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Viernes 9 Mayo 2008

Llega a las pantallas de todo el mundo “Speed Racer” (2008) con un inquietante eslogan –«un mundo hecho para la velocidad»–, lo que me plantea si no será la secuela de una carrera premeditada que viene fraguándose desde cientos de películas atrás. Guste o no será así, un ritmo vertiginoso en consumo de experiencias y cine, mientras no se paladea nada. Sin embargo, antes del susodicho Meteoro otros personajes con ganas de quemar el asfalto se agenciaron un coche por compi, y resulta curioso comprobar cómo ha cambiado el significado de las cifras que marcan los kilómetros por hora. Tal vez quien más obligaba a la aguja a inclinarse era James Bond a bordo de sus costosos Aston Martin, pero lo casi sci-fi de su tecnología hacía creíble hasta la más arriesgada de las carreras. Pensemos más bien en esos momentos que el protagonista disfruta creyéndose amo de la pista, sin sospechar siquiera que en unas décadas esas velocidades las rebasaría un coche teledirigido. Por ejemplo, películas de competición –dentro, no fuera de sí mismas–, como “Grand Prix” (1966), de John Frankenheimer, que remite a la mezcla de escuderías enfrentadas y amores revueltos.

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“Las 24 horas de Le Mans” (1971), con Steve McQueen, unas melenas leoninas y el Gulf Team Porsche 917 con que, atención, pretendía triunfar en el circuto donde falleció un amigo suyo –¿no les suena? Léanse la sinopsis de la de los Wachowski–; o “Greased lightning” (1977), sobre el primer campeón de carreras afroamericano, y la futurista “The last chase” (1981) ya auguraba el papel liberador del automóvil. Aunque no todos perdían los estribos –perdón, los frenos– en su afán por alcanzar la meta: el elegante automóvil de “La carrera del siglo” (1965), una menor pero divertida comedia de Blake Edwards, se tomaba su tiempo y dilatado metraje para atravesar tres continentes, a lo Phileas Fogg. Otros locos que se han lanzado a las autopistas –hay que ver, con lo que peligrosas que son, ¿no pueden meterse a senderismo?–: “Los locos del cannonball” (1981), parodia de “Cannonball!” (1976), o “Locos al volante” (19). Como ya analizó mi compañera Tònia, las hot rod movies, desde “Rebelde sin causa” (1955) hasta “Grease” (1978), pasando por “The wild ride” (1960) o “Catch me if you can” (1989) –de Stephen Sommers, no de Spielberg– fomentaron entre los chicos la posibilidad de pavonearse gracias a las carrocerías que paga papá, aunque lo disfracen de autosuperación, como Tom Cruise en “Días de trueno” (1990).

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Por suerte para nuestros queridos niños del futuro –espero que se perciba la ironía–, no todo es metal tuneado y tubos de escape con diámetros meloneros, algunos se han preocupado de mostrar al coche como el mejor amigo del hombre solitario o del chaval marginado. Ahí tienen a “Chitty Chitty Bang Bang” (1968) o a Herbie, el escarabajo blanco que protagonizó numerosos títulos –“Ahí va ese bólido” (1968) dio el pistoletazo de salida hasta “Herbie, torero” (1980), lo que hay que oír…– y que recuperó Lindsay Lohan para la gran pantalla en “Herbie: A tope” (2005) –cinta terrible, pero al menos le daban papeles a la moza descarriada–. Unos pocos se quedaron tan tocados que de mayores sólo supieron seguir comunicándose con sus inseparables coches, como Batman o Michael Knight, de “El coche fantástico” (1982). Pero para carrera escalofriante, la que se marca Grace Kelly en “Atrapa a un ladrón” (1955), justamente en la zona donde moriría en accidente de tráfico. Con rastrear un poco en los últimos años se encuentran ejemplos, a veces demasiado parecidos a este nuevo “Speed Racer”, que prosiguen la loa al volante y las chicas de bandera –a cuadros–. Tal vez tenía razón Springsteen, «we were born to run», si bien es diferente del lema de estos muchachos: born to race.

