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Miércoles 18 Junio 2008

El mérito siempre recae en el nombre que encabeza la producción, y un Ridley Scott o un Tim Burton se hacen con la paternidad exclusiva de los personajes que protagonizan sus particulares imaginarios. Sin embargo, en el cine la reproducción no es monogámica y, para que algunas de las imágenes grabadas para siempre en nuestra memoria ocupen su legítimo lugar, se necesitan muchas personas colaborando en la creación. Stan Winston fue el verdadero artífice de esas ideas locas que en la mente de Scott o Burton sólo eran entes abstractos y bocetos borrosos. Tras décadas de dedicación al mundo de los efectos especiales, el maquillaje y las maquetas, este artífice de la fantasía creíble en un sistema de rigidez comercial fallecía a los 62 años de edad el pasado 15 de junio, en su residencia de Los Ángeles. Ciudad que pisó por primera vez en 1968, cuando acudió, al igual que tantos otros incautos, a la sombra de los rótulos de Hollywood en busca de una oportunidad como actor cómico.

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Ésta no se presentó nunca y Winston, gracias a su titulado previo en escultura y pintura en la Universidad de Virginia, entró en calidad de aprendiz en el departamento de maquillaje de Walt Disney –estudio que hace unos meses lamentaba la muerte de otro miembro destacado, el dibujante Ollie Johnston–. Su primer encargo importante provino de fuera de esos muros de entrenamiento: las gárgolas vivientes de la tv-movie “Gargoyles” (1972) le valieron un premio Emmy y el afianzamiento de su especialización en el diseño de monstruos. De este éxito inicial, hoy olvidado, arranca una carrera brillante y acotada por los talentos del cine de terror y fantástico más punteros en cada década. La amalgama de producciones televisivas o de serie B –“The bat people” (1974), “W.C. Fields y yo” (1976)– precede a un ascenso meteórico en los ochenta, cuando trabaja con Sidney Lumet en “El mago” (1978), Oliver Stone en “La mano” (1981) o John Carpenter en “La cosa” (1982). Aunque el prestigio que se labra durante esa misma época se debió en gran medida a los efectos especiales de “Aliens: El regreso” (1986) –motivo de su primer Oscar®– y  “Depredador” (1987). Durante los últimos años se convirtió en hombre de confianza para Tim Burton — “Eduardo Manostijeras” (1990) o el Pingüino de “Batman vuelve” (1992) son suyos–. Leer más >>

Martes 3 Junio 2008

El nombre de Susan Sarandon se vincula con rapidez a hechos ajenos al mundo cinematográfico: su apoyo al candidato demócrata Barack Obama, su sólido matrimonio con el actor y director Tim Robbins –ya van dos décadas–, su activismo variopinto no exento de polémica allá en su tierra, como una versión femenina de Sean Penn, su compañero en “Pena de muerte” (1995), la película que le valió el Oscar® –que dice guardar en el baño, qué original– y su rápida asociación al rol de monja benévola y luchadora, después de que Jennifer Jones ganase el primer premio de la Academia por un papel de monja en “La canción de Bernadette” (1943). La formación de sus bases como actriz se remontan a unas décadas atrás, pero muy relacionadas con el personaje mítico de la hermana Helen Prejean, pues Sarandon se preparó como intérprete en la Universidad Católica de Washington D.C. Allí conoció a su primer marido, el también aspirante a actor Chris Sarandon –cuyo apellido mantuvo como nombre artístico, a pesar de que en su acta de nacimiento figure Susan Abigail Tomelin–, quien ha terminado haciendo mucha televisión, aunque el espectador puede recordarlo como el malévolo príncipe Humperdinck de “La princesa prometida” (1987).

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Ambos acudieron a Nueva York para el casting de “Joe, ciudadano americano” (1970), del que Chris se fue de vacío y Susan con un papel protagonista bajo el brazo. Hoy parece una paradoja que la actriz se estrenase con un drama en el que se diseccionaba la fidelidad a las barras y las estrellas, así como la memoria de Vietnam y la repulsión por ciertos nuevos valores estadounidenses, como el movimiento hippie. La jovencita que encarnaba a la hija de Peter Boyle no llamó la atención, y Sarandon, que lucía una apariencia modosa por esta época, continuó cultivándose en cintas menores, a veces junto a estrellas mayores como Sofia Loren en “Mortadela” (1971) o Robert Redford en “El carnaval de las águilas” (1975), o cineastas como Sidney Lumet en “Lovin’ Molly” (1974) o Billy Wilder en “Primera plana” (197). Su pausado avance en el mundillo halló el resorte en la producción menos esperada: un alocado y filogay musical que enseguida adquiere la categoría de film de culto, “The Rocky Horror Picture Show” (1975). Leer más >>

