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Viernes 20 Junio 2008

Como cada año, el American Film Institute, cuyos trabajadores deben de ser los más afortunados del mundo porque sólo parecen dedicarse a recoger votos sin que en el recuento salgan vencedores y vencidos; dicha institución, decía, acaba de sacar a la luz su enémisa lista. En esta ocasión pretenden clasificar lo mejor del cine comercial estadounidense del siglo XX en diez apartados, olvidándose de importantes géneros como el musical y dando importancia a otros menores, aunque bien queridos en su país, como el cine de tribunales, si es que una etiqueta así puede llegar a sonar bien. Las elegidas, tan tópicas como insorteables en cualquier clasificación que se precie, ofrecen poco margen de debate, ya que los listados del AFI se repiten anualmente con escasas variaciones. En el cine de animación encabeza “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), y la siguen otras nueve películas de la factoría Disney y Pixar, con la sola mención de “Shrek” (2001), de la Dreamworks.

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En comedia romántica, despunta una opción clásica, “Luces de la ciudad” (1931), seguida por los títulos más significativos de Cukor, Wyler, CapraMeg Ryan y “Harold y Maud” (1971), una cinta que fue repudiada en su estreno por los mismos críticos que ahora la aplauden. En cuanto al western, la primera es, cómo no, “Centauros del desierto” (1956), junto a lo más destacado de Hawks, Peckinpah, Eastwood o George Stevens, aunque entre ellas se cuele… ¡“La ingenua explosiva” (1965)!, una de esas comedias de saloon al servicio de Jane Fonda. En deportes, un género que sólo saben cultivar los norteamericanos, prima “Toro salvaje” (1980) antes de variadas cintas de boxeo, ciclismo, equitación, billar, fútbol, béisbol y baloncesto. Porque es inglesa, de otro modo no se entiende que “Carros de fuego” (1981), a pesar de que se trata de una infumable película, no esté entre las favoritas de los especialistas. Leer más >>

Miércoles 18 Junio 2008

El mérito siempre recae en el nombre que encabeza la producción, y un Ridley Scott o un Tim Burton se hacen con la paternidad exclusiva de los personajes que protagonizan sus particulares imaginarios. Sin embargo, en el cine la reproducción no es monogámica y, para que algunas de las imágenes grabadas para siempre en nuestra memoria ocupen su legítimo lugar, se necesitan muchas personas colaborando en la creación. Stan Winston fue el verdadero artífice de esas ideas locas que en la mente de Scott o Burton sólo eran entes abstractos y bocetos borrosos. Tras décadas de dedicación al mundo de los efectos especiales, el maquillaje y las maquetas, este artífice de la fantasía creíble en un sistema de rigidez comercial fallecía a los 62 años de edad el pasado 15 de junio, en su residencia de Los Ángeles. Ciudad que pisó por primera vez en 1968, cuando acudió, al igual que tantos otros incautos, a la sombra de los rótulos de Hollywood en busca de una oportunidad como actor cómico.

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Ésta no se presentó nunca y Winston, gracias a su titulado previo en escultura y pintura en la Universidad de Virginia, entró en calidad de aprendiz en el departamento de maquillaje de Walt Disney –estudio que hace unos meses lamentaba la muerte de otro miembro destacado, el dibujante Ollie Johnston–. Su primer encargo importante provino de fuera de esos muros de entrenamiento: las gárgolas vivientes de la tv-movie “Gargoyles” (1972) le valieron un premio Emmy y el afianzamiento de su especialización en el diseño de monstruos. De este éxito inicial, hoy olvidado, arranca una carrera brillante y acotada por los talentos del cine de terror y fantástico más punteros en cada década. La amalgama de producciones televisivas o de serie B –“The bat people” (1974), “W.C. Fields y yo” (1976)– precede a un ascenso meteórico en los ochenta, cuando trabaja con Sidney Lumet en “El mago” (1978), Oliver Stone en “La mano” (1981) o John Carpenter en “La cosa” (1982). Aunque el prestigio que se labra durante esa misma época se debió en gran medida a los efectos especiales de “Aliens: El regreso” (1986) –motivo de su primer Oscar®– y  “Depredador” (1987). Durante los últimos años se convirtió en hombre de confianza para Tim Burton — “Eduardo Manostijeras” (1990) o el Pingüino de “Batman vuelve” (1992) son suyos–. Leer más >>