En las imágenes: Fotogramas de “Grand Prix” - Copyright © 1966 Cherokee Productions, Douglas & Lewis Productions, Joel Productions, John Frankenheimer Productions Inc. y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Y de “Ahí va ese bólido” - Copyright © 1968 Walt Disney Productions. Todos los derechos reservados.

Martes 15 Abril 2008

«Bonnie and Clyde, they lived a lot together, and finally together they died», decía la balada que Georgie Fame compuso sobre los famosos atracadores, a punto de (no) ver cómo sus rostros eran inmortalizados para siempre en la gran pantalla. Pero cuando decimos sus rostros lo hacemos en sentido figurado, pues los reales Bonnie Parker y Clyde Barrow hubiesen robado otros veinte bancos con tal de asemejarse un ápice a los intérpretes que recorrían las listas de preproducción. Enclenques y de vestimenta estrafalaria, unos actores parecidos a ellos habrían garantizado la ambigüedad moral de la película y no la forzosa camaradería que un espectador siente hacia los bellos Faye Dunaway y Warren Beatty –vale, caigan mejor o peor, que las preferencias en este tema son muy caprichosas–. Había sido Beatty el primero en interesarse por el guión de Robert Benton y David Newman, que compró con ánimo de desarrollar su faceta de productor –la de director aún habría de esperar diez años, hasta “El cielo puede esperar” (1978)–. Su misión inicial iba a limitarse a manejar los dólares, pero finalmente, o tal vez siguiendo una estratagema bien urdida desde el comienzo, no aceptó el papel de Clyde hasta tener afianzado el proyecto.

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En el intervalo, sus esfuerzos se concentraron en hallar la Bonnie perfecta, la que atraería masas masculinas a los cines –principal público objetivo para esta clase de producciones en aquellos años–, y la que quizá le convencería para aceptar el rol protagonista. En calidad de productor, las propuestas iniciales de Beatty fueron sus propios amoríos: Natalie Wood –pareja en “Esplendor en la hierba” (1961)– y Leslie Caron –con quien había participado en “Prométele cualquier cosa” (1965)–. La segunda se rechazó sin ambages por su físico aniñado –aunque el toque francés no le habría venido mal a una película que se las daba de inspiración gala–, y la primera, más interesante, pues no conviene olvidar los ataques de rabia que lucía en “Rebelde sin causa” (1955) y la susodicha cinta con Beatty de Elia Kazan, sin embargo prefirió continuar su vida lejos del actor. Más espantadas: la de Jane Fonda, instalada en Francia y poco deseosa de pisar territorio estadounidense para el rodaje –aunque su activismo contra la guerra de Vietnam le habría conferido una garra única al empuñar el revólver–; o Shirley MacLaine, que se retiró de la carrera por el papel tras la aceptación de su hermano, Warren Beatty, para encarnar a Clyde. La propuesta más arriesgada se fue al garete, y a su lado el doblaje incestuoso de “Mogambo” se habría quedado en pañales.

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El raciocinio de los demás productores terminó imponiéndose: Carol Lynley –curiosamente, protagonista de “El último atardecer” (1961), una historia con rastros de incesto–, Tuesday Weld –una muñequita rubia curtida en teleseries–, Sue Lyon –la Lolita de Kubrick, de evidentes rasgos entre el morbo y la maleficencia, y que había crecido desde “La noche de la iguana” (1964)– o Ann-Margret –tentadora junto a Steve McQueen en “El rey del juego” (1965)–. Tuvo que ser Arthur Penn, el director con quien Beatty ya había trabajado en “Acosado” (1965), el que escogiese a Faye Dunaway tras verla en una obra teatral. Desconocida para el mundillo –hasta la fecha sólo había rodado “La noche deseada” (1967) y “El suceso” (1967), cintas no demasiado destacadas–, acabó popularizando la boina en las ventas de los centros comerciales y las calles se repoblaron de Bonnies con vistas a cazar algún Warren Beatty. La química de ambos resulta innegable en la recreación de las estampas para las que posaron los auténticos criminales, si bien sus niveles interpretativos pueden dejar que desear. Concebida más para la estética y el fotograma capturado en la retina, poco importa lo que Dunaway y Beatty se digan, porque sus Bonnie y Clyde murieron en el mismo acto de traslación al celuloide: dos mitos embellecidos para el consumo masivo que en encuadres congelados aún conservan la fuerza de la mirada y el estilo.

