con certificado oficial –los 800.000 dólares que se pagaron por el vestido de Audrey son una buena cifra– que pueden consumirse entre el café y el croissant de cualquier Starbucks.

En las imágenes: Fotografía promocional y fotogramas de “Desayuno con diamantes” - Copyright © 1961 Jurow-Sheperd y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Domingo 16 Marzo 2008

Desde hace unos años el merchandising está convirtiendo a los personajes más atractivos de la Historia del Cine en reclamo de modas repetitivas e impersonales. La sorpresa es que la búsqueda de nuevos diseños ha abordado el ámbito de la animación, de tal forma que señoritas maduras y bien plantadas pueden atreverse a lucir una Campanilla en la prenda que se preste. Pero, y en contra de la leyenda popular, no existió conexión alguna entre el hada malévola de “Peter Pan” (1953) y Marilyn Monroe, otra habitual de los estampados y la glorificación más frívola. El estudio de las posturas humanas constituía un punto de partida fundamental para los animadores en dos dimensiones, a pesar de que los resultados parezcan menos realistas que una producción digital, y la hermosa rubia del boop-boop-de-boop nunca puso un pie en el estudio Disney.

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Por aquella época ya era actriz fetiche de Howard Hawks, y en el mismo año de estreno de “Peter Pan” ella arrasaba con “Niágara”, “Cómo casarse con un millonario” y “Los caballeros las prefieren rubias”. No así los animadores Disney, que estudiaron a fondo las líneas y poses de una morena, Margaret Kerry, para dar vida al personaje de Campanilla. La joven actriz –en cuyos rasgos faciales puede reconocerse más fácilmente al dibujo animado que en Marilyn– creció en producciones del estilo Garland-Rooney sin que sus dotes para la interpretación y el baile la convierteran en adolescente amada por América. Vinculada en sus comienzos a la RKO y la Fox, como muchas actrices de su generación terminaría trabajando para programas y sitcoms televisivas, además de prestar su voz a series animadas –“Clutch Cargo”, “Captain Fathom” o “Space Angel”–.

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Para “Peter Pan”, sin embargo, no hubo de emplear sus cuerdas vocales, sino potenciar aquello que nadie le había pedido hasta el momento: la gesticulación y la pantomima que hacen de las fotografías de ensayo conservadas fotogramas de cine mudo en decorados surrealistas –había que adaptar el atrezzo a las dimensiones del hada–. Campanilla no articula palabra: haciendo honor a su nombre –y el Tinkerbell original–, se comunica con movimientos groseros y un débil repique metálico. Razón de más para que la autenticidad de Margaret Kerry pasase desapercibida, aunque también posó y dio voz para la sirena pelirroja que vuelve celosa a Wendy en la isla de Nunca Jamás. Un olvido injusto que agregó una carga extra innecesaria de fama a Marilyn, quien sólo había posado para Playboy y que de sobra debía de comprender la dificultad del esfuerzo invisible al espectador. Y aunque parezca exagerado que alguien se empeñe con tanto énfasis en atribuirse el origen de un personaje animado, por lo demás, bastante insoportable.

En las imágenes: Margaret Kerry en los ensayos y fotogramas finales de “Peter Pan” - Copyright  © 1953 Walt Disney Pictures. Todos los derechoz reservados.

Lunes 28 Enero 2008

Parece que nos ponemos frívolos, pero hablar del vestuario cinematográfico es tan relevante como hacerlo de la fotografía o de la banda sonora –el problema surge cuando el juicio de una película se absolutiza en alguno de esos elementos destacados o bien se extrapolan del todo fílmico: de nada sirven una bonita luz, una pegadiza melodía o un admirable vestido si no contribuyen a la historia–. Tras la selección elaborada por una famosa revista estadounidense, el podio de los personajes femeninos mejor vestidos se nutre de tópicos imperecederos y propuestas más rupturistas que, en realidad, sólo responden a corrientes de moda que pasarán más veloces que el gusto por los tamagochi –¿todavía fabrican de eso?–. No extraña, pues, encontrar a Audrey Hepburn y su incondicional Givenchy en “Desayuno con diamantes” (1961), Marilyn Monroe y su merengue de gasa en “La tentación vive arriba” (1955) –cuidadín: vestido de similares hechuras y movimientos ya apareció durante un número musical de “La pícara puritana” (1937)–, o Vivien Leigh y las cortinas de terciopelo verde que recicla para visitar a Clark Gable en “Lo que el viento se llevó” (1939).