Martes 27 Mayo 2008

Mientras un Sidney vence a la edad, otro es derrotado por el cáncer. El polifacético Sydney Pollack, generalmente asociado a tareas de dirección, aunque también lo hemos podido ver acreditado como actor y productor –incluso director de fotografía, en su última película-documental “Apuntes de Frank Ghery” (2005)– falleció ayer en Pacific Palisades a los 74 años de edad, justo cuando este septiembre habría celebrado sus bodas de oro con la actriz televisiva Claire Griswold. A lo que se suma la paradoja de que hoy, cuando salta la noticia, celebra cumpleaños Christopher Lee, con nada más y nada menos que 86 primaveras. Sin embargo, ambas celebridades no coincidieron en ninguna ocasión, y quien debe de llorar con mayor motivo la muerte de Pollack es Robert Redford. Actor fetiche desde los comienzos de su carrera, allá por los años sesenta, Redford apoyó al director en sus primeros pasos cinematográficos, después de que abandonase el teatro y el mundo de la televisión, donde también se habían formado Lumet y otros tantos cineastas de su generación.

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Se puso tras las cámaras de un par de episodios de la famosa “Alfred Hitchcock presenta”, entre 1962 y 1963, y firmó otra entrega de la no menos conocida “El fugitivo” (1964). Antes de conocer a Redford, Pollack debutó con “La vida vale más” (1965) y otro Sidney, Poitier, thriller repleto de tensiones y giros, inaugurando el estilo que marcaría la filmografía del realizador. Fue su siguiente película, “Propiedad condenada” (1966), una adaptación de la obra de Tennessee Williams firmada por Coppola, el motivo que unió a Pollack y Redford en una bonita historia romántica junto con Natalie Wood, y que anticiparía su otra vertiente fílmica, más reposada, claro objetivo de la crítica –desde “Un instante, una vida” (19), o cómo Al Pacino intenta hacerse el tierno, hasta “Sabrina (y sus amores)” (1995), o cómo destrozar la carrera de Julia Ormond–. Sus siguientes trabajos con el actor, siempre pendientes de sonsacar un partido interpretativo mayor que su atractivo físico, aún así innegable gancho para la taquilla, fueron “Las aventuras de Jeremiah Johnson” (1972), “Los tres días del cóndor” (1975), “El jinete eléctrico” (1979) o “Habana” (1990).

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Y en cuanto al thriller, Pollack se ha distinguido por sus ritmos elegantes –la asfixia de “Danzad, danzad malditos” (1969) es su rara avis–, sus personajes ahítos de secretos –“Ausencia de malicia” (1981)– y las tramas intrincadas que esconden, a veces, una pobre premisa –como las recientes “La tapadera” (1993) o “La intérprete” (2005)–. A pesar de sus dos géneros favoritos, Pollack se atrevió con otros palos, como la comedia paródica –el western “Camino de la venganza” (1968)–, el drama deportivo –“El nadador” (1968)– o las superproducciones –la tediosa “Memorias de África” (1985), ganadora de siete Oscar®, dos de ellos, dirección y película, para Pollack, o “Tootsie” (1982), que le reportó muchas más nominaciones de la Academia–. Su activismo político se deja ver en cintas como “Tal como éramos” (1973) –pancartismo burgués– o su participación en obras eficaces y de moral precocinada, como “Michael Clayton” (2007).

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Aparte de ésta, su rostro y su voz resultan reconocibles entre los actores de la fiesta de “Eyes wide shut” (1999), “Maridos y mujeres” (1992), “El juego de Hollywood” (1992) o series como “Los Soprano”, “Will y Grace” o “Frasier”, no en balde había estudiado actuación entre 1952 y 1954. Tal vez su dedicación a esta faceta, unida a la producción de películas ajenas –“Los fabulosos Baker Boys” (1989), “Sentido y sensibilidad” (1995) o “El talento de Mr. Ripley” (1999)–, compensase la falta de creatividad en sus últimos títulos –“Caprichos del destino” (1999)–, síntoma de una trayectoria ecléctica y de tono comercial. Pero, como les sucede a quienes imprimen su nombre entre el público sin asomo de duda, aún pervivirá en cartelera el rastro Pollack: un papelito en “La boda de mi novia” (2008), la producción de “Ella es el partido” (2008), y dos películas en cartera, “Margaret” y “The reader”.