En las imágenes: Los auténticos Bonnie y Clyde en una fotografía emulada por Faye Dunaway y Warren Beatty en “Bonnie y Clyde” - Copyright © 1967 Tatira-Hiller Productions y Warner Brothers/Seven Arts. Todos los derechos reservados. Natalie Wood en una fotografía promocional - Copyright © 1961 William Claxton. Todos los derechos reservados. Sue Lyon en “Lolita” - Copyright © 1962 A.A. Productions Ltd., Anya, Harris-Kubrick Productions, Seven Arts Productions y Transworld Pictures. Todos los derechos reservados. Y Carol Lynley en “Blue Denim” - Copyright © 1959 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Viernes 29 Febrero 2008

¿Puede alguien imaginarse a Rambo con otro rostro que no sea el de Sylvester Stallone? El azar o la providencia, llámese X, permitió que este año el musculado actor se fuese de gira para promocionar la última entrega del ex-combatiente en Vietnam, pero, de haberse tomado otra decisión en 1982, el efecto mariposa nos habría privado de “John Rambo” (2008) o de una saga con continuidad física… La novela de David Morrell originaria, publicada en 1972, suponía un suculento proyecto de rentabilidad para cualquier productora, aunque los borradores pasaban de mano en mano sin que nadie se decidiese a abordar de forma tan cruda y directa el conflicto bélico dentro de las fronteras estadounidenses. Clint Eastwood pasó del tema, si bien no podría alegar remilgos ante la cantidad de violencia, lo mismo que Paul Newman, demasiado sofisticado por mucho Hud, Harper o indomable al que hubiese prestado cuerpo. Vista la entrañable estampa de abuelete cebolleta que ahora luce Clint y que Newman se ha retirado definitivamente de las pantallas, resulta difícil imaginárselos como protagonistas de la tetralogía. No surgió tan descabellada la propuesta de Sidney Pollack, quien enseguida asoció la vitalidad rebelde del personaje a Steve McQueen. La muerte del actor en 1980 habría impedido hasta rodar el primer capítulo.

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El siguiente rostro fue Al Pacino, cuyo motivo para rechazar el papel se basaba en la exageración y el exceso del personaje… Al año siguiente, estrenaría “El precio del poder” (1983),  en la que esa declaración se cachondea del personal, pues su Tony Montana destila todas las virtudes excepto la moderación y el equilibrio. Cada nuevo director asociado al proyecto proponía hileras de nombres que no condujeron a contratos preliminares ni a anuncios sólidos: Michael Douglas, Nick NolteSteve Railsback –quien ha terminado pisando otras sagas, como “Expediente X” o… “Walker, Texas Ranger”, ambas estrenadas en 1993, esta industria es un pañuelo–, ¡hasta John Travolta! –y por su culpa hoy tendríamos un remate cienciólogo a la lucha de Rambo–. Ninguno de ellos, a pesar de sus éxitos de taquilla, se había montado su propia película con el reconocimiento de tres Oscar®. “Rocky” (1976) afianzó definitivamente el caché de Stallone y lo encumbró al segundo mito de su carrera con “Acorralado” (1982), y, como ya hiciera en la saga del boxeador Balboa, prestó su propia pluma para los retoques de un guión en el que Rambo se debatía entre la vida y la muerte. El dinero impuso su decisión: el personaje viviría para otras tres secuelas, la sangre no había hecho más que empezar a derramarse colina abajo, hasta empapar la conciencia del género de acción norteamericano.