Como enunciar a estas damas es como recitar la tabla del dos, las esnobs del estilismo han añadido a Diane Keaton en “Annie Hall” (1977) u Olivia Newton-John en “Grease” (1978) , pero, por mucho revival setentero que vivan las tiendas de ropa, me gustaría verlas por la calle con las pintas del “You’re the one that I want” sin parecer una pilingui de “Los Soprano”. Lo mismo sucede con Liza Minnelli en “Cabaret” (1972) cuando desde estas mismas publicaciones se ataca con dentelladas lobunas a toda actriz que se le ocurra pasearse por una alfombra roja a lo años veinte. Esta hipocresía de las formas lleva a que las elecciones de vestidos modernos se correspondan únicamente con cintas de época: Kate Winslet en “Titanic” (1997), Cate Blanchett en “Elizabeth: La Edad de Oro” (2007), Nicole Kidman en “Moulin Rouge” (2001) –que se ha colado a lo tonto, porque su cortesana debería estar en una lista de las mejor casi-vestidas, pero es que aquel collar de Canturi resultaba irresistible– y, encabezando la lista contra todo pronóstico, Keira Knightley en “Expiación” (2007) –justo es reconocer que el vestido verde de moaré que luce en la fiesta es deslumbrante, pero se pasea colgado en una desgarbada percha–.

 

Quizá antes no se concebían estos listados porque las actrices siempre intentaban lucir lo mejor posible y ahora, en estos tiempos de indecisión y mestizaje, se vuelve necesario un criterio de jerarquización, irónicamente repleto de referencias nostálgicas que confirman la indefinida personalidad presente. Los nuevos gurús de la moda alimentan estos criterios que sopesan la tela antes que el movimiento, como si estos vestidos ya no se paseasen por escenas de celuloide y se irguiesen inermes tras las vitrinas de una casa de subastas. Además, lo de ir bien vestido parece relativo en la función cinematográfica: ¿acaso no iba perfecta Greta Garbo en “Ninotchka” (1939) con aquel sombrero que hoy nos resulta espantoso? ¿Y por qué no rebuscar en el fondo del armario esos trajes que se quedaron fuera de la típica y autoritaria escala de diez?

 

Así, a bote pronto, recuerdo el vestido negro de Bette Davis en “La loba” (1941), la capucha de Kim Basinger en “L.A. Confidential” (1997), el frondoso Givenchy de Audrey en “Sabrina” (1954), los circenses ruedos de Deborah Kerr en “El rey y yo” (1956), la camiseta publicitaria de Jean Seberg en “Al final de la escapada” (1960), los vaporosos cintura de avispa de Elizabeth Taylor en “La senda de los elefantes” (1954), el derby de “My fair lady” (1964), la ágil falda de Grace Kelly mientras se cuela en el apartamento de “La ventana indiscreta” (1954), los psicodélicos conjuntos de “Barbarella” (1968), el provocativo atuendo de Lara en el restaurante de “Doctor Zhivago” (1965), los estampados escoceses de “Brigadoon” (1954), el bermellón de Claudia Cardinale al correr por una casa vacía en “El gatopardo” (1963)…, y un largo etcétera ecléctico del que ojalá dispusiéramos para nuestras ocasiones diarias. ¿Para qué conformase con diez vestidos pudiendo lucir uno nuevo cada mañana?

