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Viernes 4 Enero 2008

Ni saloons destrozados por alguna bronca mañanera, ni estepas de indios que corren como búfalos, ni duelos de cinco segundos tras una espera inaguantable de diez minutos: el lugar de confluencia de todo western firmado por John Ford es el baile. Cita indispensable para asegurar la trama sentimental que, en ocasiones, resultaba más fuerte que la excusa-pueblo asediado –véase “Pasión de los fuertes” (1946)–, a la vez escena de descanso y fluidez visual, y acontecimiento estrella en las comunidades de colonos del Oeste decimonónico. Bailando se decidían filias y fobias, rangos militares y ojerizas entre bandas, robos materiales y hurtos emocionales, risas y puñaladas, familias y amores, que era lo que en el fondo le importaba al director del parche: el amor al hijo, al padre, a la tierra. Sin la suntuosidad narrada al estilo de crónica rosa, típica de películas de época, los saraos con los que Ford obsequia a sus personajes son más retablos particulares que sociales, tarimas o habitaciones –según el nivel económico de los lugareños– donde predomina el primer plano antes que la panorámica del que mira y bosteza hacia el espectáculo.

 

Así, un coronel de la talla de Henry Fonda –entrenando una mirada torcida que pocos, ni siquiera Ford, le explotarían–acababa bailando según su ley de vida: la marcha erguida y solemne; muy al contrario de unos tratantes de caballos que, como su género de venta, podían acelerar el desenfreno de una coreografía con tal de asombrar a la joven más buscada – “Caravana de paz” (1950) adelanta los cortejos musicales de “Siete novias para siete hermanos” (1954), una película muy fordiana de haberle gustado al director la frivolidad del musical, y que, más allá de las acusaciones machistas de las que suele ser objeto, resulta amena, divertida y encantadora aun con sus paisajes pintados a mano–. Cuando la banda arranca, ya nadie habla y el cineasta confía en la sugestión de los gestos, las invitaciones y las miradas que, en la estricta cuadratura de los pueblos y los fuertes, pueden al fin cruzarse sin miedo. Si se celebra un baile, habrá esperanza. Las historias más pesimistas de Ford carecían, precisamente, de él, bien porque el contexto no daba para juergas o porque algún maldito impedimento interrumpía dulces perspectivas. Que se lo digan a Wyatt y Clementine. Cuando el Oeste apenas lo poblaban cuatro gatos y cinco desalmados, acercarse entre sí era un lujo de danzarines. Y Ford, como en otras muchas cosas, repartió tesoros para contrarrestar la carestía.

En la imagen: Fotograma de “Fort Apache” - Copyright © 1948 Argosy Pictures. Todos los derechos reservados.

Lunes 12 Noviembre 2007

Hay vidas que se escriben por casualidad. La de John Ford en el cine es una de ellas, y la de sus personajes, también,  tema que abordaba mi compañero Julio Rodríguez Chico hace unos días. Pero si existe alguna historia que convierte el azar en una elegía del destino, ésa es “Pasión de los fuertes” (1946), la película que quien suscribe salvaría de una quema fordiana por su indescriptible y sincera belleza. Rodada en un blanco y negro violento y premonitorio, antes del lamento visual de “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962), y consciente de la fuerza dramática de los nubarrones en el campo abierto, mucho antes de que Eastwood emplease la misma lluvia simbólica en “Sin perdón” (1992), la versión romántica que Ford hizo del sheriff Wyatt Earp debe convertirse en referente de cómo abordar un género físico sin perder la compostura y al mismo tiempo ahondando más allá de lo establecido.

 

En vez de centrar la expectativa en el mítico duelo de O.K. Corral y convertir toda la película en un retraso engañoso de ese momento, Ford propone una justificación emocional del desconocido que llega a la localidad de Tombstone con una venganza en mente. No por casualidad el título original, recogido en la canción popular que abre y cierra la cinta, “My darling Clementine”, hace hincapié en que los tiroteos y las peleas de saloon adquieren su verdadero sentido por la tempestad interna del protagonista. Por supuesto, en su línea de sobriedad expresiva, Ford no pretende regalarnos escenas de melancólicos discursos o declaraciones directas. Sólo el baile indispensable en cualquier historia del realizador permite un acercamiento entre Earp y Clementine, interpretados con magistral sutileza por Henry Fonda y Cathy Downs, hasta consumarse en uno de los más poéticos finales de la Historia del cine, precedente del sacrificio de Tom Doniphon y de la sombra recortada de Ethan Hunt en “Centauros del desierto” (1956).

 

Pocas personas encajarían la idea de un discurso de Hamlet entre rudos vaqueros, pero Ford se atreve a introducir al personaje del actor Thorndyke, proporcionando tanto momentos de humor como el refuerzo de un trasfondo trágico. Del mismo modo que puede conjugar la sensibilidad con la firmeza, la sobriedad formal y la riqueza interna; contradicciones que alcanzan su punto álgido en la escena en que Earp protege de la lluvia el rostro de su hermano muerto, un momento que Ford nos repetiría de manera similar en “Tres padrinos” (1948) para recordarnos que el cine también nos previene a nosotros de historias que en la realidad serían demasiado crueles.

En las imágenes: Fotogramas de “Pasión de los fuertes” - Copyright © 1946 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.