En las imágenes: Sydney Pollack dirigiendo “La intérprete” - Copyright © 2005 Universal Pictures, Working Tittle, Misher Films y Mirage Entertainment. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados. Robert Redford en un fotograma de “Memorias de África” - Copyright © 1985 Mirage Entertainment y Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Pollack, frente a Tom Cruise y dirigido por Stanley Kubrick en “Eyes wide shut” - Copyright © 1999 Hobby Films, Pole Star, Stanley Kubrick Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Viernes 23 Mayo 2008

Tiene casi el doble de años que de películas, y aún así le quedan ganas para intentar innovarse y pelear por su hueco entre los nuevos cineastas y sus vistosos estilos. La práctica le viene de lejos: crecer entre los grandes de los setenta –Scorsese, Coppola, Kubrick…– tras un continuo eclipse y una posición de segunda fila de cara al público no es fácil, y por ello Sidney Lumet puede presumir de carrera ahora que los viejos ídolos vuelven a estar de moda. Y es que su contacto con el mundo del espectáculo arranca en la década de los treinta, cuando se patea locales de Broadway en busca de papelitos que alimentarían su ansia de convertirse en actor. Dirigir algunos programas en la CBS –series como “Danger” (1950) o “You are there” (1953)– durante los cincuenta debió de convencerle de sus aptitudes para otros campos del audiovisual, y enseguida probó suerte con “12 hombres sin piedad” (1957), clásico muy rememorado que triunfó y continúa triunfando más por su pulso dramático que por sus habilidades cinematográficas, demasiado pendientes de una puesta en escena teatral que no se acerca ni por asomo a la experimentación de películas-habitación, caso de Hitchcock.

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Un Oso de Oro en la Berlinale y varias nominaciones al Oscar® no es algo irrisorio para un debutante que empezó a especializarse en adaptaciones de obras dramatúrgicas –“Larga jornada hacia la noche” (1962)– y en la dirección de actores –Katharine Hepburn, Marlon Brando, Sofía Loren, Omar Sharif, Sean Connery o Paul Newman han pasado por sus manos–. A pesar del inesperado éxito, no abandonó del todo la realización televisiva –series o películas, como una adaptación norteamericana de “Rashomon” (1960)–, que compaginaba con nuevas producciones para la gran pantalla, de recepción variable: “Piel de serpiente” (1959), “El prestamista” (1964) y thrillers como “Punto límite” (1964), “Llamada para un muerto” (1966), “La ofensa” (1972), o las archiconocidas “Sérpico” (1973), “Tarde de perros” (1975) y “Asesinato en el Orient Express” (1974), cuyo amplísimo elenco venía a certificar el talento de Lumet para la sincronización de actores –y sus egos–.

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Entre finales de los setenta y los ochenta firma “Network. Un mundo implacable” (1976), “Veredicto final” (1982) o “Un lugar en ninguna parte” (1988), recordada por la participación de River Phoenix. Los últimos años lo han mantenido encasillado en películas poco recordables que explotan su faceta analítica y crítica, con débiles resonancias políticas, tales como “El abogado del diablo” (1993) o una tontería como la comedia “En estado crítico” (1997). En 2006, “Declaradme culpable” recibió una calurosa acogida por parte de la crítica, quizá también por el retorno de Lumet a la escritura del guión, que ha frecuentado de forma escasa –apenas cuatro libretos desde “El príncipe de la ciudad” (1981), una de sus cintas más destacables–. Su esfuerzo parece incombustible frente al poderoso empuje de los grandes que, aún hoy, le roban la taquilla, las estrellas, la consideración y los premios. El Oscar® honorífico que recibió en 2005 supuso la confirmación de un director alado, capaz de aguantar el vuelo aunque no consiga impresionantes piruetas. Es lo que tiene ser un pájaro entre una escuadra de veloces bombarderos.

En las imágenes: Sidney Lumet en el rodaje de “Tarde de perros” - Copyright © 1975 Artists Entertainment Complex. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Network. Un mundo implacable” - Copyright © 1976 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y United Artists. Todos los derechos reservados.