Martes 3 Junio 2008

El nombre de Susan Sarandon se vincula con rapidez a hechos ajenos al mundo cinematográfico: su apoyo al candidato demócrata Barack Obama, su sólido matrimonio con el actor y director Tim Robbins –ya van dos décadas–, su activismo variopinto no exento de polémica allá en su tierra, como una versión femenina de Sean Penn, su compañero en “Pena de muerte” (1995), la película que le valió el Oscar® –que dice guardar en el baño, qué original– y su rápida asociación al rol de monja benévola y luchadora, después de que Jennifer Jones ganase el primer premio de la Academia por un papel de monja en “La canción de Bernadette” (1943). La formación de sus bases como actriz se remontan a unas décadas atrás, pero muy relacionadas con el personaje mítico de la hermana Helen Prejean, pues Sarandon se preparó como intérprete en la Universidad Católica de Washington D.C. Allí conoció a su primer marido, el también aspirante a actor Chris Sarandon –cuyo apellido mantuvo como nombre artístico, a pesar de que en su acta de nacimiento figure Susan Abigail Tomelin–, quien ha terminado haciendo mucha televisión, aunque el espectador puede recordarlo como el malévolo príncipe Humperdinck de “La princesa prometida” (1987).

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Ambos acudieron a Nueva York para el casting de “Joe, ciudadano americano” (1970), del que Chris se fue de vacío y Susan con un papel protagonista bajo el brazo. Hoy parece una paradoja que la actriz se estrenase con un drama en el que se diseccionaba la fidelidad a las barras y las estrellas, así como la memoria de Vietnam y la repulsión por ciertos nuevos valores estadounidenses, como el movimiento hippie. La jovencita que encarnaba a la hija de Peter Boyle no llamó la atención, y Sarandon, que lucía una apariencia modosa por esta época, continuó cultivándose en cintas menores, a veces junto a estrellas mayores como Sofia Loren en “Mortadela” (1971) o Robert Redford en “El carnaval de las águilas” (1975), o cineastas como Sidney Lumet en “Lovin’ Molly” (1974) o Billy Wilder en “Primera plana” (197). Su pausado avance en el mundillo halló el resorte en la producción menos esperada: un alocado y filogay musical que enseguida adquiere la categoría de film de culto, “The Rocky Horror Picture Show” (1975). Leer más >>

Viernes 2 Noviembre 2007

Hay dos tipos de admiradores de “Blade Runner”: los que discurren las cuestiones de fondo y los que se nutren de la técnica y el ritmo. Cualquiera de los dos sabe diferenciar la versión de 1982 del director’s cut estrenado diez años después, al margen de los debates, posturas, ventajas y desventajas de ambas versiones. Pero hay una espinita que se clava subrepticiamente en los dos espectadores, una cuestión de irrefrenable atractivo para el contenido y la forma. ¿Qué significa el unicornio de 1992? Deckard (Harrison Ford) está pensativo en su piso, abanicando fotografías entre los dedos y bebiendo whisky mientras amaga tocar unas notas al piano. Medio dormido sobre las teclas y las partituras, el estudio se encadena con el ralentí de un hermoso unicornio blanco que galopa por un bosque imposible en este mundo de robótica y genética.

No hay más misterio y el detective no comenta con nadie esta extraña aparición onírica. Momentos después, Rachael (Sean Young) visita a Deckard y también se sienta al piano, temerosa por arrancar de él una melodía que quizá nunca aprendió como humana, sino que le fue implantada como replicante. Ridley Scott juega así al paralelismo tramposo: los dos amantes ocupan el mismo puesto y se cuestionan las mismas habilidades en él. ¿Es el unicornio la prueba definitiva de que Deckard es un replicante? La entrega final de un ejemplar en papiroflexia parece confirmar que la insinuación de una huida perpetua no iba dirigida exclusivamente a Rachael, sino también a su enamorado y protector, que debe, como buen héroe catártico, asimilar la idiosincrasia de aquellos a quienes daba caza. Es una paradoja, pero para afirmar su humanidad el hombre debe pasarse al bando de los no-humanos, de los androides.

Desde luego esta tesis no encuadra con el planteamiento original de la película, cuya narración en off cual cine negro se suprime para evitar el choque de un cambio absoluto de género, tono e intenciones. ¿Acaso Sam Spade se lamenta por el destino de la chica? Bueno, sí, lo hace, pero después la delata y se va a aliviar su conciencia con más cigarros y café cargado. Nunca se pasaría del todo al bando contrario, sólo puede escuchar los argumentos bajo la lluvia y continuar, tristemente, con su labor. Todos estos cambios producidos por un simple caballo con cuerno. Y que ni siquiera pertenece a “Blade Runner”, sino a otra película del director, “Legend” (1985). Por eso creo que el unicornio significa, ante todas las cosas, la supremacía egoísta de un autor sobre su obra, la transformación de Deckard en replicante porque Ridley Scott le implantó recuerdos de su propia filmografía, carne de su carne, personaje de otro imaginario que sustrajo al suyo propio.

En las imágenes: Fotogramas de “Blade Runner” - Copyright © 1982 / 1992 Blade Runner Partnership, The Ladd Company, Run Run Shaw y Shaw Brothers. Distribuida en España por Warner Home Video. Todos los derechos reservados.