En las imágenes: Clint Eastwood en “Harry el Sucio” - Copyright © 1971 The Malpaso Company y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Sylvester Stallone en “Acorralado, parte II” - Copyright © 1985 Anabasis N.V. Todos los derechos reservados. Y Al Pacino en “El precio del poder” - Copyright © 1983 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Jueves 7 Febrero 2008

Llevo dándole vueltas al injusto centralismo que los vestidos de señora tienen en las listas de cine. ¿Qué pasa con los mejor vestidos, como si los actores no pudieran ir de punta en blanco? Cierto es que la moda rota con no pocas dosis de frivolidad en torno a la mujer y que sus posibilidades de indumentaria se extienden hacia el infinito de las faldas y vuelos que del sexo opuesto sólo se atreven a tocar escoceses y superhéroes. Pero cuando el diseñador/diseñadora de turno lo ha querido, los protagonistas de una escena vistosa no tenían nada que envidiar a sus compañeras femeninas. O si no midamos la aureola luminosa de Tyrone Power en la fiesta de “El filo de la navaja” (1946), el haz misterioso de Cary Grant paseándose por su villa en “Atrapa a un ladrón” (1955) o la desarreglada paciencia de Clark Gable esperando al autobús sobre una valla en “Sucedió una noche” (1934), y comparémoslos con el brillo de Gene Tierney, Grace Kelly o Claudette Colbert. Bah, ¿quién se acuerda de ellas? Estos atuendos varoniles no sólo se han ganado el puesto gracias a su estilismo rompedor, también continúan considerándose prototipos de lo que significa ir bien arreglado o simplemente vestido de determinada manera.

 

El tipo melancólico que se enfunda una gabardina debe remitirse a Humphrey Bogart –quien por lo general no era el maniquí más adecuado para lucir nada–, o a Gene Kelly con sombrero a juego mientras habla a los medios en “Cantando bajo la lluvia” (1952), y el bailarín puede imitar sus polos arremangados para dar brincos sin parecer un mono de feria. Los gladiadores no serían lo mismo sin “Espartaco” (1960) o los mantones de pieles de Russell Crowe en “Gladiator” (2000) –el chiste sobre la relación falditas metalizadas-homosexualidad ya está muy sobado desde “Aterriza como puedas” (1980) y a mí siempre me ha parecido que tiene un punto muy viril–. Un prejuicio similar al que sufre el pobre Errol Flynn, tan capacitado como estaba para llevar mallas o casacas sin perder el respeto de la amada –o quizá era un pacto de silencio, al fin y al cabo él tenía que aguantar interminables trenzas y corsés carcelarios–. Si se realizara un cómputo general, el traje o esmoquin aterrizaría en el peso cuantitativo y en algunos primeros puestos: aparte de los mencionados, cómo olvidar a todos los James Bond –bueno, a Pierce Brosnan me lo quitan si puede ser–.

 

Al dueto Paul Newman-Robert Redford en “El golpe” (1973) o “Dos hombres y un destino” (1969), en pleno pedaleo campestre; todos los invitados de los saraos de “El gran Gatsby” (1974), una hilera de “Los intocables de Eliot Ness” (1987) avanzando al frente, George Clooney tirando dados en cualquier casino de la trilogía Ocean, o, por qué no, ese impoluto Erich von Stroheim en “El crepúsculo de los dioses” (1950), fracción del entorno detallista que Norma Desmond deseaba aspirar al desperezarse por las mañanas. Claro que, y como ocurría en el caso de las actrices, eso de ir bien vestido no supone un obligado sinónimo de rectitud formal. A veces, y mucho más poderosas, un cierto desarreglo conlleva pautas de estilismo, iconos de creación y suspiros admirados con los que soñaría una sosa pajarita en fondo blanco. Blanco guarro, como el de las camisetas de Marlon Brando en “La ley del silencio” (1954) o “Un tranvía llamado deseo” (1951); la referencial cazadora roja de otro asilvestrado, James Dean, en “Rebelde sin causa” (1955), los uniformes caqui-polvo-barro del camino que difuminan a Indiana Jones, o los conjuntos no menos abandonados del grande de grandes, Steve McQueen, quien a bordo de una de sus motos gana la carrera de los nuevos retrosexuales, como Clive Owen –un aplauso para él en gabardina o capa pirata–.