Viernes 7 Marzo 2008

Roma está de celebración, y es que, como capital de buen país mediterráneo, sabe montar una fiesta a costa de alguna conmemoración destacada: un 7 de marzo de 1908 nacía Anna Magnani, la más fabulosa estrella italiana –con permiso de Sofia Loren–, y hoy se cumplen esos cien años que habría vivido de no ser por el cáncer que la mató en 1973. Poderosa y carnal, la Magnani encarnó el mejor prototipo de mamma en “Roma, ciudad abierta” (1945), donde ofrecía a lo largo y ancho de los fotogramas una dureza inconcebible incluso para un movimiento tan crudo como el neorrealismo italiano. Rossellini –que mantuvo una relación amorosa con ella, casada con el director Goffredo Alessandrini, antes de que se cruzase Ingrid Bergman– aún no se habrá recuperado de la potencia de imágenes que, vistas una vez, grabadas para siempre. Antes de este golpe de efecto, ya había debutado de largo con Vittorio de Sica en “Nacida en viernes” (1941), aunque llevaba años pateando teatrillos, cabarets y rodajes de bajo coste.

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A partir de ese paradójico éxito internacional –un cine intelectual aplaudido por una acogida comercial–, Anna Magnani disfrutó de papeles protagónicos en los que imprimía su garra y fuerza, una personalidad arrolladora que sin embargo rebosaba dolor y soledad en una mirada melancólica que con los años se volvió fiera. No repitió con Rossellini hasta 1948 con “El amor”, y mientras tanto aparecería en películas poco conocidas en nuestro país, como “El bandido” (1946) o “Noble gesta” (1947). A partir de entonces se encadenaría su década dorada: “Volcano” (1950), de William Dieterle, “Bellísima” (1951) –citada directamente en “Volver” (2006), pues Almodóvar reconoce las conexiones entre el personaje de Raimunda y las mujeres del cine italiano–, “La carroza de oro” (1953), de Jean Renoir, y especialmente “La rosa tatuada” (1955), producción estadounidense que le reportó varios premios y, lo más valioso para ella, la amistad de Tennessee Williams, en cuya obra teatral se basaba el guión.

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Otros norteamericanos la requerirían convirtiéndola en europea de moda: George Cukor para “Viento salvaje” (1957), Stanley Kramer para “El secreto de Santa Vittoria” (1969), o Sidney Lumet para “Piel de serpiente” (1959) –director que, sorpresas del azar, hoy estrena película en nuestro país–. Su último gran papel lo creó Pasolini en “Mamma Roma” (1962), título que hacía honor, en fondo y sintaxis, a la parturienta del prestigio italiano en los círculos interpretativos internacionales. Esta labor fue reconocida con un Oscar® por “La rosa tatuada” –por lo que derrotó a la habitual en la gala y el podio Katharine Hepburn–, un Globo de Oro, un BAFTA, un Oso de Plata en el Festival de Berlín, una Copa Volpi en Venecia y dos David di Donatello. Aunque no es esa vitrina lo que hoy celebran sus compatriotas, sino los enormes ojos negros que temían la traición de los hombres y que encontraron refugio en un celuloide que realzaba su monocromía.

En las imágenes: Fotograma de “Volcano” - Copyright © 1950 Artisti Associati y Panaria Film. Todos los derechos reservados. Anna Magnani y Tennessee Williams - Copyright © 1959 Hulton Archive/Getty Images. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “La rosa tatuada” - Copyright © 1955 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 27 Febrero 2008

Un año atípico y, a la par, profundamente convencional en lo que al reparto de premios se refiere, merecía un Oscar® Honorífico distinto a la concepción de vieja gloria o gloria en activo con la que la Academia de Hollywood desea saldar deudas pendientes. No se concedía al ámbito técnico un galardón de este tipo desde el año 2000, cuando Jack Cardiff lo recibió por su trabajo en el campo de la fotografía. Después de nombres tan destacados como Sidney Poitier, Robert Redford, Peter O’Toole, Blake Edwards, Sidney Lumet, Robert Altman y Ennio Morricone, algunos anunciados con más o menos suspiro de alivio ante el olvido en las nominaciones y reconocimientos durante muchos años, la ceremonia de este año ha recuperado a Robert F. Boyle, director artístico cuyo trabajo nada tiene que ver con el barroquismo digital de “Sweeney Todd” (2007), ganadora del Oscar® en el mismo apartado. En activo desde la década de los cuarenta, la última participación de Boyle fue en “Muertes de invierno” (1979), una sátira gris basada en una novela de Richard Condon (”El mensajero del miedo”) que lo apartó de la faceta artística que casi treinta años más tarde le ha reportado la valiosa estatuilla.

