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Lunes 17 Marzo 2008

No me verán aquí analizando películas de capirotes, historias escritas en papel de fumar, épicas de cinemascope, moralinas o herejías con aroma a Antena 3. Mientras por estas tierras resuenan los panderos de la Semana Santa, los irlandeses celebran hoy su Día de San Patricio y las tabernas se preparan para recibir patriotas sedientos de juerga y cerveza. Una actitud tan jovial como estereotipada en las pantallas de cine, donde podríamos reunir nuestra propia tropa de irlandeses festivos. Mis favoritos, los que retrató John Ford en la aldea de Innisfree, a la que llega “El hombre tranquilo” (1952) con ánimo de romper su título y participar en las carreras, borracheras, peleas y bodas siempre resueltas a golpe de buen humor. No hay nada como un buen vendaval irlandés para un beso espectacular. Y sin perder de vista a Ford y John Wayne, habría que ubicar la fiesta en “La taberna del irlandés” (1963), película de similar tono simpático, pero que repetía con escaso éxito la fórmula de “Hatari!”, estrenada el año anterior. La bronca vendría de los emigrantes que se acechan como halcones y palomas en los muelles de “La ley del silencio” (1954) o de los “Ángeles con caras sucias” (1938), amén de la nota política de “El delator” (1935), “Larga es la noche” (1947), “En el nombre del padre” (1993), “The boxer” (1997) o “Michael Collins” (1996).

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Entre tanta actitud reivindicativa, alguien tan sarcástico como Sergio Leone supo colar a un militante del IRA en “¡Agáchate, maldito!” (1971). El toque familiar, con semblanza de personaje ilustre incluida, lo aporta “Larga jornada hacia la noche” (1962), que retrata a Eugene O’Neill, dramaturgo de obvio apellido irlandés. Que se apunten también Michael O’Hara –“La dama de Shanghai” (1947)– o Jim Malone –“Los intocables de Eliot Ness” (1987)–. Sin contar las numerosas aproximaciones a personajes irlandeses en los últimos años, desde el tópico del inmigrante en USA desafortunado –“En América” (2002)– o afortunado –“Camino a la perdición” (2002)–, hasta retratos rancios –“El viento que agita la cebada” (2006)– y contemporáneos de un Dublín triste, donde la inmigración es una convivencia –“Once” (2006)–. En su mayoría protagonistas de golpe y porrazo, los irlandeses de gran parte del cine extranjero que acoge su nacionalidad como tema no se identificarán con los que esta noche celebren el día de su color patrio: el verde. Verdes de envidia nosotros, que pasamos la semana entre el púrpura y el rojo sangre…

En las imágenes: Fotogramas de “El hombre tranquilo” - Copyright © 1952 Argosy Pictures. Todos los derechos reservados. “El delator” - Copyright © 1935 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados. Y “La taberna del irlandés” - Copyright © 1963 Paramount Pictures y John Ford Productions. Todos los derechos reservados.

Martes 27 Noviembre 2007

¿Qué es del pistolero que avanza hacia esa línea de fuego derretido antes de que aparezca el rótulo de FIN? Quizá haya tomado la ruta de la izquierda, en lugar del sendero perdido hacia otros desiertos. Y quizá pudo al fin dejar de fruncir el ceño, afeitarse, caminar ligero sin el peso de las pistolas en la cintura. Quizá pudo desvelar todos los sentimientos que había ido coleccionando y contarlos como historias atemporales en la mesa de una taberna. O en un plató de cine. Sin nombre –la búsqueda de identidad se perfila en el cine de Eastwood como el reconocimiento de uno mismo y no de los demás, de ahí que lo oculte prudentemente–, sin explicaciones, sin pruebas de simpatía, un forastero llega a la ciudad de Lago como si se tratase de una parada aleatoria en su camino.

 

A su manera, un hombre valiente. Frente a él, la engañosa comunidad que lo acoge pretende comprar su bravura en dinero y especies, sin darse cuenta de que a tipos como él sólo les satisface la justicia. Eastwood respeta la estela esquemática que atraviesa al western clásico: una historia circular –la aparición/desaparición del protagonista entre la calima del desierto–, pero con todos los ingredientes de un spaghetti western… salvo la auto-parodia. Como buen alumno, Eastwood se supo enfundar las armas de Sergio Leone gracias a la “trilogía del dólar”, la violencia explícita, a ratos bromista, de Don Siegel y una inquietud de autor que canaliza más emociones que ideas. Por ese motivo ya se anticipa el juego del claroscuro proyectado por la escasa luminosidad del saloon y las alas de los sombreros, amén de la estupenda idea visual que recoge el título en español, si bien poco explotada en la secuencia final debido al mayor interés en el ritmo, la acción y el petardeo del sonido.

 

La pintura roja con la que los aldeanos cubren todas las paredes dota de carácter propio a un pueblo antes dormido, a un decorado que pierde su impasibilidad de atrezo para convertirse en el plató idóneo para la función que el forastero lleva bien ensayada. Casi con ecos bíblicos, el jinete surge de entre las llamas para fustigar –en sentido estricto y figurado– a los culpables y a los que se abstuvieron de impedir la injusticia del pasado. Disipada la oscuridad de este portal improvisado al averno, el pistolero sin nombre se va como vino, dejando a cada uno en el sitio de antes –a excepción de una mujer, siempre síntoma de que la salvación final es posible–, un mundo en el que los cobardes no pueden comprar coraje como si fuera una jarra de cerveza.

En las imágenes: Fotogramas de “Infierno de cobardes” - Copyright © 1973 The Malpaso Company. Todos los derechos reservados.

Martes 6 Noviembre 2007

En este mundo de paisajes horizontales los hombres se ven obligados a luchar por su existencia adoptando una verticalidad inquebrantable que se prolonga en los guardapolvos que les rozan las espuelas. Al menos, “Hasta que llegó su hora” (1968). Todos los demás elementos invocan una llamada de tierra y rendición: la calima que borra el relieve de los obstáculos, los ahorcados que desafían la sacralidad de las figuras abovedadas, el ferrocarril que llega puntual y reta la rigidez de cuatro hombres. Uno de pie, tres tumbados. Otro día cálido de ese paraje sin estaciones el mismo tren trajo a la mujer más hermosa imaginable (Claudia Cardinale), un gatopardo que arañaría sin sentido las fauces de los coyotes impasibles que lo rondan. Y todos, a su manera, la merecían; los buenos, los feos y los malos, porque Charles Bronson defendía a golpe de armónica un territorio honesto en vías de extinción, pero Henry Fonda quebraba sus ojos azules en las miradas malévolas más táctiles de su carrera.

 

Era cruel, era estiloso. Las simpatías incondicionales no impedían la admiración por el cuidado en el dibujo de cada arquetipo. Era sucio, era romántico. Un tempo marcado por el pulso entrecortado de un hombre que se muere. Era un musical, la parodia del género, era una elegía, el fin del western. Me enamoré del Oeste gracias a Sergio Leone. No, no le resto mérito a la influencia importantísima de John Ford, a quien también debo momentos mágicos, pero fue esta fábula la que borró mi objetividad respecto al western, inteligible incluso en “Regreso al futuro III” (1990). Después Leone clavaría tristezas mil con su flashforward, “Érase una vez en América” (1984). Pero ésa es otra historia…

En la imagen: Claudia Cardinale en “Hasta que llegó su hora” - Copyright © 1968 Finanzia San Marco, Rafran Cinematografica y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.