Y que no se escapen de la lista los raros, los que por despreciar la tangente acaban marcando tendencia, como Al Pacino y aquellas divertidísimas y a la par dolorosas pintas de narco en “El precio del poder” (1983), o Peter O’Toole haciendo amago de amoldarse al desierto en “Lawrence de Arabia” (1962). Por supuesto, lo de insinuar lo llevan mucho peor, pero los ejemplos no desmerecen una renovada confianza: en pijama –Paul Newman y “La gata sobre el tejado de zinc” (1958), y con pata escayolada, ahí es nada en la victoria por seguir siendo sexy–, en bañador –reciente pero ya mítico Daniel Craig en “Casino Royale” (2006)– o en toalla –las que vistió como nadie el pato Donald a la salida de cada ducha–, el menos es más vale tanto para el espectador como para el ahorro del diseño de vestuario. Privilegiado oficio de cine, pues pueden coser sus sueños y colgarlos de la percha idónea sin que los desluzca un solo pliegue. Porque esa es otra: incluso sobre las telas y las situaciones extremas impera la triste máxima de que la arruga no es bella.

En las imágenes: Gene Tierney y Tyrone Power en “El filo de la navaja - Copyright © 1946 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Cary Grant en “Atrapa a un ladrón” - Copyright © 1955 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Clark Gable en “Sucedió una noche” - Copyright © 1934 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Paul Newman y Robert Redford en “El golpe” - Copyright © 1973 Zanuck/Brown Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados. James Dean en “Rebelde sin causa” - Copyright © 1955 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo” - Copyright © 1951 Charles K. Feldman Group y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Al Pacino en “El precio del poder” - Copyright © 1983 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Kevin Costner y Sean Connery en “Los intocables de Eliot Ness” - Copyright © 1987 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y Paul Newman en “La gata sobre el tejado de zinc” - Copyright © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Avon Productions. Todos los derechos reservados.

Miércoles 28 Noviembre 2007

Unos dirían que sirve para observar los movimientos de la partida. Otros, lo contrario: que el juego es lo de menos y lo importante es el roce de manos paralelo. Alguno apuntaría que hay que buscar el escote de Fay Dunaway o analizar su enrevesado moño. Y las fans irredentas de Steve McQueen –entre las cuales me incluyo– comprobarían la espléndida melena del actor. Este plano de “El caso Thomas Crown” (1968) –antes de Pierce Brosnan, si es que este hombre siempre anda tocando la moral– sirve para cualquier cosa: las posibilidades de la omnipotencia se revelan en todo su esplendor con una perspectiva cenital. Si bien en este caso habría que tener en cuenta las ganas de armar con la cámara en los sesenta, seña mostrada desde los créditos iniciales, esta clase de plano cumple funciones opuestas a las que en un principio se le asociarían. No se trata de infundir miedo a las alturas ni mareos exagerados –Hitchcock demostró la mayor eficacia del zoom combinado con travelling–, sino de transportar al espectador a la calma absoluta.

 

Si en la horizontalidad asoma un peligro, una zona tras la línea imposible de concretar, el telón previo a un coche inoportuno, un barco enemigo o una aleta de tiburón, en el trono de la verticalidad, lógicamente, se hallan los poderes divinos. Verlo todo sin asomo de duda ni sorpresas, como un estratega ante un mapa de juguete. De esta manera el espectador no interactúa, sólo observa y aguarda los movimientos de esas diminutas e impersonales piezas que se pasean allá abajo. Allí donde nada importa demasiado porque no se ven los rostros, ni las miradas, ni los gestos desafiantes o amorosos de Dunaway y McQueen. Se posee toda la información, pero tan desvinculada de expresiones y palabras que se asemeja a un frío informe grapado en una tabla, rígido, plano y continuo. En este caso, al tratarse de un encuadre más cercano, los detalles estallan y los dioses ya no se aburren, bajan del cielo para acercarse a los personajes. Aunque sea sólo para decirle a Steve que va perdiendo la partida.

En la imagen: Fotograma de “El caso Thomas Crown” - Copyright © 1968 The Mirisch Corporation, Simkoe y Solar Productions. Todos los derechos reservados.