En las imágenes: Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes” - Copyright © 1961 Jurow-Sheperd. Todos los derechos reservados. Keira Knightley en “Expiación: Más allá de la pasión” - Copyright © 2007 Working Title Films, Relativity Media y Studio Canal. Todos los derechos reservados. Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba” - Copyright © 1955 Charles K. Feldman Group y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Kate Winslet en “Titanic” - Copyright © 1997 Twentieth Century-Fox Film Corporation, Paramount Pictures y Lightstorm Entertainment. Todos los derechos reservados. Olivia Newton-John en “Grease” - Copyright © 1978 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Cate Blanchett en “Elizabeth: La edad de oro” - Copyright © 2007 Motion Picture ZETA Produktionsgesellschaft, Studio Canal y Working Title Films. Todos los derechos reservados. Deborah Kerr en “El rey y yo” - Copyright © 1956 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Nicole Kidman en “Moulin Rouge” - Copyright © 2001 Bazmark Films y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Y Bette Davis en “La loba” - Copyright © 1941 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados.

Lunes 10 Diciembre 2007

La tirria por tal o cual actor o actriz no afecta exclusivamente a nuestro panorama contemporáneo, uno puede aborrecer hasta lo más profundo a un intérprete bien antiguo y ya fallecido, que aún así seguirá deseándole la re-muerte. Es una lacra personalizada según los gustos de cada aficionado, pero algunos actores lo tienen crudo para librarse de ella a causa de algún defecto que los hizo diferentes… para mal. Por ejemplo, un timbre de voz insoportable que puede arruinar la estampa de la más adorable de las rubias –de bote–. Y es que Jean Arthur –bautizada a sí misma en honor de Juana de Arco y el rey Arturo, ahí es nada– fue una mindundi del cine mudo hasta que la pantalla empezó a hablar y, a pesar de sus escasas aptitudes para la expresión oral, cayó en el reparto de imprescindibles películas, adorada por magníficos directores. ¿Acaso no tenían oído?

En su favor digamos que la chica disponía de un encanto único para la comedia y una planta de rubita frágil no tan exagerada como la de Joan Fontaine o Ingrid Bergman ni tan voluptuosa como la de Marilyn o Jean Harlow. Su pequeña estatura y sus andares de torpe orgullo podían pasar desapercibidos, aunque ya estuviesen anunciando su anatomía vocal: la de un pato resabido que pretendía conquistar a Cary Grant –“Sólo los ángeles tienen alas” (1939), “El asunto del día” (1942)–, Melvyn Douglas y Fred MacMurray –“Demasiados maridos” (1940)–, William Holden –“Arizona” (1940)–, John Wayne –“The lady takes a chance” (1943)– o Charles Boyer –“Cena de medianoche” (1937)–.

Una lista tan apasionante como la de sus directores, pues si John Ford –“Pasaporte a la fama” (1935)–, Cecil B. DeMille –“Buffalo Bill” (1936)–, George Stevens –“Raíces profundas” (1953)–, Frank Capra –“El secreto de vivir” (1936), “Vive como quieras” (1938) y “Caballero sin espada” (1939)– y Billy Wilder — “Berlín Occidente” (1948), quizá la película en la que los efectos de su voz son más inocuos, y donde constituye una delicia verla atrapada en la admirable escena de los archivadores–; si todos esos maestros recurrieron a ella, quizá es que algo compensaba el silbato atrapado en su garganta. Tal vez era tan buena cómica que sabía congeniarse con su peor aliado, o encarnaba a personajes tan inaguantables en un principio que aquel tono parecía inherente a su caracterización, o el productor era sordo y no le costaba dar un visto bueno. La razón no importa porque su presencia es insorteable en películas que adoramos y, nos revuelvan un poco o un mucho sus gritos y susurros, también tenemos que adorarla a ella.

En las imágenes: Jean Arthur hablando a James Stewart en “Caballero sin espada” - Copyright - © 1939 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Y callada en “El secreto de vivir” - Copyright © 1936 Frank Capra Productions y Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados.