 

Hasta ahora lo hemos podido ver asociado a tareas de producción e incluso en breves cameos –la generacional “Exploradores” (1985)–, pero el motivo de los aplausos que muchos no sabrían por qué secundar hunde sus raíces en clásicos maestros. Suyos son los decorados y ambientaciones de “El caso Thomas Crown” (1968),  “El cabo del miedo” (1962) o “A sangre fría” (1967), y los diseños de “Con la muerte en los talones” (1959), “Marnie, la ladrona” (1964) y “Los pájaros” (1963). Aunque la contundencia del premio no parece tan grande como al invocar un Elia Kazan o un Andrzej Wajda, y que oscuros designios son los auténticos responsables del reparto de los Oscar®, resulta remarcable que en lugar de proseguir la contradictoria tendencia de cubrir de oro al nombre de relumbrón se conmemore a las mal denominadas artes menores. Ojalá estos golpes de timón fueran síntoma de una sincera toma de conciencia y no de una estrategia más que la Academia pone en marcha para limpiar su prestigio en una industria cada vez más deslocalizada y transoceánica. Por lo menos sabemos que Robert Boyle no colocará al hombrecillo dorado en el baño y que, haciendo honor a su causa, encontrará la ubicación perfecta en el decorado de su casa.

En las imágenes: Una desapercibida Nicole Kidman entregaba el Oscar® Honorífico a Robert F. Boyle - Copyright © Michael Caulfield, WireImages. Todos los derechos reservados. Y fotograma de “El caso Thomas Crown” - Copyright © 1968 The Mirisch Corporation, Simkoe y Solar Productions. Todos los derechos reservados.

Domingo 4 Noviembre 2007

Estamos ante un título fundamental del cine americano de los años 70. Una obra austera y magnífica, de las que se añoran cada vez más y que ganan con el paso del tiempo por la vigencia de los temas que presentan, en este caso las tristes y desoladoras realidades de una sociedad cada vez más degradada. Al Pacino y el llorado John Cazale, que venían de triunfar en la saga de los Corleone, continuaron en esta “Tarde de perros” ofreciendo interpretaciones portentosas. El primero nervioso, conteniendo la violencia y luchando por escoger la sobriedad como vía de escape a una situación desastrosa; el segundo, frágil y tembloroso, pero temible por la imprevisión de su talante emocional.

Tomando como punto de partida un extravagante atraco real a una sucursal bancaria, el guión de Frank Pierson realiza un retrato demoledor de la ferocidad de los medios de comunicación ─mucho mayor ahora, dos décadas después─, de las diferencias sociales y de clase, y de la peligrosa arbitrariedad de los juicios hechos por parte de una amorfa, anónima y volátil masa urbana descontenta y reaccionaria. Y lo hace sin renunciar a la comicidad, con un humor cáustico que permite colocar a Sonny en situaciones cotidianas llevadas al extremo, reflejadas sobre todo en las apariciones de su esposa y su madre. Por otra parte, la hipocresía de la gente de a pie se descubre a medida que evolucionan los acontecimientos: al principio, es considerado un héroe, un icono de la lucha obrera y de la rebeldía de la juventud; cuando se descubre su orientación sexual, clave en su motivación, las opiniones se dividen, y la comunidad gay, muda hasta ese instante, emerge con fuerza para apoyarle sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos. Y todo ello presentado con gran intensidad por Sidney Lumet, en una dirección firme que no tiembla en ningún momento.

Una comedia escandalosa, sí, pero también un drama profundo con un análisis de personajes y un estudio de caracteres de nota. Más allá de Pacino y Cazale, el reparto de secundarios participa de esta tragicomedia con brillantez, desde el estresado Charles Durning ─en principio, frustrado e incomprendido director del circo que le rodea─ hasta el estirado James Broderick, que no cede en ningún momento en una actuación cínicamente sobria. Sin olvidar una mención especial para Chris Sarandon en una aparición tan breve como soberana, seguramente la mejor de su carrera, pese a ser su primera participación en un largometraje. Decía John Tavolta en el prólogo de “Operación Swordfish” (2001), en recuerdo a este título, que hoy Hollywood sólo hace basura, que ya no se hacen películas como antes. No le falta razón, pero es que los tiempos han cambiado, y de qué manera. El circo mediático que presenta “Tarde de perros” fue en su día un caso peculiar; hoy, es el pan nuestro de cada día.

En las imágenes: John Cazale, ladrón de gatillo ligero, y un estresado Al Pacino en “Tarde de perros” - Copyright © 1975 Artists Entertainment Complex. Todos los derechos reservados.