Jueves 29 Noviembre 2007

A colación del último anuncio de Freixenet, firmado por Martin Scorsese, mi compañera Tònia mencionaba las reminiscencias a Hitchcock y en especial a un actor que enseguida disparó mis antenas repetidoras. Joseph Cotten no sería, de buenas a primeras, el hombre hitchcockiano por excelencia, y en vista de la susodicha campaña publicitaria yo esperaba una reelaboración de “Encadenados” (1946) y el famoso MacGuffin de las botellas de uranio –¿cava radiactivo? Que le guarden la idea a David Cronenberg para el año que viene–. Pues bien, debo reconocer que siento por Cotten una predilección de origen desconocido, aunque seguramente en ello tenga mucho que ver el maestro del suspense y su película favorita, “La sombra de una duda” (1943). Quizá porque se me cruzó en la misma etapa que a Charlie, la sobrina del actor en la ficción, y caí rendida a los pies del otro Charlie, el tío, el malo, el perverso. Cómo no amarlo cuando casi debutó en “Ciudadano Kane” (1941), repitió con Welles en “El cuarto mandamiento” (1942), esa obra enigmática y abrumadora, rescató a Ingrid Bergman en “Luz que agoniza” (1944) y la amó de forma irracional en “Atormentada” (1949).

 

Hizo lo propio con Jennifer Jones en “Jennie” (1948) y “Duelo al sol” (1946) –curiosamente la primera película vista por Scorsese–, y finalmente volvió en ayuda de su amigo Orson en “El tercer hombre” (1949). Le faltaban apostura, expresividad y un tono masculino férreo, pero tras su mirada lánguida y sus medias sonrisas había algo que conseguía definir su relación con el resto de personajes y los problemas ante los que apenas se inmutaba. Sabedor de su papel de segunda fila, protagonista en calidad de secundario, Joseph Cotten pasó desapercibido en los repartos y fue usado de colchón para otros intérpretes –Marilyn Monroe en la infumable “Niágara” (1953) o Joan Fontaine en “Sinfonía otoñal” (1950)–. En su mutismo se encerraba una mitad malévola y otra pacífica que no consigo separar entre sí ni en sus inesperadas apariciones en “Sed de mal” (1958) o “La puerta del cielo” (1980). Momentos de aplauso por un reencuentro inesperado, aunque años después descubriera la obsesión del actor por los payasos, seres a quienes aborrezco desde mi más tierna infancia. Al final no estábamos hechos el uno para el otro, y tuve que ir a despedirle a una estación de tren, adonde volvería alguna vez envuelto en humo negro.

En la imagen: Joseph Cotten amenazando a Teresa Wright en “La sombra de una duda” - Copyright © Skirball Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 15 Noviembre 2007

No fue la más guapa –cierta angulosidad de chicazo desafiante–, tampoco la mejor actriz –recluida en una impasividad que a veces parecía una exacerbación de su ánimo real, véase “Gran Hotel” (1932)–. Y, sin embargo, en manos de Clarence Brown o Fred Niblo Greta Garbo adquirió como pocas primeras damas del cine una categoría mítica entre su elegancia decadente y los guiños modernistas de su vestuario, aunque su efigie no haya inspirado a todo el merchandising que pulula sobre Audrey Hepburn o Marilyn Monroe. Quizá aumentaría el número de tropiezos y atropellos si las miradas se cruzasen por la calle con la de esta mujer de hielo nórdico que fue un misterio hasta para sus personajes. Y si bien nadie se ofrecería alegremente a una conversación o a un paseo con la Garbo de gesto torcido, es de justicia recordar las peleas encarnizadas que despertaba entre los hombres.

John Gilbert, una pasión auténtica, desafiando a duelo a Lars Hanson en “El demonio y la carne” (1926), como sombras recortadas en un fondo de teatrillo que, por rápido corte, revela el resultado de la contienda con un primer plano de una Greta ahora viuda… y libre. Impulsos violentos provocados por esta sibilina que podía derretirse en una situación extrema –el interrogatorio de “La dama misteriosa” (1928)– o derretir a los demás a sabiendas del peligro –en la misma “El demonio y la carne”, esa copa de vino misal que ella gira para beber en el mismo borde de su amado, en uno de los gestos eróticos más rotundos de su carrera–. Y cuando le dio por reírse en una cafetería parisiense el mundo se detuvo y todos abandonaron sus huevos con bacon para unirse a la broma, porque el misterio es absorbente, electrizante, imitativo, y podían aplaudir las mil máscaras de la Garbo sin que supieran nunca con cuál miraba al mundo y con cuál se estaba reflejando a sí misma.

En la imagen: Fotograma de “El demonio y la carne” - Copyright © 1926 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.

Lunes 5 Noviembre 2007

Treinta líneas no pueden compendiar ni treinta minutos de copieteos inter-fílmicos. Que cada película ha posado su vista sobre el hombro de la precedente es una práctica tan antigua, sabida, aceptada y aceptable que no merecería más atención que la de las enciclopedias de curiosidades. Claro que siempre hay alguien dispuesto a ofenderse, aunque nunca sea el sujeto plagiado –bueno, aparquemos a Danielle Steel y… –. De esos cinéfilos que o se enfurruñan porque han detectado con demasiada facilidad el referente –lo que se denomina ‘falta de originalidad’– o que ponen el grito en el cielo ante unas citas tan intelectuales y obscuras –lo cual se llama ‘pendantería’–. Por supuesto, sin faltar aquellas películas que, verdaderamente, son repetitivas o pedantes. El tema no es nada espinoso y abre lúdicas perspectivas de análisis, pero tuvo que venir alguien con riesgo de pedantería –para el gran público, por eso de ser europeo y experimentado– a ejercer la mayor repetición de todas.

Se llamó “Soñadores” (2003) porque Bertolucci, su director, supo insinuar que los cinéfilos viven un sueño perpetuo en el que, inconscientemente, se entremezclan piezas para, subconscientemente, formar significados propios y ajenos a lo sacrílego que firman los autores en pantalla. La película nos retrotraía al Louvre de “Banda aparte” (1964) –que, por otro lado, también da nombre a la productora de Tarantino–, en un montaje de exquisita factura. El trío protagonista, para no aburrirse –burguesía + Mayo del 68–, plantea un juego de adivinanzas que aluden a “La Venus rubia” (1932), “Scarface” (1932), “Sombrero de copa” (1935), “Freaks: La parada de los monstruos” (1932), “La reina Cristina de Suecia” (1933), “Al final de la escapada” (1960), amén de menciones a “El ángel azul” (1930), Marilyn Monroe, “Corredor sin retorno” (1963), “Persona” (1966), Buster Keaton, “Luces de la ciudad” (1931), y múltiples referencias musicales que también abarcan las bandas sonoras, como la de “Pierrot el loco” (1965).

 

La lista es lo suficientemente larga como para espantar al más sensible, por un flanco u otro, y ya la quisiera Brian de Palma para sí en alguno de sus clímax estrella. Lo interesante no estriba en quién copia más y mejor, sino en las intenciones del acto. En el pseudoexperimento de Bertolucci se ha visto de todo, desde genio hasta insensatez onanista. Es muy posible, sin embargo, que la película terminase contaminándose de la cadencia vital que ventilan sus personajes, encerrados siempre en paredes de papel pintado como el lienzo de las pantallas ante las que pasan el resto de las horas. Los flashes ajenos insuflan algo de aire a una cinta decadente y asfixiante, similar a una sauna hermética en la que Bertolucci va sudando, uno por uno, sus recuerdos cinéfilos mientras espera, como nosotros, como los estudiantes del 68, a que termine la pesadilla.

En las imágenes: Fotograma de “Soñadores” - Copyright © 2003 Recorded Picture Company (RPC), Peninsula Films y Fiction Films. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Banda aparte” - Copyright © 1964 Anouchka Films y Orsay Films. Todos los derechos reservados.